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La importante reflexión de Virginia Woolf, escritora: «No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien»

Virginia Woolf
Blanca Espada

Virginia Woolf la popular escritoria inglesa escribió en uno de sus libros: «No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien». Una frase que puede hacernos pensar en un plato de comida lleno o en algo determinado, pero lo cierto es que en su caso, hacía alusión a las diferencias que observó entre las instituciones universitarias de hombres y mujeres. Woolf conocía bien las limitaciones educativas de su época, de modo que usó aquella comparación para hablar de una realidad que afectaba a muchas mujeres: podían tener talento y ganas de aprender, pero no siempre contaban con los medios necesarios. Es decir, que a partir de esta reflexión nació esta frase que todavía hoy se recuerda.

La frase «No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien», aparece en Una habitación propia, publicado en 1929 y en concreto, después de describir dos comidas bastante distintas. En un colegio masculino, la narradora disfruta de un almuerzo abundante, con varios platos y vino, mientras que en una institución femenina encuentra una cena mucho más sencilla. Woolf no eligió estas escenas por casualidad. Los centros masculinos disponían de una financiación considerablemente mayor y eso se notaba incluso en sus comedores. La autora quiso aprovechar ese contraste para explicar que las oportunidades de estudiar, escribir y desarrollar una carrera también estaban condicionadas por el dinero del que disponía cada institución.

El verdadero significado de la frase de Virginia Woolf sobre comer bien

Para comprender las palabras de Virginia Woolf hay que acudir al primer capítulo de Una habitación propia, donde la escritora relata una visita imaginaria a dos instituciones universitarias. La primera es Oxbridge, nombre inventado que combina las universidades de Oxford y Cambridge, donde la narradora disfruta de un almuerzo abundante. En la mesa aparecen distintos platos, entre ellos pescado, perdices y un elaborado postre, acompañados de vino. La comida transcurre en un ambiente agradable, propicio para conversar y compartir ideas. Woolf describe cómo aquella experiencia influye en el ánimo de los comensales y en la facilidad con la que mantienen sus conversaciones.

La situación cambia cuando la narradora visita Fernham, un colegio femenino también ficticio. Allí la cena resulta bastante más modesta, con carne de ternera, verduras y ciruelas pasas. La diferencia entre ambas mesas lleva a Woolf a preguntarse por qué las instituciones destinadas a los hombres disponían de tantos recursos mientras que las mujeres debían conformarse con presupuestos mucho más limitados. Es precisamente después de esta segunda comida cuando aparece su reflexión sobre la necesidad de alimentarse bien para pensar, amar y dormir. Con su frase, la escritora estaba señalando una desigualdad económica que afectaba también a la formación intelectual, no estableciendo una regla sobre lo que debía comer cada persona.

Virginia Woolf y las dificultades de las mujeres para acceder a la educación

Virginia Woolf sabe bien de lo que habla al mencionar las desigualdades. Ella misma pudo estudiar en la universidad como lo hicieron sus hermanos pero no de la misma manera. Cierto es que formaba parte de una familia londinense con una buena posición económica y su padre, Leslie Stephen, era un reconocido hombre de letras, pero su formación siguió un camino distinto. Nacida en 1882, pasó buena parte de su juventud leyendo los libros de la biblioteca familiar y recibió clases en casa, además de asistir a cursos en el King’s College de Londres. Aquella diferencia educativa era habitual en la Inglaterra de finales del siglo XIX, cuando las mujeres todavía encontraban numerosas restricciones para acceder a los mismos estudios y oportunidades profesionales que los hombres.

Años después, Woolf quiso abordar esta cuestión en Una habitación propia, donde examinó las razones por las que tantas mujeres habían quedado fuera de la historia de la literatura. Entre ellas destacaba la falta de dinero, que les impedía disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para escribir. La autora se detuvo en la situación de los colegios universitarios femeninos, que tenían presupuestos muy inferiores a los de las instituciones masculinas. Mientras estas últimas habían acumulado importantes fondos durante generaciones, las destinadas a mujeres contaban con instalaciones y recursos más limitados.

Por qué la reflexión de Virginia Woolf sigue teniendo sentido actualmente

Aunque casi un siglo nos separa de la publicación de Una habitación propia, la reflexión de Woolf conserva parte de su actualidad. La alimentación es una necesidad básica y disponer de una dieta suficiente y variada contribuye al funcionamiento normal del organismo. El cerebro necesita energía y nutrientes, mientras que el hambre o una alimentación insuficiente pueden dificultar la concentración y el desarrollo de las actividades cotidianas. Sin embargo, la calidad del descanso y el estado emocional también dependen de otros muchos factores, por lo que sería incorrecto interpretar las palabras de la escritora como una explicación médica de estas cuestiones.

Su mensaje resulta especialmente interesante cuando se relaciona con las condiciones de vida. Una persona que tiene dificultades para cubrir sus necesidades básicas puede encontrar más obstáculos para dedicarse a estudiar o desarrollar un proyecto personal. Eso era precisamente lo que Woolf quería destacar al comparar las oportunidades de hombres y mujeres.

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