Opinión

Apocalipsis en Francia, un contagio muy peligroso

Los recientes disturbios y saqueos que estamos viendo en Francia tienen unas implicaciones estructurales y un riesgo de contagio en no pocos países de la Unión Europea. Francia acaba de vivir una de las jornadas de violencia urbana más intensas de los últimos años, incluyendo la reducción a cenizas del edificio histórico del Ayuntamiento de Limoges.

Lo que comenzó con unas movilizaciones estudiantiles contra el deterioro de la educación pública, por la escasez de docentes y contar con aulas superpobladas en 400 liceos públicos, se transformó rápidamente en unas protestas masivas lideradas por la izquierda política, Francia insumisa, contra el coste de la vida y la situación de los servicios públicos. Un coctel explosivo con elecciones a la vista, una deuda pública disparada, un descontento social, el encarecimiento de la vivienda, una inflación creciente, un clima bélico contra Rusia y la mayor parte de los sistemas de bienestar social en crisis.

Según el Ministerio del Interior de Francia, 550.000 personas salieron a las calles. La jornada degeneró en enfrentamientos contra la policía y los bomberos en una Francia desfigurad, con saqueos y pillaje en más de 2.000 comercios, incendios de numerosos edificios públicos y más de 2.500 detenciones, cientos en prisión con condena, con un millar de agentes heridos.

Tras los sucesos, el presidente Macron reconoció importantes fallos de la inteligencia de las fuerzas de seguridad del estado y la nula anticipación, pese a todo rechazó la dimisión del ministro del Interior, anunciando importantes medidas de contención y anunciando que los que causaron los daños deberán pagar por ello, anunciando toques de queda nocturnos y posibles restricciones al derecho de reunión.

Desde una perspectiva geoeconómica, donde las fuerzas económicas se entrelazan con el poder político, la seguridad y las dinámicas de influencia internacional, estos disturbios no son solo un episodio más de desorden público. Revelan las tensiones profundas de un modelo de Estado del bienestar tensionado por el impresionante endeudamiento, el más alto respecto al PIB desde el año 1946, con un estancamiento del crecimiento y la pérdida de capacidad de respuesta fiscal, en un contexto europeo de inflación creciente, con unos costes energéticos elevados. Francia, la segunda economía de la zona euro, es un laboratorio de riesgos que puede contagiar al resto de la Unión Europea.

En el país galo viven del Estado 30 millones de ciudadanos frente a los 21 millones que trabajan en las empresas privadas. La deuda pública francesa representa el 119% del PIB, con un déficit previsto superior al 5,6 %. Francia es la segunda gran economía avanzada más endeudada del mundo, tras Japón. Por todo ello el Gobierno francés intentaba sacar adelante un ajuste presupuestario de 54.000 millones de euros en 2027, en el marco de las inminentes elecciones presidenciales.

Con un gasto público del 57 % del PIB, el servicio de la deuda se ha convertido en una de las principales partidas de gasto, junto con la educación, la sanidad y la creciente partida de defensa. Los mercados ya mostraban su nerviosismo antes de los tumultos con un rendimiento del bono francés a 10 años superando el 4,96% tras los disturbios, con una prima de riesgo frente al Bund alemán de 150 puntos básicos, unos niveles no vistos desde el año 2002 y que evocan los episodios de la crisis de deuda soberana europea. La propagación de los disturbios afectará a las acciones, los bonos y el euro que cotiza a la baja.

El índice bursátil de la Bolsa de París, CAC 40, en caída con un euro más débil. Desde el punto de vista de la geoeconomia, se refleja un “trilema” clásico entre la estabilidad social, la consolidación fiscal y la competitividad externa. Francia mantiene un elevado gasto público que asciende al 57% del PIB, un amplio sistema de protección social y una industria que compite en sectores estratégicos como la defensa, el aeroespacial, la energía nuclear y el lujo.

