Contenido
- 0.1 Liz Hilliard (72 años), entrenadora: «Los 6 ejercicios de fuerza que hago para estar en mejor forma que cuando tenía 40 años»
- 0.2 Nadar un poco está bien, pero la Clínica Mayo recomienda otro ejercicio de gimnasia para que los mayores de 60 años ganen fuerza dentro del agua
- 0.3 Quema una cantidad sorprendentemente grande de calorías: el «ejercicio de la abuela» es perfecto para el calor
- 1 Por qué la analogía entre el ejercicio y la higiene dental funciona
- 2 De qué maneras se puede empezar a hacer ejercicio si se es sedentario
Hacer deporte siempre va asociado a la promesa de una vida más larga, pero para Felipe Isidro, catedrático de Educación Física, la clave no está en la duración, sino en la constancia. El experto ha lanzado una analogía que resume su forma de entender la actividad física: «el ejercicio se tiene que hacer sí o sí por tu salud, esto es como lavarse los dientes», afirma en el podcast La Fórmula del Éxito.
Isidro defiende que nadie se plantea si le apetece cepillarse los dientes antes de hacerlo, y considera que el ejercicio debería ocupar ese mismo lugar en la rutina diaria, al margen de la motivación o las ganas del momento.
Desde su experiencia académica y clínica, insiste en que seguir tratando el movimiento como algo recreativo, sujeto al gusto personal, es «un gran error» que explica el sedentarismo creciente y la pérdida temprana de fuerza en la población.
Por qué la analogía entre el ejercicio y la higiene dental funciona
La comparación de Isidro se sostiene en varios paralelismos concretos. El primero es el carácter preventivo de ambos hábitos: cepillarse los dientes evita las caries, mientras que el ejercicio previene enfermedades cardíacas, diabetes y la pérdida de masa muscular. El segundo es la necesidad de constancia, ya que lavarse los dientes una sola vez al mes durante horas no serviría de nada, y con el ejercicio ocurre exactamente lo mismo: importan los minutos diarios, no el esfuerzo puntual de un fin de semana.
El tercer paralelismo es el efecto acumulativo. Saltarse un día de ejercicio, igual que olvidar el cepillado una noche, no tiene consecuencias graves. Pero cuando esa falta se repite durante meses, el daño acumulado empieza a notarse, ya sea en forma de caries o de deterioro físico. El catedrático añade un cuarto punto: el bienestar inmediato. La sensación de frescura que deja el cepillado tiene su equivalente en las endorfinas y la energía que produce el cuerpo justo después de entrenar.
«Lo que no se usa se pierde», resume Isidro, en referencia a la fuerza muscular y la capacidad cardiorrespiratoria, dos parámetros que, según explica, determinan la edad biológica real de una persona por encima de la edad que marca el calendario.
El catedrático también critica la obsesión estética que rodea al músculo en las redes sociales: «el músculo no es un adorno», recuerda, ya que mantener fuerza y movilidad sirve tanto para entrenar como para tareas cotidianas, desde levantarse de una silla hasta evitar una caída.
De qué maneras se puede empezar a hacer ejercicio si se es sedentario
Para quienes parten del sedentarismo, el secreto está en empezar suave y priorizar la constancia sobre la intensidad. El objetivo inicial no es quemar calorías, sino construir el hábito sin lesionarse. Caminar es la forma más segura y accesible de lograrlo: basta con empezar con bloques de diez o 15 minutos diarios, a un ritmo que permita hablar pero no cantar, y sumar pasos aprovechando gestos como bajarse una parada antes del transporte público o usar las escaleras.
El entrenamiento de fuerza en casa, sin necesidad de equipo, es otra vía accesible. Sentarse y levantarse de una silla firme, hacer flexiones apoyando las manos en la pared o realizar puentes de glúteo tumbado boca arriba son ejercicios sencillos que trabajan la masa muscular, fundamental para la salud metabólica.
Quienes no puedan reservar un bloque de tiempo concreto pueden recurrir al método de los «snacks de movimiento»: levantarse dos minutos por cada hora sentado, estirar el cuello y los hombros mientras se cocina, o caminar en el sitio durante los anuncios de televisión.
Las actividades de bajo impacto también funcionan bien para quienes buscan algo que no se sienta como un entrenamiento tradicional. La natación o el aquaeróbic reducen el impacto sobre las rodillas y la espalda, una bicicleta estática permite mover las piernas mientras se ve una serie, y bailar durante unas pocas canciones en casa es suficiente para activar el cuerpo sin presión añadida. Isidro insiste en que no hace falta un gimnasio ni mucho tiempo: «hay que decirle a la gente cómo hacerlo«, y en muchos casos, ocho o diez minutos bien planteados marcan una diferencia real, sobre todo en personas sedentarias.
El catedrático propone también una estrategia mental para no abandonar: aplicar la regla de los dos minutos, prometiéndose a uno mismo hacer solo eso para que resulte más fácil continuar una vez empezado, y celebrar la constancia por encima del rendimiento, dando por válido el simple hecho de haberse puesto la ropa deportiva y haberse movido, sin importar la intensidad.
«No hay que esperar a no poder levantarte de la silla para empezar», advierte Isidro, recordando que el sedentarismo empuja a un deterioro que después cuesta mucho revertir.






