Curiosidades
PROVERBIO

Qué quiere decir el proverbio antiguo de los cocineros y por qué repartir responsabilidades evita que una tarea sencilla se complique: «Muchos cocineros estropean el guiso»

  • Carla Abadía
  • Carla Abadía Betrán (Huesca, 2003) periodista especializada en SEO. Actualmente, continúa ampliando sus conocimientos en marketing y tiene experiencia en medios de referencia como La Razón, además de participar en diversos proyectos en redes sociales.

El dicho «muchos cocineros estropean el guiso» sirve para entender por qué colaborar exige algo más que buenas intenciones.

Preparar una comida familiar, montar una celebración o planear unas vacaciones para alguno es algo sencillo, pero no hay que quitarle importancia a un buen preparado. Por fácil que parezca, se enredan con facilidad cuando varias personas opinan a la vez y cada una da indicaciones distintas. Un refrán popular describe esa situación, cuando demasiadas manos intervienen en una misma labor, el resultado puede acabar siendo peor que si hubiera trabajado una sola.

Una escena de cocina para un problema cotidiano

Una persona echa sal, otra cambia los condimentos y una tercera añade agua, sin haberlo hablado entre ellas. Cada una actúa con buena intención, pero la suma de ajustes descoordinados puede arruinar el plato.

El refrán no habla en realidad de cuánta gente participa, sino de cómo lo hace. El problema aparece cuando nadie coordina las aportaciones. Además, la persona que ejecuta la tarea se ve obligada a parar y averiguar qué indicación sigue en pie, aunque el objetivo de partida fuera simple.

Cuándo la ayuda se convierte en estorbo

Una sugerencia puede aclarar una duda, una orden inesperada puede deshacer lo ya pactado. La diferencia está en cómo se plantea el cambio y en a quién afecta. Hay señales claras de que se ha cruzado la línea, como instrucciones contradictorias dirigidas a quien trabaja. También se nota en los acuerdos modificados sin avisar al resto o en decisiones que se reabren con cada nueva opinión.

También pueden contribuir las propuestas que nadie se encarga de llevar a cabo, responsables del resultado sin margen para decidir cómo hacerlo, o gustos personales que desplazan el objetivo cuando se acerca la fecha de entrega.

Dirigir no es dejar de escuchar

Que alguien tenga la responsabilidad final no significa silenciar a los demás. En un trabajo en grupo, por ejemplo, todos pueden aportar datos mientras una sola persona se ocupa de montar la versión definitiva. Para que funcione, conviene que el grupo sepa cuándo se revisa, cómo se proponen cambios y qué decisiones requieren el visto bueno de todos.

Tampoco conviene usar el refrán como excusa para cortar cualquier desacuerdo. Quien detecta un fallo o señala una necesidad puede estar aportando algo que merece la pena tener en cuenta. La clave está en distinguir entre sugerir, decidir y ejecutar. Escuchar una crítica no obliga a aceptarla, pero permite comprobar si el trabajo responde a lo acordado y a quienes dependen de él.

Dejar espacio a quien ejecuta

Una vez repartidas las tareas, toca confiar. En una comida familiar, quien cocina el arroz necesita saber cuántos comensales habrá, pero no recibir indicaciones nuevas cada minuto. Si surge una restricción alimentaria o cambia el número de invitados, el aviso debe llegar a tiempo para que se pueda ajustar la preparación.

La cooperación funciona cuando las contribuciones se complementan en lugar de pisarse. Con funciones claras y una forma pactada de resolver diferencias, un grupo numeroso puede trabajar con orden, y ninguna intervención obliga a nadie a empezar de nuevo.