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Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel de Economía, sobre la ansiedad: «Nada en la vida es tan importante como crees que es mientras piensas en ello»

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

La ansiedad es una emoción común que todas las personas experimentamos en algún momento de nuestra vida, aunque con distinta intensidad. Sin embargo, más del 15 % de la población puede desarrollar a lo largo de los años algún trastorno de ansiedad, caracterizado por respuestas cognitivas, fisiológicas y motoras frecuentes y/o desproporcionadas respecto a las circunstancias. Estas reacciones pueden aparecer ante situaciones cotidianas, como presentarse a un examen, hacer un viaje, afrontar un imprevisto en casa o resolver un conflicto personal.

En ocasiones, los síntomas, que pueden incluir un miedo intenso, sentimientos de inseguridad y diversas manifestaciones físicas, adquieren un carácter persistente y llegan a interferir significativamente en la vida cotidiana. Los trastornos de ansiedad comprenden diferentes problemas de salud mental; entre los más frecuentes se encuentran los ataques de pánico y el trastorno de ansiedad generalizada (TAG), que se caracteriza por una preocupación excesiva y persistente ante distintas situaciones de la vida cotidiana.

«Nada en la vida es tan importante como crees que es mientras piensas en ello»

Daniel Kahneman, psicólogo israelí y ganador del Premio Nobel de Economía en 2002 por sus investigaciones sobre los sesgos que influyen en las decisiones humanas, dejó una aportación tan valiosa como relevante en la actualidad. Una de sus reflexiones más conocidas, «Nada en la vida es tan importante como crees que es mientras lo piensas», invita a reflexionar sobre cómo nuestra atención puede distorsionar la importancia que damos a los problemas y las preocupaciones.

El mecanismo resulta sencillo, aunque no siempre somos conscientes de él. El simple hecho de centrar nuestra atención en algo hace que aumente la importancia que le damos, independientemente de su relevancia real. Sin embargo, no tiene que ver necesariamente con una reacción emocional exagerada ni con la falta de autocontrol. En realidad, se trata de una consecuencia de cómo funciona nuestra atención: aquello que ocupa el primer plano de nuestra mente adquiere protagonismo y, por ello, tendemos a considerarlo más importante de lo que quizá sea.

Kahneman ilustró esta idea con un experimento que se ha convertido en un modelo de referencia dentro de la psicología. Junto con el investigador David Schkade, preguntó a habitantes del Medio Oeste de Estados Unidos y de California qué grupo creían que estaba más satisfecho con su vida. La mayoría señaló a los californianos, convencida de que el buen clima les proporcionaba una ventaja. Sin embargo, cuando se analizó la satisfacción de los participantes, las diferencias entre ambas regiones resultaron prácticamente inexistentes. El clima había adquirido demasiado protagonismo en las respuestas porque era el aspecto que tenían presente al contestar pero, en realidad, quienes viven en California no pasan el día pensando en el tiempo que hace.

La frase de Kahneman no significa que las cosas carezcan de importancia. Su significado es mucho más profundo: aquello que parece fundamental mientras concentramos toda nuestra atención en ello puede perder gran parte de su relevancia cuando lo contemplamos desde una perspectiva más amplia. Este mecanismo funciona tanto con las preocupaciones como con las expectativas positivas. Por eso, un objetivo que imaginamos durante mucho tiempo como la fuente de nuestra felicidad puede terminar proporcionándonos menos satisfacción de la que habíamos anticipado.

«Nos concentramos demasiado en lo que conocemos e ignoramos lo que no conocemos, lo cual nos hace confiar demasiado en nuestras creencias».

«Pensar rápido, pensar despacio»

Por otro lado, en su libro «Pensar rápido, pensar despacio», Daniel Kahneman explica que la mente funciona mediante dos sistemas de pensamiento diferentes:

«El pensamiento complejo requiere esfuerzo y a la hora de escoger entre dos caminos, nuestro cerebro suele elegir el más sencillo. El esfuerzo mental supone un coste y el cerebro tiende a economizarlo».

Aunque Kahneman no presentó su teoría como una división anatómica estricta del cerebro, las investigaciones sobre cognición permiten relacionar ambos modos de pensamiento con distintos procesos y redes neuronales. El pensamiento rápido se apoya en mecanismos automáticos que pueden estar influidos por las emociones y las experiencias previas. Por su parte, el pensamiento deliberado implica funciones ejecutivas relacionadas con la corteza prefrontal, como la planificación, el razonamiento y el control de los impulsos. Ambos modos son necesarios y se complementan.

«La búsqueda espontánea de una solución intuitiva a veces fracasa: no nos viene a la mente ni una solución experta, ni una respuesta heurística. En estos casos es frecuente que nos pasemos a una forma más lenta, meditada y esforzada de pensar».