El reposo no ayuda al dolor de espalda: cuándo dejar de moverse puede prolongar las molestias
Los especialistas aconsejan mantener una actividad adaptada siempre que no exista una lesión o indicación médica que requiera limitar el movimiento
El dolor de espalda suele llevar a reducir la actividad con la intención de proteger la zona afectada. Sin embargo, en la mayoría de los episodios de dolor lumbar inespecífico y siempre que no existan signos de alarma ni una indicación médica concreta, el reposo prolongado no se recomienda. Mantener las actividades cotidianas dentro de lo tolerable y recuperar el movimiento de forma gradual puede favorecer la función y evitar que el dolor limite progresivamente la rutina.
La preocupación por empeorar una posible lesión explica en parte esta tendencia a moverse menos. Gestos habituales como agacharse, caminar durante un trayecto o levantarse de una silla pueden empezar a evitarse después de haber provocado dolor. Esta situación también puede trasladarse a la jornada laboral, especialmente en trabajos de oficina, donde el temor a las molestias puede llevar a permanecer durante demasiado tiempo en una misma postura. Si esta protección se prolonga, puede aparecer mayor rigidez y reducirse progresivamente la tolerancia a la actividad.
«Sentir dolor al realizar un movimiento no significa necesariamente que se esté produciendo más daño. En muchos cuadros musculoesqueléticos, si no existe una lesión que requiera inmovilización, mantener movimientos tolerables forma parte de la recuperación. La actividad debe adaptarse a cada fase para recuperar la función de manera progresiva», explica Carlos Martín, jefe de servicio de Traumatología del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja.
La evolución de las molestias permite orientar hasta qué punto conviene mantener la actividad o buscar una valoración específica. El dolor que aparece después de un traumatismo importante, se acompaña de pérdida de fuerza o alteraciones relevantes de la sensibilidad, cambia de forma brusca o empeora progresivamente debe estudiarse para determinar su origen.
Movimientos sencillos
La recuperación progresiva del movimiento, cuando no existe una indicación de reposo, puede comenzar con acciones sencillas. Caminar durante periodos asumibles, alternar posturas a lo largo de la jornada o recuperar tareas habituales permite comprobar cómo responde la espalda antes de retomar esfuerzos de mayor intensidad.
«El punto de partida debe ajustarse a lo que cada persona puede hacer en ese momento. Si caminar durante un periodo breve resulta tolerable, se puede comenzar por ahí y ampliar progresivamente el tiempo. En quienes pasan buena parte de la jornada sentados, introducir pequeños momentos de movimiento a lo largo del día permite evitar periodos muy prolongados de inactividad sin exigir a la espalda más de lo que puede tolerar, del mismo modo que debemos no olvidarnos de incluir ejercicios de fuerza y movilidad adaptados siempre a cada persona señala por su parte Daniel Rivas entrenador de Blua de Sanitas.
En las personas mayores, y especialmente en quienes presentan fragilidad, incluso periodos relativamente breves de inactividad pueden favorecer el desacondicionamiento y dificultar actividades relacionadas con la autonomía. «Siempre que la situación clínica lo permita, conviene evitar la inmovilidad innecesaria, preservar los desplazamientos y las tareas cotidianas y adaptar su intensidad, duración y apoyos a la capacidad de cada persona. Si existe un deterioro funcional reciente, una caída o dudas sobre la seguridad del movimiento, la actividad debe planificarse tras una valoración profesional, añade Miriam Piqueras, directora Médica de Sanitas Mayores.
Qué recomiendan los expertos ante un episodio de dolor de espalda
Alternar actividad y descanso sin recurrir al reposo absoluto. Durante los momentos de mayor dolor puede ser necesario reducir temporalmente el ritmo, pero conviene cambiar de postura y levantarse periódicamente a lo largo del día.
Evitar permanecer demasiado tiempo en una misma posición. Las jornadas prolongadas frente al ordenador favorecen periodos largos de inactividad. Aprovechar determinadas tareas para levantarse o introducir desplazamientos breves ayuda a mantener el movimiento durante el día.
Recuperar primero los movimientos cotidianos. Caminar, incorporarse de una silla o retomar tareas sencillas permite observar cómo responde la espalda antes de volver a actividades de mayor exigencia.
Adaptar temporalmente los gestos que aumentan claramente las molestias. Reducir determinadas cargas o modificar algunos movimientos durante unos días permite mantener cierta actividad sin forzar la zona afectada.
Consultar cuando el dolor condiciona la vida diaria. Si las molestias impiden dormir o caminar con normalidad, reaparecen con frecuencia o llevan a evitar cada vez más movimientos, conviene valorar su evolución con un profesional, tanto de forma presencial como mediante videoconsulta.
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