La violencia zurda de toda la vida
Los del partido del amor han batasunizado España. Saben que, en condiciones normales, lógicas y legales, tres conceptos que no aplican nunca a la izquierda, Sánchez perderá las elecciones y con él, todo el poder acumulado en ocho años de siniestro mandato. Un escenario que la izquierda Robespierre, amante de la sangre y el terror, no está dispuesta a aceptar. En su desesperación, evidente y palpable, enfatizan la mentira e hiperbolizan escenarios que no sucederán, pero que su parroquia, de escasa profundidad intelectual y moral, admite sin rechistar. Cuando hay que elegir entre la democracia y los suyos, la izquierda activista y militante siempre elige a los suyos, aunque los suyos mientan, roben o maten.
Decía el añorado Escohotado, y decía bien que la extrema derecha es un invento de la extrema izquierda, la única que existe hoy en España con representación institucional, y cuya violencia ultra sacude calles y parlamentos, plazas y platós, instituciones y redes. En su derrota asumida y su estado anímico disminuido, el sanchismo político y mediático azuza a sus vendedores de crecepelo para que dibujen realidades paralelas con objeto de convencer a la ciudadanía de que es posible conseguir lo que ni ellos mismos se creen. Y como lo saben, dejan los experimentos y regresan a lo que mejor saben hacer y siempre han usado como recurso de urgencia: la violencia como sistema, el terror como método y el miedo como arma retórica.
De la Revolución Francesa aprendieron que Robespierre debía ser su referente político y la guillotina su modelo de control social. Lo practicaron en la II República, adonde Sánchez quiere volver para terminar lo que Largo Caballero empezó y no supo ganar. Entienden el poder como un derecho de pernada con el que controlar al ciudadano y su voto, un poder que sólo cederán si el que venga después no toca nada de la costra corrupta y saqueadora construida bajo ese ADN socialista. Son la continuidad del delito bajo las mismas siglas del hampa.
Una violencia que nace y muere en la misma orilla ideológica. Siempre son los mismos delincuentes, generando el caos y la destrucción en las calles los que enarbolan la bandera de la democracia y la paz. Encapuchados que proclaman derechos mientras eliminan libertades ajenas. Gentuza subvencionada sin más estudios que los que aprenden en las octavillas que se reparten en las agrupaciones universitarias perrofláuticas o en las mariscadas sindicales. Lúmpenes morales que deben justificar el sueldo que la Rosa Nostra les entrega cada año.
El mensaje que lanzan los esbirros zurdos es el mismo que ya usaron Pablo Iglesias Posse, Dolores Ibarruri o Indalecio Prieto: la derecha social y política debe dejarse acosar, insultar, perseguir y agredir si quiere celebrar sus mítines en paz, y sobrevivir mientras se le cede temporalmente el gobierno, que no el poder. Sánchez, heredero bolivariano de aquella cochambre soviética, ha llevado la campaña a las cloacas de lo indigno, donde le ríen las gracias los bufones del comando felpudo en la tele pública e impúdica mientras la fiel soldadesca perdona sus delitos y corruptelas. Somos un país donde a la izquierda se le perdona hasta el crimen, mientras la derecha pide perdón por respirar.
Dejemos a Sánchez y a los zurdos con su ruido, sus mentiras, su violencia y su terror. En un mes, si al Supremo no le tiemblan las piernas y a la oposición los discursos, todo habrá acabado. Y entonces, empezará el verdadero fascismo: el que protagonizará la izquierda sin poder ni gobierno, pero con el odio suficiente como para seguir vendiéndole al mundo que son el lado bueno de la historia, aunque sea un lado con más de cien millones de muertos.
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