La órbita baja de la Tierra se está llenando a una velocidad difícil de imaginar desde el suelo. Starlink ya supera los 10.000 satélites activos en la parte más baja de esa zona, y en ese tramo representa más de dos tercios de los satélites activos registrados por el astrofísico Jonathan McDowell.
La alerta no viene solo por los puntos brillantes que cruzan el cielo. Samantha Lawler, profesora de astronomía en la Universidad de Regina, advierte de que uno o dos satélites Starlink reentran cada día en la atmósfera, mientras SpaceX ha pedido permiso en Estados Unidos para un sistema de hasta un millón de satélites destinados a centros de datos orbitales.
Un cielo más ocupado
La órbita baja es la región situada hasta unos 2.000 kilómetros sobre la Tierra. Es útil porque permite comunicaciones rápidas, observación del planeta y viajes más sencillos que a órbitas más lejanas, pero también es una zona limitada. No es un almacén infinito sobre nuestras cabezas.
Starlink ha llevado internet a zonas rurales, aviones y comunidades remotas donde la conexión por cable llega tarde o no llega. Esa parte importa. Pero la pregunta incómoda también está ahí, ¿cuántos satélites hacen falta antes de que el remedio empiece a crear otro problema?
La luz cambia
Lawler trabaja en dinámica orbital y también estudia la contaminación por satélites artificiales. En una investigación con Aaron Boley, de la Universidad de Columbia Británica, y Hanno Rein, de la Universidad de Toronto, el equipo calculó que las latitudes cercanas a 50 grados serían especialmente afectadas por el brillo de las megaconstelaciones.
Eso incluye zonas de Canadá como Regina, Calgary o Vancouver, pero el problema no se queda allí. Cuando un satélite refleja luz solar, aparece como una raya o un punto móvil en el cielo. Para quien mira estrellas una noche de verano puede ser curioso; para un telescopio, puede estropear datos.
Qué cae al reentrar
Cuando un satélite termina su vida útil, por lo general vuelve a la atmósfera y se quema. Basura espacial significa justo eso, piezas humanas que ya no sirven y que pueden quedar en órbita o caer de vuelta. A veces no llega nada al suelo, pero el material no desaparece como por arte de magia.
Un estudio liderado por Daniel M. Murphy y publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences detectó metales de reentradas espaciales en partículas de la estratosfera. Los investigadores hallaron que alrededor de una de cada diez partículas grandes analizadas contenía aluminio y otros elementos relacionados con naves y satélites.
Polvo en la atmósfera
El aluminio es una de las piezas clave de esta historia. José P. Ferreira, Ziyu Huang, Ken Ichi Nomura y Joseph Wang, de la Universidad del Sur de California, calcularon que un satélite típico de 250 kilos puede generar unos 30 kilos de partículas muy pequeñas de óxido de aluminio durante la reentrada.
Ese óxido de aluminio, conocido de forma sencilla como alúmina, puede permanecer durante años en capas altas de la atmósfera. Los efectos completos aún no se conocen. Precisamente por eso, varios investigadores piden no tratar el cielo como si fuera una papelera muy grande.
El efecto Kessler
Otro riesgo es el llamado efecto Kessler. Es una reacción en cadena en la que un choque produce fragmentos, esos fragmentos golpean otros objetos y el número de restos sigue creciendo. La Agencia Espacial Europea lo explica como un problema capaz de hacer que ciertas órbitas sean mucho más difíciles de usar.
Lawler lo resume con una frase dura, pero clara. «Hay un límite a cuántos podemos tener de forma segura en órbita», dijo sobre los satélites. En la práctica, si falla un sistema de maniobras, hay una tormenta solar fuerte o se produce un error de software, la autopista orbital puede quedarse sin margen de reacción.
Las normas van detrás
Canadá sí trabaja en vigilancia de basura espacial y dispone de un sistema llamado CRAMS para evaluar riesgos de colisión y ayudar a operadores de satélites. Aun así, la propia Agencia Espacial Canadiense reconoce que los restos orbitales son un asunto clave para la sostenibilidad espacial.
El marco internacional también tiene una pinta antigua. La Convención de Responsabilidad de Naciones Unidas establece que un Estado lanzador puede ser responsable por daños causados por sus objetos espaciales en la superficie terrestre o a aeronaves. Pero esas reglas nacieron en otra época, cuando el espacio no estaba dominado por constelaciones privadas de miles de satélites.
Menos satélites
La salida no pasa por apagar internet rural ni por frenar toda tecnología espacial. Pasa, más bien, por hacer mejores preguntas antes de lanzar miles de máquinas nuevas. ¿Se puede dar servicio con menos satélites, más duraderos y más fáciles de retirar con control?
También haría falta más transparencia sobre reentradas, materiales, maniobras y restos que llegan al suelo. Al final del día, lo que está en juego no es solo ver estrellas bonitas. Es mantener utilizable una zona del espacio de la que ya dependen comunicaciones, ciencia, navegación y seguridad.
El estudio principal sobre visibilidad de megaconstelaciones se ha publicado en The Astronomical Journal.