Sin embargo, el crecimiento débil con previsiones cercanas al 0,5% para el año 2026 y la inflación de los costes, alimentada por los precios energéticos, las presiones en las cadenas de suministro y las tensiones geopolíticas en Oriente Medio han erosionado sustancialmente el poder adquisitivo de los ciudadanos franceses. Las protestas, los ataques y saqueos han unido a los estudiantes, los sindicatos, a la extrema izquierda, los hermanos musulmanes, los restos de los “chalecos amarillos” y sectores descontentos con una percepción de que el Estado ya no garantiza ni la movilidad social, ni los servicios públicos de calidad.

Los saqueos y daños directos a más de 3000 comercios con cientos de millones de euros en pérdidas económicas, según federaciones empresariales y la interrupción de la actividad económica tienen un impacto inmediato sobre la economía, pero el daño reputacional y de confianza es todavía mucho más importante.

Los inversores perciben cada vez más, un mayor riesgo político dado que la capacidad real del gobierno francés para imponer las imprescindibles reformas fiscales se debilita ante una calle en llamas, elevando el coste de financiación y reduciendo el margen para aquellas inversiones productivas o para poder responder a los shocks externos, principalmente provocados por la energía, la defensa o la transición verde. En un mundo de rivalidad geoeconómica entre las potencias hegemónicas, una Francia debilitada internamente pierde peso en la negociación de las futuras reglas comerciales, industriales y tecnológicas europeas.

Francia es uno de los dos pilares del proyecto europeo junto con Alemania. Su inestabilidad afecta a la cohesión de la zona euro, a la credibilidad del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y la capacidad de la UE para proyectar su poder económico ante el mundo.

Un incremento sostenido de la prima de riesgo francesa puede generar contagio financiero hacia los países de la “periferia”, Italia, España, Portugal y Grecia, aunque los mecanismos del BCE y el marco de gobernanza posterior al año 2012 ofrecen unos mayores amortiguadores que aquellos que tuvo que utilizar de manera torpe y precipitada entre los años 2010 y 2012 que viví en primera línea como director de política financiera de la Comunidad de Madrid.

Aun así, la percepción de riesgo soberano se está elevando, encareciendo el coste del capital también para las empresas europeas, dificultando la financiación de la transición energética y digital europea.

Desde el punto de vista de la autonomía estratégica europea, los disturbios coinciden con un momento de reconfiguración de las cadenas de suministro, el rearme y a la competencia tecnológica con China y los Estados Unidos.

Un Gobierno francés bajo presión interna, tendrá menos fuerza para liderar las iniciativas de política industrial común, de defensa o de política comercial. La tentación de desarrollar las políticas cortoplacistas, un mayor gasto social sin consolidación, el proteccionismo o la relajación fiscal, podría chocar con las reglas europeas y con las demandas de los mercados, generando fricciones tanto en el Ecofin como en el Eurogrupo.

El malestar por el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos se inscribe en una crisis de legitimidad más amplia de las elites europeas. La percepción de que las políticas de austeridad residuales, la globalización y las transiciones verdes gravan de forma desigual a las clases medias y trabajadoras alimenta el auge de fuerzas políticas extremas, tanto de izquierda radical como de derecha nacionalista. En Francia, se anticipa un escenario electoral en 2027 altamente polarizado, con posibles consecuencias para una orientación tradicionalmente europeísta del país.

Además, nos enfrentamos con la injerencia rusa con su guerra híbrida que se suma a la desinformación, a los sabotajes y a los ciberataques. Los servicios de inteligencia de Francia y Alemania señalan el uso de granjas de bots e inteligencia artificial para difundir noticias falsas que amplifiquen la indignación, con el objetivo de introducir consignas contrarias al apoyo a Ucrania en su guerra defensiva contra la invasión rusa y el mensaje de que las sanciones a Rusia nos están destruyendo. La prorrusa Rybar está difundiendo un mapa de todas las protestas celebradas en Europa.

Aunque el contagio no es ni seguro ni automático, vemos algunos elementos de transmisión, así como consignas y organizaciones similares de disturbios en Madrid, Lisboa, Tirana, Milán, Turín, Bolonia, Bruselas y Lieja dado que los mecanismos de contagio geoeconómico son varios.

