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Hay gestos cotidianos que pasan desapercibidos para la mayoría, pero que dicen mucho de la forma de ser de una persona. Uno de ellos es detenerse en mitad de la calle para dar de comer un gato o a un perro sin hogar. Se trata de un gesto en el que pueden intervenir diferentes factores psicológicos, como la empatía, la capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno y el sentido de la responsabilidad.
La empatía es clave, entendiendo como tal la capacidad de reconocer, comprender y, en cierta medida, compartir las emociones o las experiencias de los demás. En el caso de los animales de la calle, la empatía puede llevar a una persona a fijarse en necesidades que para otros pasan completamente desapercibidas, despertando una especial sensibilidad al sufrimiento.
La personalidad de quienes ayudan a los animales de la calle
Una de las características que definen a las personas que alimentan a los animales callejeros es que realizan este gesto sin esperar ninguna recompensa ni reconocimiento social. Desde la psicología, se puede analizar a través del concepto de «conducta prosocial», que engloba las acciones destinadas a beneficiar a otras personas o seres vivos.
La empatía es uno de los factores que favorecen la prosocialidad. Cuando una persona consigue comprender, o al menos identificar, el estado emocional de otra y conectar con lo que está viviendo, tiene más probabilidades de ofrecerle ayuda. Sin embargo, no actúa de manera aislada, ya que la empatía y la asertividad trabajan conjuntamente. Mientras que la primera nos permite ponernos en el lugar de los demás y comprender sus sentimientos, la segunda nos impulsa a actuar con respeto y consideración.
Por suerte, estas cualidades no son innatas, sino que se adquieren mediante el aprendizaje social y pueden desarrollarse y reforzarse con el tiempo. La empatía comienza a formarse durante los primeros años de vida, pero es entre los tres y los cinco años cuando empezamos a comprender que los sentimientos de otras personas pueden ser distintos de los nuestros. Su desarrollo continúa al final de la infancia y durante la adolescencia, hasta alcanzar una mayor madurez, aunque sigue evolucionando durante la edad adulta.
El papel de la educación y los valores personales
La empatía no aparece de forma aislada, sino que puede estar influida por la educación, las experiencias vividas, el entorno familiar y los valores y principios. Durante la infancia, por ejemplo, aprender a tratar a los animales con respeto puede favorecer la comprensión de que sus necesidades importan. Sin embargo, haber crecido con animales no implica necesariamente desarrollar una especial sensibilidad hacia ellos. Si bien la educación constituye uno de los factores posibles, no determina por sí sola la conducta.
También influye la percepción de responsabilidad. Hay quienes consideran que, aunque no sean los propietarios de un animal, pueden llevar a cabo pequeños gestos para mejorar su situación. Esta idea puede impulsarlos a llevarles alimento y agua cuando se encuentran en situación de vulnerabilidad.
El bienestar emocional
Ayudar a otros puede generar emociones positivas, y el cuidado de los animales no es una excepción. Para algunas personas, dedicar tiempo a un gatos o perros callejeros es una actividad gratificante que aporta sentido a su rutina. Un estudio publicado en la revista Journal of Death and Dying apunta que la interacción con un animal de compañía puede ayudar a la recuperación emocional después de situaciones de estrés. Acariciar a un perro o jugar con un gato son actividades que suelen asociarse con una mayor sensación de tranquilidad y bienestar, tal y como recoge Newsweek.
«Se ha demostrado que la interacción con animales disminuye los niveles de cortisol (una hormona relacionada con el estrés) y disminuye la presión arterial. Otros estudios han descubierto que los animales pueden reducir la soledad, aumentar los sentimientos de apoyo social y mejorar su estado de ánimo», detalla el National Institutes of Health. «Los perros están muy presentes. Si alguien está luchando con algo, saben cómo sentarse y ser amorosos», dice la Dra. Ann Berger, médica e investigadora del Centro Clínico de los NIH en Bethesda, Maryland. «Su atención se centra en la persona todo el tiempo».
En definitiva, alimentar a un animal que vive en la calle puede parecer una acción insignificante, pero para el gato o el perro que recibe esa ayuda, disponer de alimento o agua puede ser clave. La psicología ofrece distintas perspectivas para comprender este comportamiento: la empatía permite reconocer las necesidades ajenas, la compasión impulsa a aliviar el sufrimiento y la conducta prosocial ayuda a explicar por qué algunas personas dedican tiempo y recursos a ayudar a otros.
Ahora bien, los psicólogos advierten de que alimentar a los animales de la calle no debe interpretarse como una prueba definitiva de que alguien tiene una empatía incondicional. En realidad, es una señal de que, en ese contexto concreto, la persona reconoce una necesidad y está dispuesta a actuar.
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