Un arquitecto diseña un túnel de luz junto al mar de Barents para ver auroras boreales en un lugar privilegiado
Un arquitecto construye un edificio que es perfecto para ver las auororas boreales de otro modo
Qué son las auroras boreales y cómo se forman en la atmósfera
Llegan las auroras boreales a España y los científicos anuncian la fecha: quedan muy pocos días
En el extremo norte de Noruega, donde el clima suele marcar lo que se puede hacer y lo que no, un arquitecto ha planteado una solución bastante concreta a un problema habitual en la zona que es cómo observar la naturaleza o las auroras boreales sin tener que soportar durante demasiado tiempo el frío, el viento y la humedad. En Båtsfjord, un pequeño municipio situado junto al mar de Barents y dentro del Círculo Polar Ártico, ha construido una estructura que permite quedarse mirando el paisaje más rato del que normalmente sería posible. No es un edificio grande ni pretende destacar a primera vista, pero sí cambia la forma en la que se vive un entorno que, por sí mismo, ya resulta bastante exigente.
El punto de partida es fácil de entender si se conoce mínimamente la zona. Allí se pueden ver ballenas, aves, cielos abiertos y fenómenos como el sol de medianoche o las auroras boreales, pero hacerlo implica exponerse a condiciones que no siempre acompañan. Muchas veces la experiencia se acorta simplemente porque el cuerpo no aguanta. A partir de ahí surge la idea de crear un espacio intermedio, algo que permita estar resguardado sin perder la relación directa con lo que ocurre fuera. El resultado es lo que su autor describe como un «túnel de luz», una pequeña cápsula colocada prácticamente sobre el agua, sin apenas elementos alrededor que interfieran en la vista.
Un arquitecto diseña un túnel de luz junto al mar de Barents para ver auroras boreales
El proyecto, desarrollado por el arquitecto portugués Pedro Léger Pereira, se materializa en una estructura de madera con forma cilíndrica que puede girar sobre sí misma. Ese movimiento permite cambiar el punto de vista sin salir al exterior, algo que en este contexto no es un detalle menor. La cápsula no gira sola, sino que se activa con una llave que se solicita en la oficina de turismo local, lo que también limita el uso y evita que se convierta en un espacio saturado.
En el interior no hay demasiados elementos, y eso es intencionado. La idea es que nada distraiga de lo importante, que es el paisaje. Dos aperturas marcan la experiencia: una orientada hacia el horizonte y otra hacia el cielo. Esa combinación permite observar lo que ocurre delante y encima al mismo tiempo, algo especialmente útil cuando aparecen auroras boreales o cuando hay movimiento en el mar. No es un espacio para pasar cinco minutos, sino para quedarse y esperar.
La relación con el entorno es bastante directa. Desde ahí se pueden ver animales marinos a poca distancia, algo que depende de la suerte pero que no es raro en esa zona. También se percibe mejor el cambio de luz a lo largo del día, que en el Ártico no sigue un patrón habitual. Todo eso hace que la experiencia dependa más del momento que del propio espacio.