Los centros de datos no solo guardan fotos, vídeos o respuestas de inteligencia artificial. También convierten una enorme cantidad de electricidad en calor, como una calefacción industrial que no puede apagarse. Una nueva prepublicación sugiere que ese calor podría estar elevando la temperatura del suelo alrededor de grandes instalaciones, con un impacto potencial sobre más de 340 millones de personas.
La conclusión golpea especialmente a regiones que están atrayendo grandes proyectos, entre ellas Aragón. No significa que cada centro de datos caliente igual su entorno ni que el debate esté cerrado, pero sí añade una pregunta incómoda a la carrera por la nube y la IA. ¿Dónde ponemos estas máquinas y quién vive cerca?
Qué han medido
El trabajo está liderado por Andrea Marinoni, del Departamento de Ciencia y Tecnología Informática de la Universidad de Cambridge, junto a investigadores como Erik Cambria y Weisi Lin, de la Universidad Tecnológica de Nanyang. El equipo usó datos de temperatura de superficie obtenidos por satélite entre 2004 y 2024, además de ubicaciones de grandes centros de datos de IA.
Esa temperatura de superficie no es exactamente el aire que respiras al salir a la calle. Es el calor que registra el terreno desde arriba, algo así como mirar el planeta con una cámara térmica. Para evitar confusiones con fábricas, tráfico o bloques de pisos, los autores se centraron en instalaciones fuera de áreas urbanas muy densas y acabaron trabajando con más de 6.700 puntos útiles.
Una isla de calor digital
Una isla de calor es una zona que se calienta más que su entorno. En una ciudad ocurre por el asfalto, los edificios, el tráfico y la falta de vegetación. En este caso, la idea es parecida, pero la fuente principal sería el calor que expulsan los servidores y sus sistemas de refrigeración.
El estudio calcula que, tras el inicio de operaciones de un gran centro de datos, la temperatura superficial sube de media algo más de dos grados Celsius. En casos extremos, los autores detectan valores por encima de nueve grados, aunque esas cifras son las más delicadas y necesitan más comprobaciones. También estiman que el efecto puede notarse hasta unos diez kilómetros, con un aumento medio de un grado a unos cuatro kilómetros y medio.
Aragón sale en el mapa
Aragón no aparece en esta historia por casualidad. El Gobierno de Aragón declaró la expansión de la Región AWS en la comunidad como inversión de interés autonómico y de interés general, y el plan incluye ubicaciones como Zaragoza, Huesca, Villanueva de Gállego, El Burgo de Ebro y La Sotonera. AWS también anunció un plan de inversión de 15.700 millones de euros para ampliar su región en España, localizada en Aragón.
Microsoft, por su parte, anunció su intención de construir un campus de centros de datos en Aragón para prestar servicios en la nube a empresas y organismos públicos europeos. En ese contexto, el trabajo de Marinoni señala un aumento anómalo de unos dos grados Celsius en Aragón frente a provincias vecinas. Es una señal de alerta, no una sentencia cerrada.
El consumo también pesa
El calor local no es el único frente. La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora de electricidad en 2024, cerca del uno y medio por ciento del consumo eléctrico mundial. En su escenario base, esa cifra casi se duplicaría para 2030.
En la práctica, eso significa más presión sobre redes eléctricas, más refrigeración y más necesidad de decidir de dónde sale la energía. Si la electricidad procede de fuentes fósiles, el problema deja de ser solo local y entra de lleno en las emisiones. Al final del día, el servidor que responde en segundos también deja una factura física.
Mediciones a pie de calle
Una investigación reciente de la Universidad Estatal de Arizona miró el problema desde otro ángulo. David Sailor y su equipo colocaron sensores de temperatura en coches y compararon el aire antes y después de pasar por centros de datos del área de Phoenix. El resultado fue más directo que el satélite, aunque medía otra cosa.
Según ASU, las zonas a favor del viento fueron entre 1,3 y 1,6 grados Fahrenheit más cálidas de media, con picos de hasta cuatro grados Fahrenheit. Sailor lo resumió con una frase clara: «un grado o dos pueden tener un impacto significativo en nuestras vidas». No hace falta vivir en un horno para notar la diferencia en el aire acondicionado, el sueño o la salud de personas vulnerables.
Lo que falta por probar
La cautela importa. arXiv aclara que sus materiales no son revisados por pares por la plataforma, así que el trabajo de Cambridge debe leerse como una prepublicación, no como una conclusión definitiva. Además, Ralph Hintemann, del Borderstep Institute for Innovation and Sustainability, ha advertido que las cifras son interesantes, pero algunas parecen muy altas.
Eso no resta interés a la pregunta de fondo. Si los centros de datos van a multiplicarse, las administraciones tendrán que estudiar mejor su ubicación, su refrigeración, sus zonas verdes de protección y su suministro eléctrico.
El trabajo principal se ha publicado como prepublicación en arXiv.













