Psicología

Según los psicólogos, los padres que llaman a sus hijos con el mismo nombre que ellos no lo hacen por legado familiar, en realidad es una proyección parental peligrosa

Imagen generada con IA.
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Aitana Pascual
  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Llamar a un hijo igual que a uno de sus progenitores es una tradición presente en numerosas familias y culturas. Para algunos padres representa un homenaje, una forma de mantener vivo un nombre familiar o simplemente una elección personal. Sin embargo, la psicología también ha estudiado qué ocurre cuando esa identidad heredada viene acompañada de expectativas sobre cómo debe ser el niño. En esos casos, el nombre puede convertirse en algo más que una cuestión de tradición.

Un nombre con historia

Compartir nombre con un padre, una madre o un familiar no tiene por qué ser negativo. De hecho, la investigación sobre los llamados namesakes ha encontrado diferentes motivos para esta práctica, desde la transmisión familiar hasta la identificación entre generaciones. Un estudio, que analizó 648 niños pertenecientes a 322 familias estadounidenses, encontró que quienes habían recibido el nombre de un familiar seguían determinados patrones relacionados con el sexo, el orden de nacimiento y las propias tradiciones familiares.

Otro trabajo científico publicado en 2021 analizó específicamente la relación entre compartir nombre con el padre y la inversión parental. Sus resultados encontraron asociaciones entre el hecho de ser un hijo homónimo y determinados aspectos de la inversión de los progenitores, aunque los efectos dependían de factores como el sexo y el orden de nacimiento. Esto demuestra que el nombre puede tener implicaciones sociales dentro de una familia, pero no permite afirmar que todos los padres que lo utilizan estén proyectando sus deseos sobre sus hijos.

Cuando el legado se convierte en presión

El problema puede aparecer cuando el nombre deja de ser simplemente un homenaje y pasa a representar un modelo que el niño debe reproducir. La psicología ha demostrado que las expectativas de los padres pueden relacionarse con la percepción que los propios hijos construyen sobre sus capacidades. Una investigación encontró una relación dinámica entre las aspiraciones educativas de los padres y el autoconcepto académico de sus hijos durante la adolescencia.

Eso no significa que un niño llamado como su padre vaya a sentirse obligado a seguir sus pasos. La cuestión está en el comportamiento posterior, como con las comparaciones constantes, las expectativas profesionales, exigencias o mensajes del tipo «tienes que ser como tu padre». Es entonces cuando el nombre puede adquirir un significado psicológico mucho más pesado que el que tenía inicialmente.

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