China convirtió 6.000 botellas de leche en una calle de 300 metros: así se mete el plástico dentro del asfalto
Dow mezcla el plástico fundido con el betún gracias a un polímero que hace de intermediario, pero los estudios sobre microplásticos no se ponen de acuerdo.
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¿Qué se puede hacer con una botella de leche vacía que casi nadie quiere reciclar? En Shanghái dieron con una respuesta bastante literal, pisarla. El 22 de abril de 2021, Día de la Tierra, la Universidad de Ciencia y Tecnología de China Oriental (ECUST) estrenó frente a un comedor de su campus de Xuhui la primera calle del país asfaltada con plástico reciclado.
Mide 300 metros y esconde más de 200 kilos de plástico, sacados de más de 6.000 botellas de leche y otros residuos. Detrás estaban la química estadounidense Dow y Shiny Meadow, una marca china de leche fresca. Cinco años después, la pregunta ya no es si se puede hacer, sino qué pasa con ese plástico cuando las ruedas lo desgastan.
Botellas que nadie quería
El plástico de muchos envases de alimentos es difícil de reciclar y vale poco. Según Dow, por eso termina a menudo en vertederos y ríos, sin que nadie le busque otro uso.
La propia Shiny Meadow reconoció en la presentación que ya usaba envases reciclables, pero que le faltaba resolver qué hacer con las botellas al final de su vida. Vamos, que el problema no era fabricarlas, sino deshacerse de ellas.
No es un caso raro. Pasa algo parecido al intentar reciclar colchones, con capas de materiales distintos.
Del envase a la carretera
Según se explicó en la inauguración, las botellas primero se clasificaban en una planta de reciclaje, después se trituraban y se fundían. Ese material acababa en una fábrica de asfalto.
Para entender el truco conviene saber qué es el asfalto. Es, básicamente, grava pegada con betún, un líquido negro y pegajoso que sale del petróleo y hace de cola. El plástico se mezcla con ese betún, no con las piedras.
Aquí entra la química. El plástico y el betún no se mezclan bien por sí solos, así que Dow añade ELVALOY RET, un polímero (una molécula larga hecha de piezas repetidas) que la empresa usa en carreteras desde hace más de 30 años. Funciona como un intermediario que ayuda a que el plástico reciclado se integre en la mezcla.
Qué gana la carretera
El resultado es lo que los ingenieros llaman asfalto modificado con polímeros. Según Dow y la universidad, rinde mejor y dura más que el asfalto convencional. Y como necesita menos betún, también recorta emisiones.
¿Hay datos fuera de las notas de prensa? Algunos. En agosto de 2021 la Universidad de Misuri empezó a probar tramos con plástico reciclado en unas cuatro millas (6,4 kilómetros) de una avenida de Columbia, en Estados Unidos. El ingeniero Bill Buttlar calcula que la capa superior podría durar hasta un 50% más que una sin polímeros.
En esas pruebas, el plástico suponía entre el 5% y el 10% del peso del betún. Parece poco. De hecho, Dow asegura que sus proyectos piloto ya suman más de 100 kilómetros y unas 100 toneladas de plástico que se libraron del vertedero.
La duda de los microplásticos
Claro que no todo es tan redondo. Una carretera se gasta con cada coche que pasa. ¿Acaba entonces ese plástico convertido en microplásticos, esos trocitos diminutos que ya aparecen en ríos y mares?
Un equipo de la Universidad RMIT de Melbourne, en Australia, diseñó en 2022 un método de laboratorio para medirlo. Comprobaron que este asfalto sí suelta partículas de entre 2 y 40 micras (milésimas de milímetro), sobre todo con frío y en ambientes ácidos. Y el plástico mezclado en el betún, justo el sistema de Shanghái, las liberaba antes que el usado en lugar de la piedra.
Un estudio del Instituto Indio de Tecnología de Roorkee, publicado en julio de 2025, es más tranquilizador. Probaron cuatro tipos de plástico y apenas detectaron microplásticos, porque el material quedaba bien agarrado dentro de la mezcla. Eso sí, los humos al extenderlo eran tan dañinos como los del asfalto normal, así que piden proteger mejor a los operarios.
Una calle que hace de laboratorio
Con 200 kilos, la calle de Shanghái es una gota en el océano. Su valor está en demostrar que un residuo sin salida puede tener una segunda vida, igual que otros países buscan uso a sus barcos abandonados.
Dow ya había hecho algo parecido en 2017 en Depok, en Indonesia, con una carretera de 1,8 kilómetros y 3,5 toneladas de plástico. La obra funciona. Lo que todavía está por ver es cuánto plástico devuelve al entorno con los años.
Conviene ser prudentes, porque las carreteras experimentales no siempre envejecen bien. Que se lo digan a la carretera solar francesa.
La nota de prensa oficial del proyecto se ha publicado en la web de Dow.
Crédito de la imagen: Grendelkhan (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).
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