La psicología explica que las personas nacidas entre 1970 y 1985 desarrollaron mayor autonomía doméstica que otras generaciones, pero no porque fueran más espabilados
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Las personas nacidas entre 1970 y 1985 muestran, de adultas, un nivel de autonomía doméstica notablemente superior al de generaciones posteriores: cocinan sin depender de nadie, organizan su tiempo solas y rara vez piden ayuda para resolver un imprevisto en casa. Y según la psicología, el origen de esa capacidad radica en algo que ocurrió durante esas infancias.
En este mismo sentido, los investigadores, citados en este artículo, insisten en que esta autonomía doméstica nació de una circunstancia familiar muy concreta que se volvió común en esos años y que cambió, sin que nadie lo planeara, la forma en que esos niños aprendieron a valerse por sí mismos.
La «generación de la llave», la explicación real detrás de esta mayor autonomía doméstica
La explicación al tema que aquí nos concierne tiene nombre propio en la sociología familiar: la generación de la llave (en inglés, ‘latchkey generation’).
Se llamó así a los niños que volvían solos del colegio, abrían la puerta de casa con su propia llave y pasaban varias horas sin supervisión adulta hasta que alguno de sus padres regresaba del trabajo.
Esta fue la primera generación numerosa que creció en hogares donde ambos progenitores trabajaban a jornada completa, en parte por el aumento del divorcio y en parte por la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral.
Según cálculos del Departamento de Trabajo de Estados Unidos de 1982, entre seis y siete millones de niños vivían en esa situación en el país, alrededor de un 7% y un 20% de los menores de entre cinco y catorce años, dependiendo del método de conteo.
Y cruzando el charco, en España y otros países europeos, el fenómeno se replicó con menor documentación estadística, pero con una dinámica familiar muy similar.
Justamente, ese detalle es clave para entender la segunda parte del título: la mayor autonomía doméstica de esta generación surgió porque las circunstancias familiares los obligaron a asumir tareas y decisiones que, en otras generaciones, seguían en manos de un adulto presente en casa. Así, la responsabilidad se aprendió por necesidad, no por virtud.
Lo que la psicología descubrió sobre la autonomía doméstica de estos niños
Uno de los estudios más citados sobre el tema es el de los psicólogos Hyman Rodman, David Pratto y Rosemary Nelson, publicado en la revista ‘Developmental Psychology’.
Este equipo comparó a 349 niños de la zona de Dallas y no encontró diferencias significativas entre los que se quedaban solos en casa y los que tenían supervisión adulta en medidas como autoestima, sensación de control sobre su propia vida o comportamiento general.
Sin embargo, no todos los hallazgos fueron igual de tranquilizadores. Otras investigaciones de la misma época detectaron que más del 30% de los niños que se quedaban solos declaraban niveles altos de miedo, frente a ninguno en el grupo con supervisión adulta, y que la estrategia más común para gestionar ese miedo era esconderse.
La autonomía, por tanto, se desarrolló en paralelo a una ansiedad de separación que muchos de esos niños nunca llegaron a procesar del todo.
¿Cómo se traduce hoy esa autonomía doméstica en la vida adulta?
Con el paso de las décadas, esa autonomía doméstica forzada por las circunstancias se transformó en un conjunto de recursos psicológicos que estos adultos siguen usando cada día.
Entre ellos, destaca la capacidad de organizar la logística de una casa sin depender de nadie, resolver imprevistos sin bloquearse y adaptarse rápido cuando algo sale mal, tres rasgos que la psicología asocia directamente con haber tenido que tomar decisiones solos, sin un adulto a mano, desde una edad muy temprana.
Por último y no menos importante, también desarrollaron una especie de contención emocional: aprendieron a gestionar el malestar sin buscar constantemente la validación de un adulto, algo que hoy se traduce en cierta incomodidad frente a jefes o parejas que supervisan cada paso que dan.
Esa misma generación, paradójicamente, es la que ahora educa a sus propios hijos bajo un modelo casi opuesto, mucho más presente y vigilante, como si quisiera evitarles la soledad que a ellos les tocó gestionar solos.
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