Según la psicología, las personas que llegan a los 60 años sin amigos después de pasarse la vida ayudando a los demás suelen cometer este error en sus relaciones
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Según un análisis sobre el comportamiento social publicado en la web VegOut, muchas personas que llegan a los 60 años sin amistades cercanas no tienen necesariamente dificultades para relacionarse con los demás. En muchos casos, han pasado buena parte de su vida cuidando y ofreciendo apoyo emocional a las personas de su entorno. . Sin embargo, esa atención y dedicación no siempre se correspondían de la misma manera.
Alex Sandy Pentland, profesor del MIT, señala el perfil que suelen desempeñar estas personas. Son aquellas que escuchan las preocupaciones ajenas, aconsejan y tratan de solucionar los conflictos de sus amigos, familiares e incluso compañeros de trabajo. Con el paso del tiempo, esta dinámica puede convertirse en una costumbre en la que una sola persona asume buena parte de la carga emocional de los demás. Aunque desde fuera estas relaciones pueden parecer cercanas, cuando esconden un desequilibrio, terminan debilitándose y deteriorándose con el tiempo.
La razón por la que algunas personas llegan a los 60 años sin amigos
La soledad no deseada afecta a una de cada cinco personas en España, lo que representa el 20,2% de la población. Además, el 81,1% de quienes la sufren lleva dos años o más en esta situación, mientras que el 15,6% de los españoles experimenta una soledad persistente. Se trata de un problema que, en algún momento de su vida, ha afectado a tres de cada cuatro personas (74,3%). Su impacto también se refleja en la salud mental: el 58,4% de quienes se sienten solos presenta problemas de salud mental, ya sean diagnosticados o percibidos. En cambio, entre las personas que no experimentan soledad, este porcentaje desciende al 15,2%, casi cuatro veces menos.
Muchas personas que llegan a los 60 años sin amigos no están desconectadas socialmente porque sean incapaces de relacionarse con los demás. En muchos casos, han dedicado décadas a ofrecer apoyo emocional a las personas de su entorno, sin recibir a cambio la misma atención y comprensión. Desde edades tempranas, suelen ser quienes escuchan los problemas ajenos, ofrecen consejos y están disponibles cuando alguien necesita ayuda. Sin embargo, mantener este papel durante tantos años puede resultar emocionalmente agotador.
Alex Pentland afirmó para la wegeediting.com que «la gente suele asumir que cuando considera a otra persona como amigo, esa persona también la considera como tal». En ocasiones, el origen de esta soledad que aparece en la madurez se puede encontrar en confundir ser necesario para los demás con sentirse querido y valorado. Las personas que basan su identidad en cuidar constantemente de quienes las rodean pueden acabar convirtiéndose en alguien indispensable para resolver problemas, pero no necesariamente en un compañero con quien compartir experiencias, afecto y apoyo mutuo.
Asumir de manera continuada las preocupaciones y el sufrimiento ajenos también puede tener un importante coste psicológico. Las investigaciones sobre el contagio emocional en la edad adulta señalan que la exposición constante a las emociones negativas de otras personas puede provocar un gran desgaste emocional. Con el tiempo, quienes se encuentran en esta situación pueden llegar a normalizar relaciones desequilibradas en las que sus propias necesidades quedan relegadas a un segundo plano.
«Los psicólogos lo llaman «cuidado compulsivo», y es más común de lo que parece. Construimos nuestra identidad en torno a ser la persona fuerte, la confiable, la que tiene todas las respuestas. Y sin darnos cuenta, creamos relaciones donde la vulnerabilidad fluye en una sola dirección. Así que aquí está la pregunta que vale la pena plantearse: ¿qué sucede con la persona en la que todos se apoyan cuando necesitan a alguien en quien apoyarse? Ahí es donde realmente comienza este patrón», explica Avery White, escritora sobre tendencias y alimentación, a Clarín Estados Unidos.
Teoría de la equidad
Una de las ideas fundamentales en este ámbito es la «teoría de la equidad», un concepto relacionado con la justicia que fue desarrollado inicialmente por J. Stacy Adams y que, posteriormente, investigadores como Elaine Hatfield aplicaron al estudio de las relaciones interpersonales. Explicado de una manera sencilla, plantea que las personas suelen sentirse más satisfechas con sus vínculos cuando perciben que existe cierto equilibrio en lo que dan y reciben.
En las amistades, muchas veces, el esfuerzo que implica cuidar la relación pasa desapercibido. Recordar un cumpleaños, interesarse por alguien después de una semana complicada, ayudar durante una mudanza o ser siempre quien propone quedar para tomar un café son pequeños gestos que mantienen vivo el vínculo. Sin embargo, cuando una sola persona asume la mayor parte de estas iniciativas, la amistad puede dejar de sentirse como una relación espontánea y empezar a convertirse en una responsabilidad.
Además, las amistades tienen una característica que las hace especialmente vulnerables: no existe una estructura formal que obligue a mantenerlas. Por eso, cuando el esfuerzo deja de ser mutuo y una de las partes sostiene prácticamente toda la relación, el vínculo puede deteriorarse poco a poco, hasta debilitarse por completo y desaparecer sin que nadie se dé cuenta.