Primero, el efecto demostración mediático y en redes sociales. Las imágenes de París y Limoges circulan rápidamente y legitiman la movilización en otros países con problemas similares, sobre vivienda, educación y salarios reales estancados.

Segundo, la sincronización de un malestar estructural donde la mayoría de las economías europeas protagonizan un envejecimiento demográfico, los costes de la transición energética, una deuda elevada o déficits estructurales, y una competencia global que comprime márgenes.

Tercero, el canal financiero. Si la prima de riesgo francesa se mantiene elevada, los inversores podrían exigir unos mayores spreads a otros emisores soberanos, elevando los costes de financiación públicos y privados en toda la zona euro.

Y cuarto, el canal político, el éxito relativo de la presión callejera en Francia puede empujar a gobiernos de otros países a parar reformas o a aumentar el gasto público, alimentando un ciclo de mayor deuda y de menor crecimiento potencial. Las protestas en otros países han sido, hasta ahora, de menor escala y violencia. Otras economías europeas difieren en su composición sectorial, mercados laborales y en la cultura de movilización de Francia.

Países como Alemania, con una mayor solidez fiscal, no son inmunes. Los economistas advierten que determinadas dinámicas de descontento social y presión sobre el Estado del bienestar podrían asemejarse a las francesas si el crecimiento industrial se debilita y los costes energéticos persisten.

España e Italia, con una memoria reciente de crisis de deuda y de movimientos de protesta, observan lo ocurrido con mucha atención con grandes agitadores en la extrema izquierda que hablan de que no habrá paz en las calles.

Un escenario de protestas simultáneas en varios Estados miembros complicaría la coordinación de las políticas macroeconómicas y podría fortalecer aquellas narrativas soberanistas que cuestionan la cesión de competencias nacionales a Bruselas. La dependencia comercial e industrial dentro del mercado único genera incentivos para una estabilización colectiva. Contamos con unos factores de contención apoyados en las estructuras institucionales europeas como el BCE o el Mecanismo Europeo de Estabilidad, además de unas nuevas reglas fiscales más robustas.

A medio plazo, el episodio francés obliga a una reflexión sobre la sostenibilidad del modelo social europeo en un entorno como el actual de menor crecimiento, con una mayor competencia global y unos shocks geopolíticos recurrentes. La geoeconomía actual privilegia la resiliencia de las cadenas de valor, la seguridad energética y la capacidad de proyectar poder tecnológico e industrial. Un país o una región atrapada en ciclos de protesta, ajuste y protesta pierde la capacidad de inversión en estas áreas estratégicas.

Las respuestas posibles implican una mayor coordinación fiscal europea para suavizar los ajustes nacionales, unas políticas industriales que generen empleo de calidad en sectores de futuro, reformas educativas y de formación que reduzcan el desajuste entre oferta y demanda laboral y una gestión más inteligente de la transición energética que minimice impactos regresivos sobre los hogares. Cada una de estas opciones choca directamente con restricciones de soberanía, preferencias electorales y rigideces institucionales.

En resumen, los recientes disturbios en Francia, pilotados por la ultra izquierda y amplificados por Rusia con una impecable organización y unos equipos disciplinados, son un síntoma de unas tensiones geoeconómicas mucho más amplias, la dificultad de reconciliar un elevado nivel de protección social con la disciplina de los mercados de deuda y la competitividad global. Sus implicaciones van más allá de las calles de París o Limoges, afectan a la credibilidad fiscal de la zona euro, a la cohesión política de la UE y a la capacidad de Europa para actuar como un verdadero actor geoeconómico autónomo.

La forma en la que Francia y la Unión Europea gestionen la presente crisis de respeto a la democracia y a la autoridad, equilibrando el orden público, el diálogo social y una consolidación fiscal creíble, determinará en buena medida si el episodio queda como una sacudida temporal o será el inicio de un ciclo mucho más profundo y duradero de inestabilidad económica y política en Europa.

Barbaros subige ut futurum securum reddas