Reflexión

Abraham Lincoln, presidente de los EEUU: «El conocimiento es la mejor inversión que se puede hacer»

Abraham Lincoln
Estatua de Abraham Lincoln en Washington. Foto: Frank Schulenburg en Wikimedia Commons.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Abraham Lincoln es uno de los presidentes más citados de la historia de Estados Unidos. Sus discursos, desde Gettysburg hasta sus intervenciones contra la esclavitud, se estudian todavía en colegios de medio mundo. No obstante, junto a esas palabras documentadas circulan decenas de frases breves que se le atribuyen y que se repiten a diario en libros de autoayuda.

Y en este marco, una de las más populares (al menos en el español) habla del conocimiento como inversión. Es una sentencia corta, fácil de recordar y con un aire casi financiero, algo poco habitual en un político del siglo XIX.

¿Qué quiso decir Abraham Lincoln con «el conocimiento es la mejor inversión»?

La frase «El conocimiento es la mejor inversión que se puede hacer» plantea una comparación directa con el mundo del dinero. Igual que un ahorrador coloca su capital a la espera de un rendimiento, quien dedica tiempo a aprender obtiene un beneficio que crece con los años.

Ante este marco, la diferencia está en la seguridad: lo que una persona sabe no se devalúa con una crisis ni puede embargarse.

Por ejemplo, los bienes materiales pueden perderse por una mala cosecha, un negocio fallido o una guerra, pero la formación acompaña a quien la adquiere en cualquier circunstancia.

Además, el conocimiento tiene un efecto acumulativo: cada cosa aprendida facilita la siguiente, de modo que el rendimiento se multiplica con el tiempo, como ocurre con el interés compuesto.

La sentencia encaja con lo que Lincoln defendió desde su primera campaña. En marzo de 1832, con 23 años, publicó un comunicado dirigido a los votantes del condado de Sangamon (Illinois) en el que calificaba la educación como «el asunto más importante del que podemos ocuparnos como pueblo».

Su aspiración era que todo ciudadano recibiera, al menos, una educación moderada.

El verdadero origen de la frase atribuida a Abraham Lincoln

Ahora bien, no existe alguna constancia contundente de que Lincoln pronunciara esas palabras exactas. En el mundo anglosajón, la versión original (An investment in knowledge pays the best interest) suele atribuirse a Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores del país y autor de numerosas máximas sobre el ahorro y el trabajo recogidas en sus almanaques.

Sin embargo, tampoco en su caso hay pruebas sólidas. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en su recopilación Respectfully Quoted, la clasifica como cita no verificada.

Por su parte, el historiador Nathan Kozuskanich señaló en 2014 que la frase no aparece en los papeles de Franklin conservados en la Universidad de Yale ni en ninguna publicación anterior a 1818, incluida la gaceta que él mismo editaba.

El rastro más antiguo, según la investigación del lexicógrafo Barry Popik, aparece en la prensa estadounidense de mediados del siglo XIX. En noviembre de 1848, el Daily Evening Transcript de Boston atribuía al «Dr. Franklin» la idea de que quien vacía su bolsa en su cabeza no puede ser despojado de ella.

En febrero de 1849, ese mismo diario publicaba ya la versión de la inversión, sin rastro de Lincoln.

Conociendo mejor a Abraham Lincoln, un presidente que se formó con libros prestados

Lincoln nació el 12 de febrero de 1809 en una granja cerca de Hodgenville (Kentucky), en una familia humilde de colonos. De niño se trasladó a Indiana, donde el trabajo en el campo dejaba poco espacio para las clases. En la autobiografía breve que redactó en 1860 para el periodista John L. Scripps, admitía que la suma de toda su escolarización no llegaba a un año.

Lo que no aprendió en la escuela lo buscó por su cuenta. Leía la Biblia, que citaba con frecuencia en sus discursos, y casi cualquier libro que caía en sus manos.

Más tarde, ya instalado en Illinois, estudió Derecho sin profesor, con manuales prestados como los Comentarios sobre las leyes de Inglaterra de William Blackstone. Según escribió él mismo, «no estudió con nadie».

Y desde luego, ese esfuerzo dio resultado. En septiembre de 1836, el Tribunal Supremo de Illinois le concedió la licencia para ejercer como abogado en todos los tribunales del estado. A partir de ahí llegaron cuatro mandatos en la Cámara de Representantes de Illinois, un escaño en el Congreso entre 1847 y 1849 y, finalmente, la Presidencia de Estados Unidos en marzo de 1861.

La vigencia de una idea que Lincoln llevó a la práctica

Como decimosexto presidente, Lincoln dirigió el país durante la Guerra de Secesión, firmó la Proclamación de Emancipación y empujó la aprobación de la Decimotercera Enmienda, que abolió la esclavitud.

Murió el 15 de abril de 1865, tras recibir un disparo de John Wilkes Booth en el Teatro Ford de Washington. Llegó a todo ello sin título universitario, algo hoy casi impensable en la política estadounidense.

Por eso la frase sobre el conocimiento, sea suya o no, resume bien su trayectoria. Su caso muestra que la formación no depende solo de las aulas, sino también de la constancia y la curiosidad. Esa misma curiosidad le llevó a interesarse por la mecánica, un terreno alejado de la política que le dejó una marca singular en la historia de su país.

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