Muchas veces lo que se piensa es que la edad marca de forma automática el estado de salud de una persona, pero realmente lo que determina esa salud es el estilo de vida, no el número de años que figura en el DNI. Así lo defiende el catedrático de Ejercicio Físico Felipe Isidro, quien afirma que «puede ser que un señor de 70 años esté más saludable que un chaval de 20«.
Isidro explica que trabaja con personas de 90 años que presentan una edad biológica de 70, mientras que hoy existen muchos jóvenes con una edad biológica muy superior a la que les correspondería por su fecha de nacimiento. El motivo principal, según el catedrático, es la falta de actividad física, un factor que según la OMS deja al 31% de los adultos y al 80% de los adolescentes sin cumplir los niveles recomendados de ejercicio.
Cuál es la diferencia entre edad cronológica y edad biológica
La edad cronológica mide simplemente los años vividos, mientras que la edad biológica refleja el desgaste celular y funcional real del cuerpo. Un joven de 20 años sedentario pierde masa muscular, acumula grasa visceral y deteriora su salud cardiovascular, mientras que un adulto de 70 años que entrena fuerza y resistencia mantiene un corazón fuerte, arterias elásticas y músculos densos.
Las arterias de un joven sedentario se vuelven rígidas por la falta de uso, y su corazón late más rápido pero bombea menos sangre por latido. En un mayor entrenado, el ejercicio aeróbico y de fuerza mantiene las arterias elásticas y logra un corazón eficiente, con mayor volumen de eyección y mejor capilarización muscular.
En la composición corporal, el joven sedentario puede sufrir lo que se conoce como obesidad sarcopénica: aunque parezca delgado, acumula un porcentaje alto de grasa entre los órganos y presenta músculos débiles infiltrados de grasa. El mayor entrenado, en cambio, combate la pérdida muscular propia de la edad y mantiene fibras musculares densas y funcionales que queman más calorías incluso en reposo.
La inactividad también afecta a la salud metabólica: el joven sedentario desarrolla resistencia a la insulina y vive en un estado de inflamación crónica de bajo grado por el exceso de tejido adiposo inactivo. El mayor entrenado, al contrario, absorbe la glucosa directamente a través de sus músculos activos y libera mioquinas antiinflamatorias que protegen sus órganos.
La densidad ósea y la capacidad mitocondrial siguen el mismo patrón: sin estímulo mecánico, los huesos no se mineralizan al máximo de su potencial genético, y las mitocondrias se vuelven escasas y generan fatiga constante, mientras que el entrenamiento de fuerza estimula a los osteoblastos y multiplica la eficiencia mitocondrial de las células.
Por qué hacer deporte a los 70 años es crucial para la autonomía
Hacer deporte a los 70 años deja de ser una cuestión estética y se convierte en la herramienta más eficaz para mantener la autonomía y frenar un envejecimiento acelerado. El declive físico no lo produce la edad en sí misma, sino la falta de movimiento sostenida en el tiempo.
El entrenamiento de fuerza combate la sarcopenia, la pérdida de masa muscular que comienza a partir de los 30 años y se acelera después de los 65, estimulando la síntesis de proteínas y reconstruyendo las fibras musculares a cualquier edad. El ejercicio de impacto controlado fortalece además los huesos y frena la osteoporosis al fijar el calcio, mientras que el trabajo de equilibrio activa el sistema propioceptivo y reduce el riesgo de caídas, una de las principales causas de hospitalización y pérdida de independencia en la tercera edad.
El ejercicio aeróbico y de coordinación estimula también el factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína que mejora la memoria a corto plazo y la agilidad mental y reduce de forma significativa el riesgo de demencia y de la enfermedad de Alzheimer. A nivel cardiovascular, el movimiento regular mejora el consumo de oxígeno y disminuye el riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2, revirtiendo el endurecimiento arterial que provoca el sedentarismo.
Felipe Isidro insiste en que el ejercicio debe estar pautado y adaptado a cada persona, y no reducirse a salir a caminar o acudir sin más al gimnasio. Conocer el contexto de vida de cada individuo, su tiempo disponible, sus posibles patologías y su nivel de fuerza o resistencia resulta imprescindible para diseñar un entrenamiento que realmente mejore la calidad de vida, más allá de la edad que marque el calendario.






