Álvaro Puche, entrenador y divulgador de salud, defiende que quienes tienen las rodillas delicadas deben caminar por la playa con calzado estable en lugar de hacerlo descalzos. La recomendación busca corregir un error muy común del verano: asumir que la arena, por ser una superficie blanda, resulta automáticamente segura para cualquier persona.
Caminar sobre una superficie tan irregular y cambiante como la arena altera la biomecánica de la pisada, y ese esfuerzo adicional puede terminar sobrecargando las rodillas si los pies y las caderas no cuentan con suficiente fuerza muscular para compensarlo.
Por qué la arena puede dañar las rodillas delicadas sin calzado estable
El pie se hunde en la arena y el talón baja más de lo habitual en cada paso, lo que sobrecarga la cadena muscular posterior de la pierna. Una rodilla inestable suele ir de la mano de unos pies y unas caderas igualmente inestables, de modo que la falta de fuerza en esas zonas se traslada directamente a la articulación de la rodilla. La superficie cambiante de la arena, además, obliga al cuerpo a corregir la postura de forma constante, un esfuerzo que puede generar inflamación y dolor si los ligamentos y los músculos estabilizadores no están suficientemente entrenados.
Un calzado con buena sujeción distribuye el impacto de manera uniforme y evita los movimientos laterales inesperados que provoca la arena inestable. La zapatilla actúa como una plataforma firme para el pie, y aísla parte de la irregularidad del terreno antes de que llegue a la rodilla.
Quienes quieran seguir aprovechando la playa pueden elegir la orilla húmeda, más compacta que la arena seca, caminar en ambos sentidos para compensar la inclinación natural del terreno, o incluso probar a caminar con el agua a la altura de la cadera, lo que reduce el impacto del peso corporal y activa los glúteos. Combinar los paseos con ejercicios de fuerza en casa, como las sentadillas en silla, refuerza además la protección a largo plazo.
Cómo saber si un calzado es estable para caminar por la playa
Una prueba física de tres pasos permite comprobar la estabilidad de una zapatilla antes de comprarla. El primero consiste en presionar con el pulgar la parte trasera del calzado: el contrafuerte no debe colapsar ni doblarse con facilidad, porque su función es sujetar el talón.
El segundo paso es doblar la zapatilla empujando la punta hacia el talón; la flexión debe producirse solo en la zona donde se doblan los dedos del pie, y si el calzado se pliega por la mitad, no ofrecerá la estabilidad necesaria. El tercer paso consiste en sujetar la zapatilla por ambos extremos e intentar retorcerla como si fuera una toalla húmeda: debe resistirse a girar sobre sí misma.
A simple vista, conviene fijarse en una mediasuela algo más ancha que el propio calzado, una diferencia de altura entre el talón y la punta de entre 4 y 8 milímetros, una suela de goma texturizada con buen agarre y una plantilla removible para poder añadir plantillas ortopédicas si son necesarias. Por el contrario, conviene evitar las zapatillas de lona, las sandalias tipo chancla, que obligan a los dedos a agarrarse para no perder el zapato, y las suelas excesivamente blandas, que aumentan la inestabilidad de la rodilla precisamente en los terrenos irregulares donde más se necesita sujeción.
Puche insiste en que caminar descalzo por la arena no es en sí mismo perjudicial, y que incluso ayuda a activar la musculatura plantar. El problema aparece cuando esa práctica se combina con una rodilla ya sensible o con pies y caderas poco entrenados, un contexto en el que la ausencia de sujeción termina pesando más que el beneficio de sentir la arena bajo los pies.






