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Irene Montero y la visita más burda de un político a ‘La Revuelta’: la podemita se centra más en «follar» que en la vivienda

"Es mucho más difícil encontrar un tío que te coma bien el coño", explicó Irene Montero a Broncano

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Gabriel Rufián, Irene Montero y David Broncano en 'La Revuelta'. (TVE)
Paula M. Gonzálvez

Hay entrevistas políticas en televisión que aspiran a fijar una posición de Estado y otras que acaban reducidas al catálogo de frivolidades de quien ya sólo compite por la atención del público. Lo de Irene Montero en La Revuelta (TVE) perteneció a la segunda categoría: sobreactuación ideológica y desinhibición forzada que el propio equipo del programa de David Broncano se encargó de resumir sin piedad -y con la excusa del chiste- ante millones de espectadores con un cartel: «30 segundos de entrevista de vivienda y 15 minutos de follar».

Ya para abrir boca, Irene Montero acudió al programa de La 1, con Gabriel Rufián, armada con un atrezo que pretendía ser audaz y no pasó de chabacano: unas rodilleras de regalo para el presentador. «Dicen que las uso mucho, pero quienes se arrodillan a Netanyahu son Abascal y Feijóo», soltó, para intentar neutralizar con brocha gorda los comentarios sobre su fulgurante ascenso orgánico en los años de Pablo Iglesias. Ese arranque marcó el tono del resto de la noche: si la forma era impropia de quien ha ocupado un ministerio y cobra como eurodiputada, el fondo fue un lote de consignas gastadas, evasivas calculadas y una llamativa desconexión de la realidad de los españoles.

A la hora de hablar de dinero ajeno, la ex ministra no titubeó. Señaló, por ejemplo, el salario actual de Pablo Casado en la empresa privada -«cobra una pasta»-, como si la nómina pública de más de 10.000 euros mensuales que percibe en Bruselas representase una suerte de voto de pobreza franciscano.

La coherencia saltó por los aires cuando tocó responder a las preguntas clásicas del programa. Gabriel Rufián, consciente de que los sueldos del Congreso son públicos, admitió tener «unos 40.000 pavos» en el banco, y atribuyó el colchón a que ha «escrito un libro» -una justificación casi cómica para cualquiera que conozca los márgenes de beneficios para el autor en la industria editorial española-. Montero, en cambio, aplicó el silencio selectivo. De su patrimonio poco proletario, de sus cuentas corrientes más abultadas desde que está en política o del célebre casoplón de Galapagar, ni una palabra.

Esa misma asimetría monopolizó la conversación sobre la inmigración. Mientras la calle debate sobre la saturación de los servicios públicos y los problemas de convivencia y seguridad ciudadana derivados de los flujos de inmigrantes ilegales descontrolados, Montero despachó el asunto al tachar de xenófobo y racista cualquier atisbo de preocupación: «Hay un problema porque hay políticos que le dicen a la gente que eso es un problema. Porque aquí se han acogido a ucranianos, a venezolanos y nadie ha dicho ni mu». Tuvo que ser el propio Broncano quien le recordara que «la izquierda debe hablar de los problemas derivados de la inmigración sin complejo» y que «hay gente para la que sí que es problemático».

Incluso Rufián, lejos de cualquier sospecha conservadora, intentó rebajar el dogmatismo cuando reconoció que la inmigración «es un reto innegable» que exige equilibrar «derechos y obligaciones». Pero Montero estaba a otra cosa: a equiparar una acogida regulada de refugiados de guerra que cumplen protocolos legales con la entrada masiva e irregular, y a desviar la culpa hacia los sospechosos habituales: «Hablamos todo el día de esto y no de los invasores que entran en nuestros barrios, que son los fondos buitre».

La receta económica fue, si cabe, más delirante. Propuso «expropiar y nacionalizar empresas estratégicas» -momento en que Broncano tuvo que frenarla con un «no os calentéis»- y decretar «una familia, una casa» y «supermercados públicos». «Haz negocio con los vinos, no con la energía, las casas o la alimentación», sentenció Montero desde su atalaya, y obviando que las hortalizas, el grano y la carne no brotan espontáneamente en las estanterías ni se recogen solos del campo. Un mínimo detalle que estorba a la utopía comunista.

Ni siquiera el feminismo se libró del bucle monocorde. Preguntada por el caso de Íñigo Errejón, Montero dejó caer una confesión: «Creo que lo sabía bastante gente y ahí estaba. El poder te da un manto de impunidad que te permite seguir. Esa cultura es precisamente la que se tiene que romper, que nadie mire hacia otro lado». La acusación se vuelve un boomerang implacable: si lo sabía «bastante gente» en un círculo que compartían, ¿lo sabía ella y miró hacia otro lado mientras convivían en el mismo espectro político? «El feminismo es lo mejor que tiene este país (…) El problema es de los que se están forrando», pronunció. Cualquier fisura moral se diluye culpando al capital.

El clímax del esperpento llegó con las preguntas sobre sexo. Allí Montero se desató y confundió la transgresión con la taberna: «Es mucho más difícil encontrar un tío que te coma bien el coño. En eso las bibolleras llevan ventaja (…) En campaña, las necesidades vitales son comer, dormir, follar. Con mi equipo siempre vemos las prioridades entre esas cosas cada semana».

Una lección magistral de prioridades ciudadanas de mano de la candidata de Podemos. Con los alquileres pulverizando récords históricos, las familias haciendo equilibrios para pagar la cesta de la compra y los jóvenes atrapados en las casas de sus padres o en los pisos compartidos, la líder que aspiraba a asaltar los cielos con la bandera del feminismo, como si fuera la protagonista de una pintura de Delacroix, prefiere pontificar sobre destrezas sexuales y proclamar la colectivización soviética desde la comodidad. La izquierda transformadora ha quedado reducida a esto: un mitin de barra libre, consignas de manual para universitarios desorientados y una frivolidad grosera que insulta la inteligencia de la misma clase trabajadora a la que dice representar.