Catástrofes Naturales

Qué hacer con los suelos incendiados: los expertos avisan que reforestar no siempre es lo correcto

Las primeras lluvias arrastraránn cenizas y metales a ríos y embalses y comprometerán el agua potable

La prioridad tras los incendios es evaluar el terreno y proteger las cenizas antes de las lluvias

Tras un incendio, la restauración depende de la biodiversidad invisible del suelo

fuego los gallardos
Terreno calcinado tras el incendio en Los Gallardos, en la sierra de Béjar (Almería). (Foto: Europa Press).
Antonio Quilis
  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

Los incendios forestales de 2026 han arrasado más de 152.000 hectáreas en España, seis veces más que a estas alturas de 2025. Pero para los científicos del suelo la emergencia no termina cuando se apagan las llamas: entonces empieza la verdadera tarea de decidir qué hacer con la tierra calcinada.

La prioridad, coinciden los especialistas, es estudiar los terrenos quemados para determinar si conviene intervenir o esperar a la regeneración natural. Actuar sin criterio, advierten, puede acabar causando más daño que el propio fuego.

Así lo ha explicado a EFE Jorge Mataix, catedrático de Edafología de la Universidad Miguel Hernández de Elche y expresidente de la Sociedad Española de la Ciencia del Suelo. Lo prioritario, resume, es analizar el impacto en los suelos y protegerlos, porque son la base para recuperar el ecosistema.

Entre los criterios que guían esa decisión figuran el tipo de suelo, la severidad del fuego y la pendiente del terreno. También pesan la textura, el espesor, la materia orgánica y, sobre todo, el riesgo de próximas lluvias torrenciales.

Suelo quemado incendio
Campo incendiado en Tres Cantos (Madrid) en 2025. (Foto: EuropaPress).

El fuego bajo tierra

Otra cuestión clave es cuánto ha sufrido el suelo propiamente dicho. Hay zonas donde el fuego transitó sobre todo por las copas de los árboles, sin llegar a calcinar la tierra con la misma intensidad.

El calor extremo también puede volver el suelo repelente al agua. Ese fenómeno multiplica la escorrentía en las primeras tormentas y dispara la pérdida de tierra en las laderas más inclinadas.

Por eso la reforestación no siempre es necesaria. Mataix reclama una evaluación global de la zona quemada porque, insiste, depende de las especies existentes y del impacto real sobre el suelo.

El poder del acolchado

En los incendios del centro peninsular, con Ávila, Madrid, Toledo y Castellón como focos, abundan suelos graníticos muy vulnerables a la erosión. Allí, cubrir con paja o astilla de madera las laderas más sensibles puede evitar males mayores.

Ese acolchado o mulching es la principal herramienta que recomienda la comunidad científica para frenar la escorrentía. Junto a barreras físicas y a la siembra de herbáceas, busca fijar la capa de cenizas y retener los nutrientes.

La respuesta institucional ya se ha ensayado en episodios anteriores. El CSIC dispone de un grupo de asesoramiento que evalúa sobre el terreno la severidad de las quemas y el riesgo de erosión antes de decidir cualquier actuación.

Secuelas de los incendios en el pico Montouto, Serra dos Cabalos, Ourense, España. (Foto: PEDRO ARMESTRE/GREENPEACE.)
Secuelas de los incendios en el pico Montouto, Serra dos Cabalos, Orense, España. (Foto: Pedro Armestre/Greenpeace).

El peligro de la ceniza

El gran riesgo, sin embargo, llega con las primeras precipitaciones. Sin vegetación que lo sujete, el suelo queda desnudo y el agua arrastra ladera abajo la capa más fértil, esa que puede tardar entre 100 y 500 años en formarse.

A esa erosión se suma un problema directo para el agua que llega al grifo. Las lluvias empujan cenizas, sedimentos y metales hacia ríos y embalses, en episodios que en Galicia ya bautizaron como chapapote del monte.

Según el Instituto Geológico y Minero de España, más de 900.000 hectáreas de masas de agua subterránea se han visto afectadas por incendios en las dos últimas décadas. Turbidez, colapso de captaciones y restricciones de consumo son cada vez más frecuentes tras los grandes fuegos.

Incendio de Las Médulas. (Foto: Pedro Armestre / Greenpeace).

Crónica anunciada

Para el catedrático, los incendios de 2026 son la crónica de algo que se sabía que iba a pasar, por el abandono del medio rural, la acumulación de combustible y un clima cada vez más extremo. El balance lo dimensiona: 32 grandes fuegos frente a los siete de hace un año.

No hay más incendios, matiza, sino que los grandes son cada vez más difíciles de sofocar. Por eso la extinción se centra ya en buscar ventanas de oportunidad para contener el fuego, evacuar a la población y defender los bienes materiales.

La solución que propone Mataix pasa por intervenir en el paisaje para transformarlo poco a poco. El objetivo es conseguir un territorio en mosaico, más heterogéneo y con menos combustible acumulado en las zonas clave.