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AVIONES HIPERSÓNICOS

La NASA voló a Mach 9,6 con un avión de 3,7 metros hace casi 22 años y nadie ha batido todavía ese récord

El 16 de noviembre de 2004, un avión sin piloto más corto que un utilitario cruzó el cielo del Pacífico a casi 11.000 kilómetros por hora. Se llamaba X-43A, lo había construido la NASA y su motor funcionó apenas diez segundos. Fueron suficientes para entrar en los libros de récords.

Han pasado casi 22 años y esa marca sigue en pie. Ningún avión que se impulse respirando el oxígeno del aire ha volado más rápido, al menos de forma pública y verificada. ¿Por qué cuesta tanto repetirlo? La respuesta mezcla un motor sin piezas móviles y materiales que aguantan un calor de horno industrial.

Un avión diminuto con un motor raro

El X-43A medía unos 3,7 metros de largo y 1,5 de ancho. Formaba parte del programa Hyper-X, que duró ocho años y costó unos 230 millones de dólares (unos 200 millones de euros). La agencia fabricó tres unidades, todas pensadas para volar una sola vez y acabar en el mar.

Su secreto era un estatorreactor de combustión supersónica, lo que en inglés se conoce como scramjet. Un motor de avión normal frena el aire que entra antes de quemarlo. El scramjet apenas lo frena, así que la combustión ocurre con el aire moviéndose todavía más rápido que el sonido.

Vamos, es como mantener encendida una cerilla en mitad de un huracán. No tenía piezas móviles ni depósitos de oxígeno como un cohete, porque aprovechaba el del aire. Su combustible era hidrógeno.

Diez segundos para entrar en la historia

No salió a la primera. En junio de 2001 el cohete que impulsaba el primer X-43A perdió el control y hubo que destruirlo. El segundo voló en marzo de 2004 a Mach 6,8, unos 8.000 kilómetros por hora, y ya superó la marca anterior, que estaba algo por encima de Mach 5.

El tercer vuelo empezó colgado del ala de un veterano bombardero B-52B que despegó de California. A unos 12 kilómetros de altura lo soltó junto a un cohete Pegasus modificado que hacía de lanzadera. Ese cohete lo subió hasta unos 33 kilómetros y le dio la velocidad necesaria para arrancar.

Ya separado, el X-43A encendió su motor durante unos diez segundos y alcanzó Mach 9,6, es decir, unas 9,6 veces la velocidad del sonido a esa altura. Luego planeó enviando datos hasta caer al océano, tras recorrer unos 1.370 kilómetros.

¿Qué significa esa velocidad en la práctica? A ese ritmo, el trayecto entre Madrid y Barcelona, de unos 500 kilómetros en línea recta, duraría menos de tres minutos. Meses después, Guinness reconoció la hazaña como récord mundial de velocidad para un avión a reacción.

El calor, el gran enemigo

A esas velocidades el aire se comporta casi como un muro. Al comprimirse, calienta la superficie hasta niveles que derretirían el aluminio de un avión comercial. En un principio, los ingenieros de la NASA calcularon que la punta del morro podía acercarse a los 2.200 grados centígrados.

Para aguantarlo, la nariz y los bordes delanteros se fabricaron con un compuesto de carbono-carbono. Encima llevaban varias capas de recubrimiento, entre ellas carburo de silicio y carburo de hafnio, para que el material no se quemara por la oxidación.

Para prender el hidrógeno en un chorro de aire tan rápido, el motor usaba silano, un gas que arde solo al contacto con el aire, según detalla un informe técnico de la propia agencia.

Por qué nadie lo ha superado

El relevo lo tomó la Fuerza Aérea de Estados Unidos con el X-51A Waverider. En su último vuelo, el 1 de mayo de 2013, su scramjet funcionó unos 240 segundos y llegó a Mach 5,1. Más lento, sí, pero aguantó cuatro minutos.

Ahí está buena parte de la clave. Ir rapidísimo durante unos segundos es una cosa, y mantener la combustión minutos sin que el aparato se funda es otra. Por eso muchos programas actuales se conforman con velocidades más modestas y tienen sobre todo fines militares, como las armas hipersónicas que prueba Estados Unidos.

La nueva generación ya despega

Las novedades más recientes llegan de Australia. La empresa Hypersonix lanzó el 27 de febrero de 2026, desde Wallops Island (Virginia), su demostrador DART AE, de 3,5 metros, a bordo de un cohete HASTE de Rocket Lab. Superó Mach 5 en un programa del Pentágono.

Su cofundador Michael Smart, antiguo científico de la NASA, lo tiene claro. «A estas velocidades y temperaturas, no hay sustituto para los datos de vuelo».

¿Caerá pronto el récord del X-43A? Todavía está por ver. De momento, aquel pequeño avión sigue siendo la referencia. Diez segundos que ya duran décadas.

La nota de prensa oficial sobre el récord se ha publicado en la web de la NASA.

Crédito de la imagen: NASA/Carla Thomas.