Fernando Alonso resiste en la F1 pero Kimoa no llega a meta: crónica de su marca de ropa fallida
Fernando Alonso sigue compitiendo en la élite mientras su proyecto empresarial más ambicioso, Kimoa, llega a su fin
La empresa se encuentra actualmente en estado de liquidación
Nació en 2017 como una marca global de estilo de vida apoyada en la figura del piloto
A sus 44 años, Fernando Alonso sigue compitiendo en la élite con una mezcla de paciencia, experiencia y orgullo competitivo. Acaba de ser padre fruto de su relación con Melissa Jiménez, mantiene la calma en uno de los momentos más delicados de Aston Martin F1 Team y mira al futuro con cierta esperanza. Pero mientras en los circuitos resiste, en los despachos acaba de producirse un cierre definitivo: el de Kimoa, su proyecto empresarial más ambicioso fuera de la Fórmula 1. Porque sí, Alonso sigue en la pelea… pero su marca ya no.
Un proyecto global con ADN Alonso
Kimoa no nació como una marca cualquiera. Lanzada en 2017, pretendía ser algo más que ropa: un estilo de vida. Inspiración californiana, estética surfera, conciencia ecológica y, sobre todo, el sello de Alonso. Detrás estaba Quimoalar SL, constituida en 2015 como sociedad unipersonal, con sede en Madrid y enfocada al comercio mayorista de moda. Sobre el papel, un proyecto serio: asesoramiento en comunicación, marketing, distribución internacional… y una ambición clara de competir en el mercado global. Y durante un tiempo, lo pareció. Alonso convirtió Kimoa en su segunda piel. La llevaba en el paddock, en viajes, en apariciones públicas. La marca se coló en Amazon, en El Corte Inglés y en mercados internacionales. El mensaje era claro: esto no es merchandising, esto es una marca global. El problema es que el mercado no siempre compra el relato.
La marca tuvo visibilidad. Muchísima. Durante años, Kimoa estuvo asociada a circuitos, viajes, competiciones y a la propia imagen de Fernando Alonso, uno de los deportistas españoles más reconocidos del mundo. Era difícil no verla. Más complicado era convertir esa presencia en un negocio rentable. Porque si algo terminaron dejando claro las cuentas es que el proyecto nunca llegó a sostenerse por sí solo. Desde su lanzamiento, la marca acumuló más de 5,5 millones de euros en pérdidas, con una facturación que en 2023 se quedó en 1,37 millones, insuficiente para compensar unos costes elevados. Solo ese año, los números rojos rondaron el millón de euros, a pesar de que los socios habían inyectado ya más de 7,7 millones para mantener el proyecto a flote.
El desequilibrio era evidente: mucha exposición, pero poco retorno. Mucho relato, pero escasa conversión. Y ahí es donde el caso Kimoa se vuelve especialmente interesante. Porque pone sobre la mesa una realidad incómoda: no todo lo que funciona como marca personal funciona como empresa. Alonso logró posicionar una idea, construir una estética reconocible y darle visibilidad global; pero en el salto del impacto a la fidelidad —del «me gusta» al «compro otra vez»— es donde el modelo empezó a fallar. En otras palabras: Kimoa se veía mucho más de lo que se vendía. Y en el negocio de la moda, eso suele ser el principio del problema.
De la reestructuración al cierre
El punto de inflexión en la historia de Kimoa llegó en 2021. En un intento por dar viabilidad al proyecto, la marca fue vendida en un 75% a la estadounidense Revolution Brands, mientras Fernando Alonso mantenía una participación minoritaria del 25%. La operación respondía a una lógica clara: reforzar la estructura, profesionalizar la gestión y abrir una nueva etapa con mayor capacidad financiera. Era, en esencia, una vía para ganar tiempo y reconducir un modelo que ya mostraba signos de desgaste.
Sin embargo, ese giro no logró alterar la tendencia de fondo. En los años posteriores, la compañía continuó arrastrando pérdidas y no consiguió consolidar un posicionamiento sólido en el mercado. La entrada del nuevo socio permitió prolongar la vida del proyecto, pero no resolver sus debilidades estructurales: costes elevados, un crecimiento difícil de sostener y una propuesta que no terminaba de traducirse en ventas recurrentes.