Opinión

Pedro Sánchez, de Mary Sue a Houdini

Me da mucha envidia aquel que tiene una mujer, o un marido, que siempre le da la razón, que siempre le ríe las gracias, aunque no tenga ninguna, y que cree que siempre acierta, tanto si hace una cosa como su contraria.

Aquel a quien los amigos admiran por su inteligencia, sagacidad y valentía, y al que todos quieren parecerse porque todo le sale bien. En algunas creaciones literarias, al personaje talentoso e infalible, que reúne excelsas cualidades y en el que hasta los defectos no son sino virtudes encubiertas en su humildad y su sencillez, se le conoce como Mary Sue (o Gary Stu para la versión masculina) y tiene su origen en las parodias de los modélicos protagonistas de la serie Star Trek.

Aquí tenemos nuestro Gary Stu en la figura del presidente del Gobierno. Sánchez es, a ojos de sus fieles seguidores y panegiristas, un artefacto político perfecto, exento, por eso, de defectos y debilidades, y que tiene la infalibilidad como su más destacada característica.

Conocíamos de su capacidad para acertar con la solución a cualquier problema, ya sea tomando una decisión cualquiera o justamente su contraria (indultos, alianzas, amnistía, financiación…), y en estos últimos días ha reforzado esa condición: aprobando primero unos decretos, que el viernes no fueron convalidados en el Congreso; convocando después las elecciones con la favorecedora excusa de esa derrota en el Parlamento; y, por fin, sacando los decretos adelante con las Cortes disueltas. ¿Es o no es un mago?

La sincronizada está dando palmas con las orejas ante el truco brillante y definitivo: ganaba si se aprobaba el Decreto, pero aún ganaba más si no se aprobaba, porque le permitía convocar las elecciones fabricándose un nuevo argumento para añadir al de parar a la ultraderecha fascista y xenófoba; siendo que, además, este argumento alrededor del problema de la vivienda es más transversal y lo puede vender también a los votantes de derechas. ¡Una nueva jugada maestra!

Ahora bien, cuando dejen de aplaudirle y vitorearle, quizá querrán tomar cuenta de que a estas alturas los españoles ya le han visto los bolsillos del chaleco y el doble fondo de la chistera y no tardan ni un segundo en pillarle los trucos. Los trackings exprés del fin de semana no han traído el vuelco que esperaban y van a tener que seguir insistiendo, con esa misma inicial, en tretas, tramas, trampas y triquiñuelas.

Porque hasta el día de las elecciones pueden pasar muchas cosas, y desde el régimen intentarán que pasen (incendiar la calle, aunque sea justo lo contrario que se recomienda en un proceso electoral, va a ser el método), pero hoy por hoy tanto su viejo como su nuevo argumento se desdibujan en la realidad política y social de nuestro país.

Los españoles, entre los que también se encuentra la gente a la que le gusta referirse, pueden tener dudas razonables sobre cómo se desempeñará un gobierno de PP y Vox, pero no les queda ninguna de cómo es, y cómo de catastrófico puede ser, un nuevo gobierno de Sánchez.

Porque lo que puede traer una reedición del Frankenstein asusta al miedo: en populismo, en ruinosas políticas clientelares, en incremento de la pobreza y la dependencia, en cesiones al independentismo, en polarización y enfrentamiento interno, en aislamiento internacional, en políticas migratorias, en deterioro de los servicios públicos, en corrupción personal e institucional y en degradación democrática.

Y respecto al artificio creado alrededor del problemón de la vivienda, además del trilerismo y el filibusterismo, ya se ha visto que la prenda encoge al primer lavado. En primer lugar, la mayoría de los españoles son propietarios, o aspiran a serlo, y no están con los okupas y los inquiokupas como Maricarmen, que, conocida su irresponsabilidad y su egoísmo, se ha quemado mediáticamente y se ha convertido en un cruel meme. Y donde menos compran esa burra coja es en Cataluña, que es donde más están sufriendo el intervencionismo populista y donde, por encima de las ansias independentistas y de otras veleidades, lo que no quieren es que les toquen la pela.

Con el agravante de que es allí, en la burguesía y en la clase media catalana, donde el socialismo mantiene el último granero de votos. Por otro lado, los españoles también están hartos del perroflautismo vago, sucio y sectario, que se intenta apoderar de la democracia ocupando las plazas y soltando soflamas anarquistas y ridículas aspiraciones asamblearias.

Sánchez, como hemos visto, ha iniciado la campaña desplegando su enorme capacidad de engaño. Los irá extendiendo descaradamente, y profundizando en gravedad y desvergüenza, a medida que la campaña avance; y, si no consigue dar la vuelta a los pronósticos, los llevará al paroxismo y puede terminar, como Houdini, ahogado en su propio truco.

Comentaremos en próximos artículos cómo Feijóo quiere contribuir a ese fin, y cómo, en contraposición, ayer se ofreció para ser la versión española del romano Cincinato. De momento parece que lo ha visto claro, y ya ayer avisó que, por encima de cambiar las políticas, esto va de echar a Sánchez.