Thiago Pitarch mejora a todos
En el vestuario del Real Madrid reconocen que Thiago Pitarch ha mejorado a todos sus compañeros dentro del terreno de juego
Tchoauméni es uno de sus grandes valedores dentro del terreno de juego
Thiago se dispara
A estas alturas ya no tiene demasiado sentido insistir en que Thiago Pitarch ha caído de pie en el primer equipo del Real Madrid. Es una obviedad. El canterano no sólo ha entrado, es que se ha quedado. Y lo ha hecho hasta el punto de que ya cuesta imaginarle fuera del once, incluso cuando Jude Bellingham esté listo para volver a la titularidad -algo que no sucederá en Mallorca-.
El canteano de Fuenlabrada está rindiendo a un nivel altísimo, pero hay algo que pesa más que eso: está mejorando a los que tiene alrededor. Y eso, en un centrocampista, lo es todo. El primero en notarlo ha sido Aurélien Tchouaméni. Dentro del vestuario lo tiene claro: quiere a Pitarch en el once. ¿El motivo? Muy sencillo. Desde que está, su vida es bastante más fácil. Su mejor versión no es casualidad. Con Pitarch al lado, el francés ya no tiene que abarcarlo todo; se centra en su parcela y el equipo lo agradece.
Pero no es el único. Federico Valverde juega más liberado, menos atado. Puede mirar más hacia adelante y menos hacia atrás. Los defensas respiran porque hay alguien que entiende cuándo toca bajar y ayudar. Y jugadores como Arda Güler reciben en mejores condiciones, con menos desgaste y más claridad.
Potencia controlada
Porque Pitarch aporta algo que no es tan fácil de encontrar: contexto. No es sólo lo que hace, sino cómo lo hace. Mientras otros destacan por físico o recorrido, él domina los tiempos. Sabe cuándo acelerar, cuándo frenar… y, sobre todo, dónde colocarse para que el equipo siempre tenga una salida.
Con balón es todo intención. Juega fácil, rápido, sin adornos innecesarios, pero sin esconderse. Ordena la circulación y hace que el equipo llegue a campo rival con sentido, no a base de improvisación. Y sin balón, más de lo mismo. No necesita correr más que nadie porque llega antes. Se posiciona, cierra líneas, anticipa. Obliga al rival a jugar incómodo. Y eso tiene un efecto directo: la defensa deja de vivir al límite.
Además, equilibra. Con otros perfiles más verticales, el equipo se parte. Con Pitarch, todo está más junto, más compacto, más controlado. Menos pérdidas peligrosas, más dominio real del partido. En resumen, no es sólo que juegue bien. Es que hace jugar mejor a todos. Ordena, equilibra y facilita. Y eso, en este Real Madrid, empieza a ser algo demasiado importante como para quitarlo del once.