Los incendios de sexta generación ya devoran treinta veces más bosque que hace cuatro décadas
El estudio, realizado en California entre 1985 y 2024, demuestra que el fuego letal supera al regenerador
Frente al fuego bajo de los años 80, la sequedad del aire y el combustible acumulado lo han disparado
Cuidado con la inteligencia artificial: estos animales no murieron en los incendios de Los Ángeles

Los bosques de todo el mundo arden de manera radicalmente distinta a como lo hacían hace cuatro décadas. La superficie arrasada cada año por megaincendios —incendios de alta intensidad capaces de matar los árboles en lugar de renovarlos— se ha multiplicado por 30 desde 1985, según un estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) publicado en la revista PNAS.
La investigación analiza cuarenta años de datos forestales en California, de 1985 a 2024, y confirma que la superficie total quemada anualmente ya es diez veces mayor que en 1985. Lo más preocupante, sin embargo, no es el tamaño de los incendios sino su naturaleza: el fuego que destruye el bosque sin posibilidad de regeneración ha desbancado al fuego de baja intensidad, históricamente beneficioso para los ecosistemas.
Fuego letal
En las décadas de 1980 y 1990, la mayoría de los incendios quemaban con baja o moderada intensidad, lo que permitía a los árboles recuperarse y a los ecosistemas regenerarse. Esa dinámica cambió radicalmente a partir de 2012, según detalla el estudio. Desde ese año y, hasta 2024, el fuego de alta intensidad superó al de baja intensidad sin excepción en ningún ejercicio.
«Hay una tendencia inequívoca», afirma Mitchell Hung, autor principal del trabajo, investigador de sistemas de la Tierra que completó el estudio como doctorando en la UCLA y actualmente trabaja en Stanford. Park Williams, bioclimatólogo y profesor de geografía en la UCLA y autor sénior, subraya que estos megaincendios «solían ser poco frecuentes y ahora son el tipo de fuego dominante».

El impacto visual de esta transformación es desolador. Hung describe los viajes por el Parque Nacional de Yosemite en los que, al doblar un recodo, se extiende ante el observador un campo de troncos carbonizados, los restos de los árboles una vez que el fuego los ha consumido todo salvo el tallo. «Son como lápidas de árbol», señala el investigador de Stanford.
Causa doble
El estudio identifica dos grandes motores detrás del aumento de severidad. El primero es la densidad de combustible: durante décadas, la política de supresión de incendios acumuló en los sotobosques grandes cantidades de vegetación altamente inflamable. «Prevenir un incendio a menudo sólo lo retrasa, pero deja más combustible disponible para cuando llegue el siguiente», advierte Hung.
El segundo factor es la aridez atmosférica ligada al cambio climático. Los investigadores midieron el déficit de presión de vapor, un indicador que cuantifica cuánta humedad puede absorber el aire en comparación con la que ya contiene. Cuanto mayor es ese déficit, más seco está el ambiente y más agua extrae la atmósfera del suelo y la vegetación antes de que el fuego llegue.
Ambas causas se potencian mutuamente en las zonas de mayor densidad de biomasa. La sequedad atmosférica hace que la vegetación acumulada sea más inflamable y los incendios alcanzan mayor severidad precisamente donde el bosque es más denso. Los autores constataron que el vínculo entre aridez y fuego de alta intensidad resultó especialmente acusado en esas zonas.

Bosque en riesgo
Los denominados incendios de sexta generación —la categoría más extrema, capaz de generar su propio sistema meteorológico y de resultar imposible de contener con medios convencionales— concentran los efectos más graves. Cuando abren grandes claros y calcinan el suelo, la fuente de semillas más próxima queda demasiado lejos para que una nueva generación de árboles prospere con rapidez. Esto empuja al ecosistema hacia cubiertas de hierba y arbustos que pueden persistir durante décadas.
La pérdida de cobertura forestal tiene efectos en cascada sobre la calidad del aire, la regulación del clima y la gestión del agua. Los megaincendios generan además cantidades masivas de contaminación atmosférica y elevan el riesgo de inundaciones. Estudios previos citados en el artículo apuntan a que la merma del arbolado incrementará la presión sobre los sistemas de abastecimiento hídrico, ya tensionados por años de sequía prolongada.

Gestión forestal
Frente a este panorama, los investigadores señalan que la gestión forestal puede aliviar el problema a escala local aunque no puede resolverlo por sí sola. Actuaciones como la eliminación manual del sotobosque o la realización de quemas prescritas reducen la densidad de combustible y limitan la severidad potencial de los incendios de alta intensidad en emplazamientos concretos.
El calentamiento y la desecación de la atmósfera son, con todo, los mayores impulsores del fenómeno y ninguna medida de ordenación forestal puede revertirlos. La investigación, enmarcada en el proyecto Western Fire and Forest Resilience Collaborative, fue financiada por la Fundación MacArthur, la Fundación Moore, el Servicio Geológico de Estados Unidos y el Servicio Nacional de Parques.