El cerebro infantil deja pistas sobre la depresión y la ansiedad adolescentes
Variaciones en la trayectoria de maduración de la corteza pueden asociarse con la aparición de síntomas de depresión y ansiedad

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La salud mental de un adolescente podría tener parte de su historia escrita años antes de que aparezcan los primeros síntomas. No en sus pensamientos ni en sus recuerdos, sino en el desarrollo de su cerebro. Un análisis de casi 30.000 resonancias magnéticas de cerca de 12.000 jóvenes estadounidenses ha permitido reconstruir con un nivel de detalle poco habitual cómo cambia la corteza cerebral durante la transición de la infancia a la adolescencia. Sus resultados apuntan a que el ritmo de esa maduración podría ofrecer pistas sobre la aparición posterior de problemas de salud mental.
La investigación, liderada por Jacqueline Clauss, psiquiatra infantil de la Universidad de Iowa, se ha difundido en la revista Nature a partir de un estudio publicado en el servidor científico bioRxiv el 11 de octubre de 2026. El trabajo todavía es una prepublicación, por lo que sus resultados no han completado el proceso de revisión por pares. Aun así, el volumen de datos y el seguimiento prolongado de los participantes aportan una perspectiva relevante para estudiar la relación entre el desarrollo cerebral y la salud mental juvenil.
Un cerebro que madura siguiendo un calendario
El cerebro no se desarrolla de manera uniforme. Durante la infancia y la adolescencia, la corteza cerebral, la capa externa implicada en funciones como la percepción, la memoria, el lenguaje y el pensamiento, experimenta cambios estructurales que acompañan a la maduración. Uno de ellos es el adelgazamiento cortical, un proceso que los investigadores relacionan, entre otros mecanismos, con la reorganización y la eliminación selectiva de conexiones neuronales.
El equipo observó que este proceso no avanza a una velocidad constante. Las distintas regiones cerebrales siguen una trayectoria con forma de ‘S’: los cambios se aceleran al principio, continúan durante un periodo de evolución sostenida y, finalmente, se ralentizan cuando la región se aproxima a su madurez. Además, las áreas vinculadas al procesamiento sensorial tienden a madurar antes que aquellas implicadas en funciones cognitivas más complejas.
Las señales pueden preceder a los síntomas
Para reconstruir esta evolución, los investigadores recurrieron al estudio estadounidense ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), un amplio proyecto longitudinal que sigue a miles de niños desde aproximadamente los nueve o diez años. Los participantes se someten a resonancias magnéticas periódicas, mientras sus familias aportan información sobre su comportamiento y sus síntomas de salud mental a través de cuestionarios. El seguimiento permite relacionar los cambios cerebrales a lo largo del tiempo con la evolución psicológica de los jóvenes, con señales que podrían identificarse hasta cuatro años antes. La investigación apunta así a una posible ventana temporal para comprender mejor la vulnerabilidad psicológica durante el desarrollo.
Avram Holmes, neurocientífico de la Universidad Rutgers que no participó en el trabajo, destaca precisamente la importancia de atender al momento del desarrollo cerebral, además de a la localización de los cambios. Al mismo tiempo, advierte de que las diferencias observadas son sutiles y que los patrones identificados todavía no permiten predecir en la práctica clínica la trayectoria de salud mental de un niño concreto.
De los circuitos cerebrales al desarrollo
Una de las implicaciones más interesantes del estudio es que invita a ampliar la perspectiva con la que se investigan los trastornos psiquiátricos. En lugar de buscar únicamente alteraciones en regiones o circuitos específicos, los autores plantean que algunos problemas podrían estar relacionados con cambios en la secuencia temporal del desarrollo cerebral.
Esta hipótesis abre nuevas preguntas sobre cómo interactúan los procesos biológicos tempranos, la maduración cerebral y las experiencias que se acumulan durante la infancia. Los investigadores también apuntan a que la actividad genética previa al nacimiento podría contribuir a establecer algunas de las trayectorias de desarrollo relacionadas posteriormente con la vulnerabilidad psicológica. No obstante, estos resultados no demuestran que una alteración concreta sea la causa directa de la depresión o la ansiedad.
La prevención, todavía lejos de una predicción individual
La posibilidad de reconocer señales tempranas resulta atractiva desde el punto de vista de la prevención. Si futuras investigaciones logran identificar patrones de riesgo fiables y reproducibles, podrían contribuir a mejorar el seguimiento de los jóvenes vulnerables y a comprender mejor cuándo ofrecer apoyo psicológico.
Pero el camino entre descubrir una asociación en miles de escáneres y disponer de una herramienta útil en las consultas es largo. Antes sería necesario replicar los resultados, evaluar su capacidad predictiva en poblaciones diferentes y determinar si aportan información adicional a la que ya ofrecen las evaluaciones clínicas y psicológicas.