La segunda etapa de José Mourinho en el banquillo del Real Madrid presenta una versión de sí mismo que me convence más que la que conocimos en su primer paso por el club. La experiencia acumulada, el paso del tiempo y los golpes sufridos han perfilado a un entrenador más sabio, equilibrado y centrado estrictamente en lo relevante.
Aquel técnico que aterrizó en 2010 venía de ganarlo absolutamente todo con el Oporto, el Chelsea y el Inter de Milán. Llegó con una arrogancia lógica en alguien que se sentía indiscutible y al mismo nivel competitivo que el propio Real Madrid. Si bien logró elevar la competitividad de la plantilla, firmar la mejor liga de la historia y potenciar a futbolistas clave como Sergio Ramos o Marcelo, su gestión también dejó un desgaste descomunal, especialmente en sí mismo. Aquella fijación por librar todas las batallas imaginables, algunas muy necesarias y generosas por su parte, acabó por agotar tanto al propio entrenador como a la entidad.
La versión actual es muy distinta por definición y madurez. Estamos ante un técnico con 13 años más de experiencia a sus espaldas que mantiene la misma voracidad, ambición y pasión por el fútbol, tal como refrenda en sus propias declaraciones al rechazar categóricamente la idea de un año sabático. Sin embargo, este Mourinho ha conocido el fracaso deportivo y ha atravesado travesías complicadas en proyectos de menor exigencia como el Fenerbahçe turco. Conocer la cara amarga del oficio le ha llevado a valorar mucho más la dimensión profesional y afectiva de dirigir al conjunto blanco. Él mismo reconoce que la apuesta por él en esta segunda etapa se debe a que le conocen y no tanto a lo que ha ganado recientemente.
A nivel de gestión, el portugués se muestra dispuesto a evitar los excesos del pasado que restaban más de lo que aportaban. La intención del entrenador, acordada previamente con la directiva, pasa por alejarse del rol de portavoz absoluto en asuntos institucionales para enfocarse de lleno en la dirección deportiva de la primera plantilla. Aunque no eludirá dar su opinión sobre arbitrajes o el caso Negreira cuando sea interpelado, se ahorrará los conflictos accesorios para centrarse únicamente en la defensa legítima de los intereses madridistas.
Esta mayor templanza también augura una relación mucho más sana con el vestuario. En su anterior ciclo, el desgaste con los futbolistas fue determinante en el desenlace de su proyecto. Hoy vemos a un técnico más inteligente y frío a la hora de gestionar posibles discrepancias internas, consciente de que el éxito en el Real Madrid requiere mantener alineado al grueso del grupo sin generar incendios periféricos. En definitiva, esta versión más humana, meditada y centrada en trabajar por y para el club puede resultar mucho más provechosa para la entidad. El ADN sigue ahí y veremos en algún momento al Mourinho volcánico, es parte de su esencia y de lo que le hace especial, pero él mismo reconoce que ha cambiado y esta nueva disposición es muy visible.