Más que madera y alimentos: los bosques también son fuente de energía que nos protege de los incendios
El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques
La FAO reivindica este año el papel de los bosques como motor de prosperidad
España es el segundo país con más superficie forestal de la Unión Europea
Dependemos de los bosques mucho más de lo que nos imaginamos. La madera con la que se construyen casas y edificios, el papel de libros y cuadernos, los principios activos presentes en multitud de fármacos y los frutos secos que llenan los lineales del supermercado tienen, todos ellos, un origen común: los ecosistemas forestales.
Por eso nos equivocamos si reducimos estos entornos naturales a simples paisajes de postal, destinados únicamente al ocio o al turismo. Los bosques alimentan sectores industriales estratégicos y garantizan recursos esenciales para millones de personas. Sin ellos sería imposible mantener numerosas actividades económicas y, en última instancia, nuestro propio modelo de vida.
Cuestiones todas ellas que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) quiere poner en valor este 21 de marzo, Día Internacional de los Bosques, cuyo tema elegido para este 2026 es, precisamente, Bosques y economía. Con ello, se quiere reivindicar «el papel esencial de los bosques como motor de la prosperidad económica».
Bioeconomía sostenible
«En un momento en el que muchos países tratan de avanzar hacia una bioeconomía sostenible, los productos forestales ofrecen soluciones basadas en la naturaleza como sustitutos de materiales intensivos en carbono, al tiempo que generan nuevas oportunidades económicas», destacan desde la agencia de Naciones Unidas.
Más allá de los ingresos y los puestos de trabajo derivados por la producción forestal y el comercio de materias primas renovables y alimentos, «los bosques también sostienen la agricultura familiar y comunitaria, mejoran la productividad agrícola y salvaguardan la salud de las cuencas hidrográficas», añade la FAO.
Otro ámbito en el que estos hábitats están adquiriendo un protagonismo creciente es la producción de energía a partir de la biomasa forestal compuesta por restos de madera, podas, ramas, cortezas, astillas y subproductos generados en labores selvícolas que son aprovechados para la generación de biocombustible.
Material vegetal
Desde el punto de vista técnico, el proceso comienza con la recogida y triturado del material vegetal, que se seca hasta reducir su humedad y se transforma en astilla o pellet para homogeneizar su poder calorífico.
Posteriormente, se introduce en calderas o centrales donde se quema en condiciones controladas para generar un calor que puede utilizarse directamente para calefacción o bien para producir vapor que mueve una turbina conectada a un generador eléctrico.

Incendios y biomasa
Cada vez más voces recomiendan incrementar la producción de energía renovable a partir de biomasa forestal como una estrategia para la prevención de incendios en España. Actualmente somos el segundo país con más superficie forestal de la Unión Europea, sólo por detrás de Suecia. El 55,2% de la superficie total nacional (27,9 millones de hectáreas) está compuesta por montes, de los cuales, más del 66% son bosque.
El problema es que estas masas forestales están creciendo de forma descontrolada por el abandono del medio rural. Como explica Javier Díaz, presidente de la Asociación Española de la Biomasa (AVEBIOM): «En España sólo se aprovecha menos del 40% del crecimiento anual de madera, lo que ha hecho que el stock de madera en pie se haya duplicado en pocas décadas».
«Dicho de otra manera: cada año se acumulan millones de toneladas de biomasa que no se aprovechan y que, antes o después, acaban ardiendo. Sin embargo, nuestro país cuenta con industrias capaces de absorber el doble de lo que hoy se moviliza, de manera sostenible, generando empleo local y energía renovable», insiste Díaz.

Redes de calor y frío
Por este motivo, AVEBIOM propone construir de aquí a 2030 al menos 200 nuevas redes de calor y frío con biomasa forestal, lo que permitiría movilizar 1,2 millones de toneladas de biomasa al año.
Así se podrían sustituir 500.000 equipos de calefacción obsoletos por dispositivos modernos de biomasa y generar 150 megavatios eléctricos en centrales situadas en áreas forestales críticas, capaces de absorber biomasa allí donde más falta hace reducir su densidad.
Díaz considera que sería una inversión con retorno múltiple: «menos combustible esperando arder en los montes, más actividad económica en la España vaciada y menos dependencia energética del exterior», asegura.
CO₂ biogénico
Otro aspecto especialmente prometedor de la biomasa forestal es la aparición de tecnologías capaces de almacenar el CO₂ biogénico. La idea consiste en capturar el dióxido de carbono que se libera en plantas de biomasa, biorrefinerías o centros de tratamiento de residuos cuando se aprovechan restos forestales o la fracción orgánica para producir energía. En lugar de dejar que ese CO₂ vuelva a la atmósfera, se intercepta en el propio punto de emisión.
A diferencia del dióxido de carbono de origen fósil, este carbono forma parte del ciclo natural y se considera climáticamente neutro. Por eso, si el CO₂ biogénico se captura y se almacena de forma permanente, puede generar emisiones negativas, lo que quiere decir que se retira de la atmósfera más carbono del que se emite.
Además de almacenarse, este carbono puede reutilizarse como materia prima en la producción de combustibles sintéticos para la aviación y el transporte marítimo, en la fabricación de productos químicos, en la carbonatación de refrescos e incluso para elaborar materiales de construcción como cemento y hormigón.