Los «sindicatos» pijos de Maricarmen
Esto va de «capitalistas simbólicos» y de la gentrificación de la izquierda.
Verán.
El caso de la anciana inquilina forzada a abandonar su vivienda ha servido de altavoz a colectivos que se presentan como defensores de los más vulnerables. Pero es curioso cómo el perfil de quienes lideran estas causas revela un patrón recurrente. Se trata de jóvenes de familias acomodadas, con orígenes aristocráticos o de la alta burguesía incluso, que ocupan posiciones destacadas en autoproclamados «sindicatos» de inquilinas o en acampadas reivindicativas. Por ejemplo, el portavoz de uno de estos sindicatos es nieto de un ministro y, durante años —y es el colmo— ha actuado como apoderado de una constructora familiar dedicada a promociones de vivienda privada.
También una de las portavoces de la acampada en Sol compartió colegio con la princesa Leonor. Me recuerda el caso de Eulalia Reguant, en la CUP, de familia poseedora de un montón de fincas. Refuerza la sospecha de que no siempre se trata de una identificación genuina con los desposeídos, sino de una estrategia de posicionamiento social.
Esta dinámica encuentra una explicación poderosa en el análisis del sociólogo Musa Al-Gharbi. En su libro We Have Never Been Woke, Al-Gharbi describe a los «capitalistas simbólicos» como profesionales que trafican en símbolos, ideas, datos, narrativas e imágenes, en lugar de bienes físicos. Se trata de académicos, periodistas, consultores, abogados, gestores culturales y activistas profesionales. Según Al-Gharbi, estas élites utilizan el discurso de la justicia social como una forma de capital cultural y simbólico. En un contexto de sobreproducción de graduados universitarios que compiten por un número limitado de puestos de estatus, el activismo progresista se convierte en una moneda de diferenciación. Permite acusar a las élites establecidas de ser insuficientemente progresistas, posicionarse como moralmente superiores y desplazar a sus rivales en universidades, medios y organizaciones. No se trata necesariamente de un cinismo consciente, sino de un mecanismo que avanza intereses personales y de clase mientras se mantiene la apariencia de compromiso con los marginados.
Este fenómeno no se limita a individuos aislados. Se conecta con un proceso más amplio que el economista conductual Lionel Page ha denominado «la gentrificación de la izquierda». En su análisis, Page documenta cómo, desde la posguerra hasta la actualidad, el apoyo a los partidos de izquierda en los países occidentales se ha desplazado hacia votantes altamente educados y urbanos. A medida que la base demográfica se aburguesa, la agenda se desplaza desde la redistribución económica y las reivindicaciones de la clase trabajadora hacia cuestiones culturales, identitarias y de justicia social más afines a las preferencias de este nuevo mercado del voto.
La metáfora de la gentrificación es especialmente aguda. Así como en los barrios la llegada de residentes con mayor poder adquisitivo transforma el espacio, eleva precios y desplaza a los antiguos vecinos, en el terreno político las élites simbólicas han «renovado» los partidos y movimientos de izquierda. Los discursos sobre vivienda, feminismo o diversidad funcionan a menudo como arietes para derribar muros sociopolíticos y abrir oportunidades de estatus. Se denuncian los fondos buitre y la especulación mientras se proviene de un entorno privilegiado o incluso se mantiene un pie en el mundo de las promociones inmobiliarias.
Ambos autores coinciden en que este proceso no genera necesariamente cambios estructurales profundos para los más vulnerables. Al-Gharbi subraya la hipocresía de un grupo que predica la igualdad mientras se beneficia de un sistema que reproduce desigualdades.
Page muestra cómo el realineamiento electoral hace que las formaciones de izquierda se vuelvan menos dependientes de su antigua base popular y más sensibles a las exigencias de las clases medias-altas educadas que quieren algo más fashion (Mamdani en Nueva York). La consecuencia es una política en la que la justicia social opera con frecuencia como capital simbólico y es útil para ganar prestigio, legitimidad e influencia. Lo de menos es transformar las condiciones materiales de quienes más la necesitan. No saldrá nada bueno de seguir la corriente a los «sindicatos» pijoflautas.
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