Ni solución milagrosa ni fraude ambiental: los biocombustibles buscan su lugar en la descarbonización
El objetivo de los biocombustibles no es reemplazar al petróleo ni al gas, sino reducir su uso
Uno de los principales riesgos asociados a los biocombustibles es la deforestación
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El sector del transporte es responsable por sí solo del 32,5% de las emisiones de gases de efecto invernadero en España. Urge, por tanto, descarbonizar esta actividad y para ello se plantean dos soluciones: la electrificación del transporte es la prioritaria, pero también se mira con atención a los biocombustibles.
Estos últimos son combustibles producidos a partir de la materia orgánica de plantas, cultivos agrícolas, microalgas o residuos orgánicos. Su objetivo no es reemplazar al petróleo ni al gas, cuestión que no sería posible porque no hay biomasa suficiente para suplir toda la demanda, pero sí reducir parcialmente el uso de las materias primas de origen fósil.
Los biocombustibles más empleados actualmente son el bioetanol, que es alcohol obtenido de la fermentación de azúcares y almidones procedentes de cultivos como el maíz y la caña de azúcar; el biodiésel, que proviene de aceites vegetales como la soja, la palma o el girasol; y el biogás, generado por la descomposición anaeróbica de materia orgánica como el estiércol.
Contexto internacional
Estados Unidos mantiene el liderazgo mundial en la producción de etanol, elaborado principalmente a partir de maíz. Brasil ocupa la segunda posición y es, además, el mayor productor y exportador de etanol de caña de azúcar, mientras que Indonesia se ha consolidado como el principal productor mundial de biodiésel a partir de aceite de palma.
Brasil representa además el ejemplo más avanzado de implantación de los biocombustibles en el transporte. Desde el pasado 14 de julio, toda la gasolina comercializada en el país incorpora de forma temporal un 32% de etanol con el objetivo de reducir las importaciones de gasolina y reforzar su seguridad energética frente a la volatilidad del mercado internacional del petróleo.
Además, la inmensa mayoría de los vehículos nuevos en Brasil son flex fuel, capaces de funcionar indistintamente con gasolina, etanol o cualquier mezcla de ambos, lo que ha convertido al país en un referente mundial en el uso de biocombustibles.
Deforestación
Entre los principales riesgos asociados a la expansión de los biocombustibles destaca la deforestación, como está sucediendo en los bosques del sudeste asiático, especialmente en Indonesia.
Un estudio basado en imágenes de satélite concluyó que el incremento de las plantaciones de palma fue responsable de cerca de un tercio de la pérdida de bosques primarios registrada en este país entre 2001 y 2019.

Emisiones
Esta mayor deforestación puede provocar que las emisiones, en lugar de verse reducidas, terminen aumentando. De hecho, un estudio encargado por la Comisión Europea demostró que los biocombustibles producidos a base de aceite de soja y de palma generan, respectivamente, dos y tres veces más emisiones de gases de efecto invernadero que el diésel fósil.
Otro impacto negativo es la posible subida de los precios. La FAO advierte de que los cultivos destinados a la producción de energía pueden entrar en competencia con los cultivos destinados a la alimentación humana en un contexto de recursos cada vez más limitados, sobre todo en el caso del suelo, el agua y los insumos.
Seguridad energética
En España, sólo el 15% de las materias primas utilizadas para producir biocombustibles proceden de nuestro país, dato que contradice el argumento de que estos combustibles contribuyen siempre a reforzar la independencia y la seguridad energética del país.
Así lo indica el informe Biocombustibles en España: ¿Solución real o problemas encubiertos?, realizado por Ecodes, en el que se afirma que el desarrollo de este tipo de combustibles «debería priorizarse exclusivamente en aquellos sectores difíciles de electrificar, como la aviación y el transporte marítimo, y acompañarse de criterios estrictos sobre la procedencia y la trazabilidad de las materias primas».
«Al mismo tiempo, resulta clave limitar su papel en el transporte por carretera y reforzar la apuesta por la electrificación, una vía más eficaz para reducir emisiones y fortalecer la autonomía energética de España», insiste la misma fuente.

SAF
La industria aeronáutica es precisamente uno de estos sectores de difícil electrificación en los que los biocombustibles pueden contribuir positivamente al avance de la descarbonización.
Uno de los más prometedores actualmente es el SAF, siglas en inglés de combustible sostenible para aviación, que emite alrededor de un 80% menos de CO₂ que el queroseno. Además, no requiere ninguna adaptación de los motores de los aviones para su funcionamiento.
Al principio, el SAF se elaboraba utilizando grasas animales o de aceite de cocina usado, materias primas de difícil disponibilidad, lo cual entorpece la industrialización y la escalabilidad del producto. Pero en los últimos años se ha comprobado que también se puede obtener SAF del etanol de la caña de azúcar.

Interés en Brasil
Este es el motivo por el que el combustible suscita un elevado interés en Brasil, líder mundial en producción de etanol de caña de azúcar, que se ha mostrado dispuesto a poner en funcionamiento hasta cinco plantas para producir SAF de etanol en los próximos años.
El país sudamericano es capaz además de producir etanol de segunda generación, que aprovecha restos de caña de azúcar que antes, simplemente, se desechaban. Esto significa que es posible aumentar la producción de esta variante de SAF sin necesidad de ocupar más tierras de cultivo.
Dicha tecnología permitirá a Brasil aumentar en un 50% su producción total de etanol sin plantar nada nuevo, según cálculos de Raízen, compañía carioca que lidera esta industria. De confirmarse, sería una gran noticia para el sector de la aviación, que pretende alcanzar las cero emisiones netas en 2050.