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Dejar el alcohol también cambia el cerebro: así es la pista que puede explicar algunas recaídas

Existen importantes diferencias individuales en la cantidad de alcohol consumida, los síntomas de abstinencia, el deseo de beber y la vulnerabilidad a las recaídas

Dejar de consumir alcohol puede desencadenar cambios en el cerebro que ayudan a explicar por qué algunas personas son especialmente vulnerables a volver a beber. Un estudio realizado en ratones ha identificado una región cerebral relacionada con el estrés y la búsqueda de alcohol cuya actividad aumenta durante la abstinencia, especialmente en los animales que posteriormente muestran un comportamiento de consumo más resistente, incluso cuando el alcohol resulta desagradable.

La investigación, publicada en Molecular Psychiatry por científicos de la UMass Chan Medical School y la Universidad Vanderbilt, se ha centrado en el núcleo del lecho de la estría terminal (BNST), una estructura que forma parte de los circuitos cerebrales implicados en el estrés, las emociones negativas y las conductas relacionadas con el alcohol.

Los investigadores estudiaron ratones con diferentes patrones de consumo de etanol y los clasificaron según su comportamiento en tres grupos: consumidores altos, consumidores bajos y animales capaces de seguir consumiendo alcohol pese a que se había añadido una sustancia amarga para hacerlo desagradable. Esta última característica resulta especialmente relevante porque se asemeja, dentro del modelo animal, a una pérdida de control sobre el consumo.

Durante el consumo de alcohol, los investigadores observaron que la actividad de la parte dorsal del BNST aumentaba y que existía una relación entre esa activación y la cantidad de alcohol ingerida. Sin embargo, las diferencias más llamativas aparecieron cuando los animales dejaron de tener acceso al alcohol.

Tras un periodo de abstinencia, los ratones que posteriormente mostraron un consumo resistente a la aversión presentaron una mayor actividad del BNST durante la búsqueda de alcohol. En cambio, los animales con un consumo alto o bajo redujeron progresivamente esa conducta de búsqueda durante la abstinencia.

Uno de los hallazgos más interesantes fue que el tiempo transcurrido desde que los animales dejaron de beber parecía importar. La búsqueda de alcohol al comienzo de la abstinencia no predijo de la misma manera el comportamiento posterior que la búsqueda observada después de un periodo más prolongado. En los ratones con mayor vulnerabilidad, la actividad del BNST aumentaba durante esa búsqueda prolongada.

Los investigadores también compararon animales sometidos a abstinencia con otros que simplemente habían realizado las mismas tareas experimentales, pero sin pasar por el periodo de retirada del alcohol. Los resultados indicaron que la propia abstinencia contribuyó a potenciar posteriormente el consumo resistente a las señales de aversión, lo que apunta a que dejar de beber puede generar adaptaciones cerebrales específicas en determinados individuos.

El BNST no es una estructura aislada. Forma parte de una red cerebral relacionada con la respuesta al estrés y con los estados emocionales negativos que pueden aparecer durante la abstinencia. En personas con trastorno por consumo de alcohol se han observado alteraciones en la conectividad y funcionamiento de esta región, y estudios previos en animales ya habían relacionado el BNST con la búsqueda de alcohol.

La investigación abre así una posibilidad especialmente interesante: que determinados cambios en la actividad cerebral durante la abstinencia puedan actuar como señales de vulnerabilidad ante una futura recaída. Si se consiguiera identificar mecanismos similares en humanos, podrían ayudar en el futuro a distinguir qué pacientes necesitan un seguimiento más estrecho durante las etapas posteriores a la retirada del alcohol.

Pero los propios investigadores son prudentes. El estudio no demuestra que la actividad del BNST sea la causa directa de la recaída, sino que identifica una asociación entre sus cambios de actividad y determinados patrones de conducta en ratones. Los autores señalan que serán necesarios nuevos experimentos para determinar si esta actividad cerebral tiene un papel causal.

El trabajo también recuerda que el trastorno por consumo de alcohol no se comporta igual en todas las personas. Existen importantes diferencias individuales en la cantidad de alcohol consumida, los síntomas de abstinencia, el deseo de beber y la vulnerabilidad a las recaídas. Comprender qué ocurre en el cerebro durante esos periodos puede ayudar a explicar por qué para algunas personas dejar de beber supone el final del problema, mientras que para otras comienza una etapa especialmente vulnerable.