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Psicología

Según la psicología, quienes tienen dificultades para confiar en los demás no sólo pueden estar protegiéndose a sí mismos, sino también repitiendo patrones emocionales de la infancia

  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Hay personas a las que les cuesta abrirse emocionalmente, confiar en su pareja o creer que los demás estarán ahí cuando las necesiten. Aunque esta actitud puede parecer una forma de protegerse frente a posibles decepciones, la psicología apunta a que, en algunos casos, también puede estar relacionada con las experiencias afectivas de la infancia. La teoría del apego ayuda a comprender por qué determinadas vivencias tempranas pueden influir en las relaciones que construimos durante la edad adulta y en nuestra manera de gestionar la intimidad.

La infancia puede influir en la confianza

Durante los primeros años de vida, la relación con las figuras cuidadoras contribuye a desarrollar una percepción de seguridad emocional. Cuando un niño recibe atención, afecto y respuestas relativamente constantes a sus necesidades, puede aprender que los demás son personas en las que es posible apoyarse. Por el contrario, la falta de atención emocional, la imprevisibilidad o determinadas experiencias dolorosas pueden dificultar la construcción de esa seguridad.

Los patrones que pueden repetirse en la edad adulta

Una de las consecuencias posibles de estas experiencias es desarrollar un estilo de apego inseguro. En algunas personas puede manifestarse mediante el miedo al abandono, la necesidad frecuente de reafirmación o la preocupación constante por perder a quienes quieren. En otras, puede traducirse en una tendencia a evitar la intimidad, ocultar las emociones o mantener cierta distancia para no sentirse vulnerables.

No todo depende de la infancia

Las dificultades para confiar también pueden aparecer después de una infidelidad, una amistad que termina mal, una relación manipuladora o una sucesión de promesas incumplidas. Según expertos, estas experiencias pueden llevar a interpretar las relaciones futuras con mayor desconfianza, incluso cuando las nuevas personas no han dado motivos para ello.

Por tanto, desconfiar no demuestra que alguien haya vivido una infancia complicada ni permite identificar automáticamente un estilo de apego. Las circunstancias personales, las experiencias posteriores y el entorno también influyen en la forma de establecer vínculos.

¿Se puede aprender a confiar de nuevo?

La buena noticia es que estos patrones no tienen por qué mantenerse durante toda la vida. Reconocer las propias reacciones, identificar los miedos que aparecen en las relaciones y aprender a comunicar las necesidades emocionales puede ayudar a construir vínculos más seguros. La terapia psicológica también puede resultar útil cuando la desconfianza genera sufrimiento o dificulta mantener relaciones satisfactorias.

El objetivo no consiste en confiar en todo el mundo sin límites, sino en distinguir entre los riesgos reales y los temores asociados a experiencias anteriores. Comprender de dónde proceden ciertas reacciones puede ser el primer paso para dejar de repetirlas y relacionarse con los demás desde una mayor seguridad emocional.