El error económico de apostar por el corto plazo
El presidente Sánchez lleva ya casi ocho años como presidente del Gobierno. Sin duda, su política económica, aparte de por subir impuestos, está marcada por el gasto público, el déficit y el terrible endeudamiento en el que todo ello desemboca.
Si el gasto es creciente, como vimos en el último techo de gasto no financiero, el de 2026, aunque sin aplicación al no haber PGE en vigor, sino prorrogados los de 2023, la deuda es exponencial. Así, el techo de gasto sigue por la senda del gasto tremendamente expansivo, que llega a los 199.000 millones de euros. Aun sin contar los fondos europeos, el gasto no financiero habrá crecido en casi 80.000 millones de euros.
En cuanto a la deuda, pese a que algunos meses pueda descender debido a un mero efecto de decalaje entre amortizaciones y refinanciaciones, no por un descenso real de deuda, su senda sigue siendo ascendente, pues el déficit público continúa incrementándose. Así, Sánchez sigue incrementando la deuda igual que lo ha hecho durante todo su mandato, ascendiendo camino de los 1,8 billones de euros. Este grave problema puede poner en peligro a la economía española, tanto por su capacidad para financiarla si el BCE deja de comprar deuda, como por la repercusión de sus intereses en el presupuesto, que mermará recursos para servicios esenciales y que, a su vez, incrementará el gasto.
Los ciudadanos necesitan que el Gobierno les aligere de cargas, como, por ejemplo, la deflactación del IRPF y la bajada de impuestos, no que los endeuden más, y la economía necesita de una serie de reformas estructurales para crecer de manera sana y sostenible. Adicionalmente, el incremento de gasto no se ha canalizado hacia la inversión, con todos los servicios paralizados por falta de la misma, sino hacia gasto improductivo, que sólo alimenta el déficit y la deuda y empeora los fundamentales de la economía española, haciéndola más frágil, con un gasto completamente estéril, que no permite sentar las bases para un mejor desarrollo de la economía, sino que expulsa a la inversión productiva privada.
Es imprescindible, por tanto, reducir el gasto ineficiente, porque es el origen del problema y vuelve insostenible el mantenimiento de la estructura económica con semejante endeudamiento, al tiempo que libera espacio para la inversión. No podemos permitirnos este nivel de gasto. Si no se reduce, entonces los recortes, cuando estalle el problema, tendrán que ser mucho más fuertes que si se ajustase a tiempo. El Gobierno, sin embargo, opta por una política del corto plazo, con más gasto, que mantenga artificialmente en pie a la economía, dañándola seriamente en su estructura. Es una política económica nociva, de pan para hoy y hambre para mañana.
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