Si Francia arde en llamas, España ya está calentando
Las imágenes que nos llegan desde Francia no son postales lejanas ni anécdotas de un país vecino en un mal día. Son estampas de una tragedia civilizacional en pleno apogeo. El Ayuntamiento de Limoges, un edificio histórico con 150 años de historia a sus espaldas, reducido a cenizas entre vítores y bailes de turbas enfervorecidas. Comercios saqueados a plena luz del día en París, Marsella o Lyon. Fuerzas de seguridad acorraladas y desbordadas. Y la violencia, odio a las instituciones europeas y un desprecio absoluto por la patria que les dio cobijo, como patrón que se repite en cada esquina arrasada.
El relato oficial de la izquierda y de las terminales mediáticas del establishment ha intentado empaquetar este nuevo estallido con la habitual anestesia progre, intentando convencernos de que todo empezó por una «protesta estudiantil» debido a la falta de profesores, a la que luego se sumó el malestar por el precio de los combustibles. Una falacia ridícula que cae por su propio peso en cuanto uno se molesta en mirar la cara de la violencia y la simbología que toman las calles.
No hay estudiantes ni indignados por el diésel quemando iglesias ni robando en tiendas de lujo. Lo que hay en las calles de Francia es el resultado inevitable del fatídico combo de inmigración masiva sin asimilación, islamismo radical y una extrema izquierda cooptada por el odio a Occidente que atenaza a Europa, y por ende a España.
Para entender el incendio francés, hay que mirar a quienes le echan gasolina desde los despachos. La izquierda radical europea, encarnada en Francia por Jean-Luc Mélenchon y su Francia Insumisa, firmó hace tiempo una alianza de conveniencia con el islamismo. Al quedarse sin la clase trabajadora autóctona, esa que quiere prosperar, trabajar en paz y vivir en un país seguro, la extrema izquierda decidió importar y amparar a su nuevo colectivismo de sustitución.
Las consignas de las turbas no dejan lugar a dudas y, mientras ondean masivamente banderas que nada tienen que ver con la de la República francesa, se grita «todo el mundo odia a la policía» o se amenaza directamente al presidente de turno con decapitarlo al más puro estilo de la Revolución Francesa. La extrema izquierda jalona el caos, convencida de que podrá utilizar a estas hordas como fuerza de choque para dinamitar el sistema. Lo que no quieren ver es que el extremismo que protegen no busca el socialismo, sino la sumisión y el borrado total de la identidad europea.
Durante décadas, los gobiernos cobardes del globalismo han alimentado la mentira del multiculturalismo. Se convencieron de que la ciudadanía era un simple trámite burocrático, un papel que otorgaba derechos sin exigir deberes ni lealtad nacional. Hoy recogen lo que sembraron y toca visualizar atónitos las sociedades paralelas donde la ley del Estado no rige, donde se vandalizan templos cristianos y donde se agrede al que trabaja. Ese es el verdadero rostro del «enriquecimiento cultural» que predica la izquierda desde sus urbanizaciones privadas con seguridad 24 horas.
Mientras Francia arde y Bélgica o Italia sienten las réplicas de la insurrección urbana, en España algunos pretenden mirar hacia otro lado. Pero la realidad es tozuda y, si no, que se lo pregunten a los de Abascal, que lleva años denunciando, con nombres y apellidos, la deriva hacia la que nos encamina la inmigración ilegal descontrolada, habiendo sido señalado, insultado y demonizado por la jauría mediática por decir exactamente lo que hoy se confirma en las avenidas de París y en los barrios periféricos europeos. Mientras el PSOE de Pedro Sánchez abraza las fronteras abiertas, promueve regularizaciones masivas y ejerce de alumno aventajado del globalismo de Bruselas.
Y es que España reúne ya todos los ingredientes para duplicar el colapso francés. Lo vemos en la ruta canaria desbordada, en las costas del sur sometidas a la presión constante de las mafias del tráfico de personas y en la proliferación de bandas juveniles y delitos violentos en barrios de Cataluña, Madrid, la Comunidad Valenciana o Andalucía, donde la integración simplemente no existe.
Pedro Sánchez y sus socios de la extrema izquierda comunista e independentista están replicando punto por punto el modelo francés. Desarman a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, relativizan la delincuencia, atacan las raíces cristianas e históricas de España y pretenden imponernos un modelo de sociedad anestesiada ante el delito.
El espejo galo no deja margen a la duda. España está a tiempo de frenar este desastre, pero la ventana de oportunidad se cierra con cada cayuco que llega y con cada concesión al buenismo progre. O defendemos nuestras fronteras, nuestra seguridad, nuestras leyes y nuestra identidad histórica, o terminaremos contemplando las cenizas de nuestra propia nación. Vox lo avisó. Y quienes hoy callan o complacen serán los responsables mañana cuando las llamas lleguen a nuestra casa.
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