Los psicólogos coinciden: los niños que crecen rodeados de discusiones y cambios de humor desarrollan estos rasgos de personalidad que otros no tienen

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Los conflictos familiares frecuentes y los cambios de humor imprevisibles de los adultos pueden influir en la forma en que un niño comprende e interpreta lo que sucede a su alrededor. Ante situaciones de inestabilidad, durante la infancia puede desarrollarse una especial atención a los gestos y las expresiones de los demás, con el objetivo de anticiparse a posibles tensiones antes de que vayan a más. Sin embargo, los expertos advierten de que esta conducta adaptativa no implica necesariamente una mayor capacidad de empatía o intuición.
Cuando las reacciones de los adultos son impredecibles, prestar atención al tono de voz, la postura corporal o la mirada puede ayudar al menor a anticipar posibles riesgos y encontrar maneras de protegerse. Este aprendizaje, que surge de forma involuntaria en la convivencia diaria, puede acabar favoreciendo un estado de hipervigilancia, caracterizado por permanecer en alerta constante ante posibles amenazas percibidas en el entorno.
Cómo afectan a los niños los conflictos en el hogar
En hogares donde las discusiones son frecuentes y hay cambios de humor inesperados por parte de los adultos, los más pequeños aprenden a prestar especial atención a todo lo que sucede a su alrededor. Según expertos en psicología, esta experiencia puede llevarles a desarrollar desde edades tempranas una mayor capacidad para detectar señales emocionales intensas.
Un gesto, una mirada o un cambio en el tono de voz pueden convertirse en pistas que tratan de descifrar. No obstante, mantenerse alerta no implica necesariamente una mayor capacidad para entender las emociones ajenas. Por lo tanto, lejos de ser una ventaja emocional, esta adaptación puede ser el resultado del esfuerzo continuo de los niños por prever cómo reaccionarán los adultos.
Las investigaciones científicas más recientes indican que las experiencias adversas y la exposición a conflictos intensos durante la infancia no tienen un efecto único ni determinan de forma inevitable el desarrollo emocional en etapas posteriores. Un estudio publicado en 2024 encontró que haber presenciado discusiones de gran intensidad se asociaba con una mayor precisión a la hora de reconocer expresiones faciales extremas tiempo después.
Sin embargo, una investigación poblacional realizada con más de 6.500 niños no detectó una relación directa ni generalizada entre crecer en un entorno adverso y desarrollar dificultades permanentes para identificar emociones.
«En menores cuyo modelo familiar se basa en la hostilidad y tensiones constantes sin revolver, es más probable que se desarrolle sintomatología de ansiedad y depresión, que tengan dificultades para relacionarse o para concentrarse, llegando a mantenerse o incrementarse en la vida adulta. Cuando los cuidadores están inmersos en sus propios conflictos, es más fácil que respondan de manera poco empática o brusca. El estrés y la frustración de las discusiones pueden extenderse a la relación con los hijos, haciendo más difícil mantener la calma y la comprensión», detalla Piztu Psicología.
Hipervigilancia en la infancia
Crecer en un hogar donde las discusiones son habituales puede favorecer la aparición de hipervigilancia infantil, un mecanismo de adaptación por el que algunos niños intentan anticipar posibles conflictos prestando especial atención a los gestos y al tono de voz de los adultos. Los más pequeños pueden aprender a identificar rápidamente las expresiones faciales, las miradas y las variaciones en la voz para tratar de averiguar si una situación será tranquila o acabará en una discusión. Sin embargo, esta capacidad de observación no implica necesariamente que comprendan mejor las emociones ajenas, sino que puede responder a la necesidad de sentirse seguros ante la inestabilidad cotidiana.
Los psicólogos utilizan el término «hipervigilancia» para describir un estado de alerta excesiva ante posibles amenazas. El esfuerzo constante por anticiparse a posibles amenazas también puede llevarles a percibir situaciones cotidianas como más preocupantes de lo que son. Además, este estado de alerta puede prolongarse hasta la edad adulta, haciendo que algunas personas interpreten los silencios o los comportamientos neutrales como señales de un posible enfado.
Problemas emocionales
Un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Leicester, en Reino Unido, analizó por qué los conflictos familiares afectan negativamente a algunos niños.
La investigación, financiada por el Consejo de Investigación Económica y Social británico (Economic and Social Research Council), encontró que tenían más probabilidades de desarrollar problemas de conducta cuando se culpaban a sí mismos de las discusiones entre sus padres. Si, además, percibían esos enfrentamientos como una amenaza o temían que sus progenitores acabaran separándose, aumentaba el riesgo de sufrir dificultades emocionales.
Según Gordon Harold, investigador principal del estudio, los menores expuestos a discusiones frecuentes, intensas y mal resueltas entre sus padres, incluso cuando no existe violencia física, presentan un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental.
Los autores destacan la importancia de impulsar programas de intervención familiar que aborden estas situaciones de manera integral. Entre las medidas propuestas figuran enseñar técnicas para resolver los conflictos de forma constructiva y fomentar estrategias de crianza positivas que contribuyan al bienestar emocional de los niños.
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