Cambio de vida

Una ejecutiva francesa se muda desde París a un pueblo extremeño de 146 habitantes para poner en marcha un criadero de burros en miniatura

Sandrine Carliez
Sandrine Carliez y los burros miniatura. Imagen del Facebook "Finca del Cabezo".

Hay quien sueña con dejar la gran ciudad por el campo, y quien lo hace por unos animales muy pequeños. En un rincón de la Extremadura rural, una criadora ha convertido su pasión por los burros miniatura, de tamaño reducido y grandes orejas, en un proyecto de vida y en un criadero propio.

Es Sandrine Carliez, una francesa que cambió el bullicio de París por la tranquilidad del campo cacereño. Se instaló en Mesas de Ibor, en plena comarca de Los Ibores, y cuenta su día a día en Instagram, en la cuenta @sandrine_carliez, donde comparte la vida de sus pequeños habitantes.

De la cosmética a los burros: un giro profesional

Su relación con los animales no empezó con los burros. Amazona desde la infancia, los caballos han ocupado siempre un lugar central en su vida, y de ellos asegura haber aprendido el respeto por los seres vivos, la paciencia y la importancia de observar y escuchar. Esa base explica en buena parte el enfoque de su proyecto actual.

Hace unos años, sin embargo, se cruzó en su camino el burro miniatura y todo cambió. Lo que empezó como un descubrimiento acabó siendo, según cuenta ella misma, una auténtica revelación: le sorprendieron su sensibilidad, su inteligencia, su dulzura y la facilidad con la que estos animales crean vínculos con las personas.

Entonces decidió dar un giro a su trayectoria. Antes de dedicarse a la cría, Sandrine trabajó como formadora internacional en el sector de la cosmética, vinculada a la firma Guinot, y en actividades relacionadas con el bienestar. Dejó ese mundo para buscar un lugar donde desarrollar su nueva vocación.

Un criadero pequeño, pensado para cuidar a cada animal

Según ha contado en una entrevista con revista ¡HOLA!, ese lugar apareció en la provincia de Cáceres, donde el clima seco y los espacios naturales encajaban con las condiciones que buscaba para sus animales. Allí, en la Finca del Cabezo, ha construido lo que considera su pequeño paraíso.

Su actividad se centra en la cría de burros miniatura y microminiatura, animales de tamaño reducido que, más allá de su apariencia, destacan para ella por su carácter sociable. Tiene un número reducido de ejemplares, una decisión que, según explica, le permite dedicar tiempo y atención individualizada a cada uno.

Define su trabajo como una cría respetuosa con las necesidades de los animales, en la que el bienestar ocupa un lugar fundamental. Los burros crecen en un ambiente tranquilo, acostumbrados al contacto humano y a los cuidados diarios.

Para ella, la relación con estos équidos es lo que los hace especiales, y sostiene que siguen siendo poco conocidos y cargan con prejuicios que no se corresponden con el carácter que observa a diario.

También vende ejemplares a personas interesadas en convivir con ellos. Su objetivo, explica, no es únicamente desarrollar una actividad de cría, sino dar a conocer las características de estos animales y acercarlos a quienes desean establecer una relación con ellos.

Con pocos ejemplares, trato individual y contacto diario, el proyecto de Sandrine apuesta por que quien se acerque a estos animales descubra lo que ella vio: sensibilidad, inteligencia y dulzura. Lejos del bullicio de la capital francesa, su criadero es una invitación a conocerlos.

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