Karl Deisseroth (54 años), premio Nobel de Medicina 2026: «Soy psiquiatra, pero también soy científico, y me interesa comprender cómo funciona este increíble órgano que es el cerebro»
Santiago Ramón y Cajal: "Mientras el cerebro sea un misterio, el universo seguirá siendo un misterio"
Alexander Fleming: "Los fracasos también son útiles porque si se analizan bien pueden conducir al éxito"
Severo Ochoa: "La ciencia siempre vale la pena porque sus descubrimientos, tarde o temprano, siempre se aplican"

Karl Deisseroth, profesor de la Universidad de Stanford, se despertó el pasado 5 de octubre con la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2026. Lo comparte con los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel, y los tres se reparten unas suculentas 12 millones de coronas suecas (que rondarían los 1,1 millones de euros).
Ante este panorama, su primera reacción fue de puro desconcierto: según contó, durante un instante sintió que había perdido la capacidad de formar palabras. Pasado el susto, el investigador de 54 años atendió a la prensa y dejó una frase que resume su manera de entender la ciencia, a medio camino entre la consulta médica y el laboratorio.
Ahondando en lo que motiva al psiquiatra Karl Deisseroth a comprender cómo funciona el cerebro
Para empezar, la declaración llegó en una entrevista concedida horas después del anuncio. «Soy psiquiatra», dio pie Deisseroth, antes de acordarse de sus pacientes, personas «que tienen autismo, que tienen depresión».
Enseguida añadió la otra mitad de su identidad: «Pero también soy un científico básico, y me importa comprender este increíble órgano, el cerebro, cómo funciona, cómo integra, cómo computa y cómo genera todo aquello que nos hace humanos».
Y claro, esa doble mirada explica buena parte de su carrera. Deisseroth, médico de formación, trabaja en los departamentos de Bioingeniería y Psiquiatría de Stanford y conoce de primera mano una limitación de su especialidad: muchos trastornos mentales se tratan sin saber con exactitud qué falla en el cerebro.
Por eso, se propuso crear herramientas para estudiar los circuitos neuronales con una precisión que hasta entonces no existía.
Además, sus palabras no hablan solo de curiosidad. Detrás de ellas hay una esperanza concreta para quienes conviven con la depresión o el autismo: que entender cómo se comunican las neuronas abra la puerta, con el tiempo, a tratamientos más precisos que los actuales, muchos de los cuales todavía se ajustan a base de ensayo y error en la consulta.
La optogenética, el método que ha llevado a Karl Deisseroth al Nobel
El Comité Nobel ha premiado a los tres investigadores por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y la optogenética.
Esta técnica permite encender y apagar neuronas concretas en un cerebro vivo mediante pulsos de luz, algo que hace dos décadas parecía ciencia ficción. Para lograrlo, se introduce en las células un gen que las vuelve sensibles a la luz.
Entre tanto, el punto de partida está en un alga verde unicelular, Chlamydomonas reinhardtii. Hegemann y Nagel describieron en 2003, en la revista PNAS, una proteína de este organismo llamada canalrodopsina. Al recibir luz azul, la proteína abre un canal en la membrana, deja pasar iones y genera una señal eléctrica, igual que hacen las neuronas cuando se activan.
A posteriori, Deisseroth dio el paso definitivo. Junto a su equipo (del que formaban parte Edward Boyden y Feng Zhang), introdujo el gen de la canalrodopsina en neuronas de rata y demostró que la luz azul las hacía disparar en milisegundos.
Los resultados se publicaron en 2005 en Nature Neuroscience y, poco después, el método ya se aplicaba en ratones vivos.
¿Qué ha permitido descubrir la optogenética sobre el cerebro?
Desde entonces, la técnica se ha convertido en una herramienta habitual de la neurociencia. El propio comité destacó en la red social X que el método «se usa hoy en laboratorios de todo el mundo para desvelar los misterios del cerebro».
Gracias a ella, los científicos pueden comprobar qué grupo de neuronas interviene en cada conducta, algo imposible con los fármacos o los electrodos tradicionales.
Entre los campos en los que ha abierto nuevas vías de estudio figuran estos:
- Los circuitos de la memoria y del miedo.
- Los mecanismos de la adicción y la recompensa.
- Trastornos del movimiento como el Parkinson.
- Estados emocionales vinculados a la depresión y la ansiedad.
En este marco, la aplicación más llamativa en humanos llegó en 2021. Un equipo dirigido por el oftalmólogo José-Alain Sahel publicó en Nature Medicine el caso de un hombre con retinitis pigmentosa que recuperó parte de la visión.
Y todo fue gracias a una terapia optogenética combinada con unas gafas especiales. Tras el tratamiento, logró localizar y tocar objetos que antes no veía.
Del Nobel a la cocina: así fue la madrugada en casa de Karl Deisseroth cuando le anunciaron su galardón
Más allá del laboratorio, la jornada del anuncio dejó escenas muy cotidianas. Según relató la agencia AP, sus hijos dormían mientras él atendía las llamadas, y el científico pidió una pausa de una hora a partir de las 6:30 para prepararles la comida del colegio.
Preguntado por cuánto había dormido, respondió con humor: «No se logró un sueño real».
Como dato de color, su esposa, Michelle Monje-Deisseroth, es neurooncóloga pediátrica en Stanford e investigadora del Instituto Médico Howard Hughes, igual que él.
Fue ella quien abrió la puerta a un fotógrafo de AP hacia las 3:30 y preparó café para el equipo de comunicación de la universidad. Cuando le preguntaron si a los vecinos les molestaría el revuelo, recordó que viven en viviendas para profesores: «Hay muchos Nobel en el barrio».
Recordemos por último que el galardón corona una lista de reconocimientos previos: Karl Deisseroth recibió el Premio Lasker en 2021 (junto a Hegemann) y el Premio Japón en 2023.
También ha llevado su experiencia clínica a la divulgación. En su libro Proyecciones, publicado en 2021, cruza historias de pacientes reales con lo que hoy sabe la ciencia sobre las emociones humanas.