Opinión

La izquierda odia a los pobres

A Sánchez lo ha desahuciado el Congreso cinco minutos antes de que lo haga la calle. Su antidemocrático proyecto de ley sobre la vivienda, que aprobará de espaldas al legislativo por sus santos redaños, es la culminación a ocho años de autocracia impuesta por la vía del delito, que es como mejor se mantiene el socialismo en el poder. Tras usar a una anciana caradura, elegida a conciencia para alterar las ídem de su población votante y latente, el yayocharismo y los pijos piojos de extrema vaguedad, Sánchez y su ejército de ministros analfabetos se lanzan al guerracivilismo retórico y violento, marcando al adversario como hacía ETA en sus tiempos, que son ahora también. Lo saben bien en el PSOE. Esa violencia verbal hacia quienes votaron no a que la propiedad fuera exterminada, y con ella, la democracia, y con ella, la libertad, recuerda a las tácticas mafiosas que la izquierda usaba en la Segunda República cuando el escrutinio no le resultaba favorable. Lo siguiente que hicieron fue matar a la oposición y a la derecha sociológica que la votaba. Ahora tenemos a los hijos eunucos de aquellos bárbaros zurdos.

No hay mayor mentira en este siglo que el repetido mantra de que la izquierda representa a los pobres. Si hay un enemigo de quienes menos tienen, esos trabajadores que no llegan a fin de mes, esos colectivos perjudicados por la coyuntura económica o quienes no han tenido la suerte de nacer en un contexto determinado, son los partidos de puño en alto y bolsillo prieto, que acumulan tantos crímenes como riquezas en su haber. Lo reconocen ellos mismos, cuando las cámaras no graban ni la sociología aprieta: sin pobres, no tendrían votos, y sin votos, se acabaría el poder. Por eso los necesitan, y por eso no permiten que su número decrezca. De ahí que odien cualquier sistema que permita sacar de la pobreza a las personas, porque abominan tanto de la libertad individual como del progreso humano, aunque se les llene la boca en la defensa de ambos conceptos.

Bajo el mandato sanchista, las empresas del IBEX han obtenido beneficios récords al mismo tiempo que el número de hogares necesitados de ayuda estatal se ha multiplicado por cientos de miles. Hagan ustedes la secuencia lógica de relación. Los ricos, sobre todo los cercanos a la familia socialista, incrementan su patrimonio sin cesar. Por su parte, los más pobres aumentan su dependencia y miseria sin remisión. Y la clase media española se despeña hacia la irremediable pauperización, con dificultades para llenar la nevera y el depósito del coche, pagar la educación de sus hijos o escaparse de vacaciones en verano. España se hizo de clase media cuando se convirtió en propietaria. Y se volvió pobre cuando dejó al socialismo y a su metástasis comunista abanderar la representación de los pobres. Por eso lo vamos a perder todo.

En España, donde habita la izquierda más abyecta y disminuida de todas, calientan ya la calle a base de eslóganes enlatados para que los cachorros anticapi, o sea, los comunistas de todo a cien (a cien millones de muertos) que tienen más aros en el cuerpo que neuronas en la cabeza, repitan sin cesar lo que sus lecturas no soportan. Ahora estamos más cerca de unas elecciones que la izquierda no quiere ni su concepto del poder respeta.

El zurdo, en fin, es un compendio de envidia, odio, rencor e ignorancia. Su único motor de movilización es la fuerza y la violencia. Desde las instituciones, como ha pasado ahora con la vivienda como penúltimo ejemplo, crean el problema, son incapaces de resolverlo, se forran y delinquen por el camino, proyectan en el adversario su incompetencia y maldad y amenazan físicamente con represalias a quien se opone a su proyecto antidemocrático. Y cuando nada de esto les resuelve el entuerto, acuden a los mantras de consumo facilito para que la masa de pobres dependientes, a los que odian y manosean, pero necesitan para seguir trincando, repitan sin cesar. Si como ciudadano aspiras a que se respeten tus derechos y adquieras progreso personal y autonomía económica, no hay peor camino que abrazar a quien te asfixia a base de cariño, solidaridad y talante moral.