La psicología dice que las personas que compran el número de Lotería de Navidad del trabajo no es por avaricia: en su interior experimentan un ‘FOMO’ temporal
Las personas que compran la lotería de Navidad en verano no lo hacen por avaricia
Adiós a la Lotería de Navidad tradicional: el sorteo que es mucho más fácil de ganar
Mucho ojo si compartes la Lotería de Navidad con tu pareja
El sorteo de la Lotería de Navidad se celebra cada 22 de diciembre, pero en muchas empresas la cuenta atrás empieza semanas antes, cuando llega el décimo compartido de la oficina. Casi nadie lo rechaza, porque es tradición. Según un sondeo realizado tras el sorteo de 2025, uno de cada cuatro trabajadores compra o comparte un número con su empresa o su equipo.
Vamos, que la explicación más extendida es sencilla: se juega porque todo el mundo quiere hacerse rico. No obstante, varios psicólogos sostienen que esa lectura se queda corta. El motivo por el que alguien entrega 20 euros por un número que no ha elegido (y que probablemente no le tocará) tiene más que ver con las emociones que con la ambición.
¿Por qué acceder a la tradición de la Lotería de Navidad del trabajo podría ser considerado un «FOMO» temporal?
La respuesta que ofrece la psicología es el FOMO (siglas en inglés de fear of missing out, o miedo a quedarse fuera). En el caso del décimo de la oficina, se trata de una inquietud puntual que aparece durante unas semanas: la idea de que los compañeros celebren el premio el 22 de diciembre mientras uno se queda mirando desde su mesa.
Y para respaldarlo desde el lado de la ciencia, una de las definiciones más citadas la propusieron en 2013 los investigadores Andrew Przybylski, Kou Murayama, Cody DeHaan y Valerie Gladwell en la revista ‘Computers in Human Behavior’.
Lo describieron como una preocupación persistente de que otros estén viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente. Aunque su trabajo se centró en las redes sociales, ese mismo mecanismo explica bastante bien lo que sucede con la lista de la oficina.
Visto así, el décimo compartido funciona menos como una apuesta y más como un seguro emocional. Quien paga no lo hace tanto por la ilusión de ganar 400.000 euros como por evitar un escenario muy concreto: ser el único del departamento al que no le ha tocado.
Inclusive, un análisis de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC) publicado en 2019 ya incluía ese temor entre los motivos habituales para jugar, junto a la envidia social.
El arrepentimiento anticipado: la pista que dio una lotería holandesa
Detrás de ese FOMO hay un mecanismo que la psicología conoce bien. Se trata del arrepentimiento anticipado y consiste en decidir en función de cómo se sentirá uno si las cosas salen mal. En el caso de la lotería, el peor escenario no es perder 20 euros, sino comprobar que el número ganador estaba al alcance de la mano y no se compró.
Siguiendo esta línea, los psicólogos Marcel Zeelenberg y Rik Pieters, de la Universidad de Tilburgo, lo comprobaron con datos reales en un trabajo publicado en 2004 en la revista ‘Organizational Behavior and Human Decision Processes’.
En este último, compararon dos sorteos de Países Bajos: la lotería estatal, en la que se compra un billete con un número, y la Lotería del Código Postal, en la que el número premiado es el propio código postal de cada vivienda.
Y desde luego, esa diferencia es decisiva. Con el sistema del código postal, quien no juega puede enterarse igualmente de que su calle ha sido premiada y de que los vecinos lo celebran.
Los autores observaron que el miedo a ese arrepentimiento influía en la decisión de jugar a la del código postal, pero no a la estatal. Dicho de otro modo, el empuje no venía solo del premio, sino del deseo de no quedarse fuera.
Podríamos afirmar entonces que la lista de la oficina reproduce casi al milímetro ese esquema. Si el número que juega todo el departamento resulta premiado, nadie podrá ignorarlo: habrá brindis, fotos y conversaciones sobre el tema durante meses.
Ante esa perspectiva, 20 euros parecen un precio razonable para comprar tranquilidad, aunque las probabilidades de que el Gordo caiga en ese número sean de una entre 100.000.
Presión de grupo: por qué cuesta tanto decir que no a la Lotería de Navidad
Al FOMO se suma la presión del grupo, que en el entorno laboral tiene un componente especial. Rechazar el décimo puede interpretarse como una falta de compañerismo. Enric Soler, especialista en psicología de la UOC, explica que muchas personas compran por las expectativas de su entorno y para no sentirse excluidas, más que por la esperanza real de ganar.
A ese empujón social se añaden otros sesgos cognitivos, señalados a continuación, que los psicólogos consultados por la fundación Maldita.es relacionan con la compra de lotería:
- Aversión a la pérdida: según la teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman y Amos Tversky (1979), perder duele más de lo que alegra ganar. Ver ganar a los compañeros se vive como una pérdida propia.
- Sesgo de disponibilidad: las imágenes de ganadores con cava hacen que el premio parezca más probable de lo que es.
- Ilusión de control: repetir cada año el número de la empresa da la falsa sensación de influir en el resultado.
Un sorteo que se vive en compañía
Los datos confirman ese carácter social. Según el sondeo de YouGov, el 78,6% de los encuestados jugó en 2025 y solo uno de cada cinco no compartió su número con nadie.
El 65,5% lo repartió con la familia, el 25,1% con amigos y el 19,2% con compañeros de trabajo, unas cifras que retratan la Lotería de Navidad como un acontecimiento colectivo.
Dicho esto, esa dimensión social explica también por qué el gasto es tan alto. En 2025, la media superó los 76 euros por habitante, y en Soria (la provincia con mayor gasto per cápita) se rebasaron los 285 euros por persona.
Ante esas cifras y a modo de conclusión, Enric Soler propone hacerse una sola pregunta antes de apuntarse a la lista de la oficina: «¿Cuánto estoy dispuesto a perder?».
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