Un buque científico español buscaba gambas a 1.400 metros de profundidad frente a Formentera y sacó 26 ánforas romanas
Son ánforas Dressel 20 de aceite bético con sellos y marcas; el MAEF las desala durante unos seis meses antes de estudiarlas y exponerlas.
Buzos trabajan durante semanas para recuperar una “bestia de 75 toneladas” que había terminado su túnel bajo el mar en Australia
Alemania presenta un submarino no tripulado de solo 400 kilos que cabe en un tubo lanzatorpedos y alcanza los mismos 6.000 metros de profundidad que el dron que capturó Irán
Salieron a contar gambas y merluzas y volvieron con un pedazo del Imperio romano. A principios de septiembre de 2026, el buque oceanográfico Miguel Oliver subió desde el fondo del mar, al sur de Formentera, 26 ánforas romanas y 17 cajas llenas de trozos de cerámica. Estaban a 1.400 metros de profundidad, un sitio al que no llega la luz del sol ni puede bajar ningún buzo.
Nadie estaba buscando un yacimiento. Fue pura casualidad. ¿Cómo acaba una red científica rozando un cargamento de hace casi 2.000 años? La respuesta está en un barco pensado para estudiar el mar, no para buscar tesoros.
Un barco hecho para escuchar el mar
El Miguel Oliver pertenece a la Secretaría General de Pesca del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Mide 70 metros de eslora (de largo, vamos) y 12 de manga (de ancho). A bordo lleva tres ecosondas, tres radares y seis laboratorios.
Una ecosonda es, más o menos, un murciélago con casco de acero. Lanza sonidos hacia abajo y escucha el eco que rebota en el fondo o en los bancos de peces, y así sabe qué hay debajo sin verlo.
Tiene otra rareza. Fue el primer barco de investigación español en cumplir la norma internacional ICES 209 sobre ruido bajo el agua, y la certificadora Bureau Veritas lo califica como buque ecológico y silencioso. La idea es no espantar a los peces que quiere contar.
Una red que acabó en un naufragio
El barco participaba en la campaña Medits, que el Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC) y el Ministerio de Agricultura hacen cada año para evaluar la pesca en el Mediterráneo. Su última fase se desarrolló entre el 25 de agosto y el 7 de septiembre alrededor de Ibiza y Formentera, con especies como la gamba roja o la merluza.
En uno de los lances, que es cada vez que el barco echa la red al fondo y la recoge, aparecieron las ánforas. La tripulación las mantuvo mojadas sin parar con una manguera y avisó enseguida a las autoridades.
El hallazgo estaba en aguas del Estado. Por eso la Dirección General de Cultura del Govern balear activó el protocolo con el Servicio de Patrimonio Subacuático del Ministerio de Cultura para autorizar un traslado urgente. En menos de 24 horas, las piezas ya estaban en el Museo Arqueológico de Eivissa y Formentera (MAEF).
Por qué nadie puede bajar a mirarlas
A 1.400 metros, el agua aprieta unas 140 veces más que en la orilla de la playa. Ningún buzo aguanta eso. Hasta los buzos profesionales trabajan mucho más arriba.
A esas cotas solo llegan las máquinas. El propio IEO-CSIC tiene un robot submarino, el Liropus 2000, un ROV (un vehículo que se maneja a distancia desde el barco, como un coche teledirigido pero bajo el agua). Puede descender hasta 2.000 metros con seis cámaras, luces muy potentes y dos brazos hidráulicos para coger muestras. Los hay que bajan todavía más, como un submarino no tripulado alemán de 6.000 metros.
Ojo, de momento nadie ha anunciado que un robot vaya a bajar a documentar este yacimiento. Sería una misión parecida a la del dron submarino que exploró el fondo a unos 5.600 metros en las islas Cook. Y la Convención de la UNESCO, que España ratificó en 2009, pide que la opción prioritaria sea conservar estos restos en su sitio.
Qué cuentan los sellos del aceite
Casi todas las piezas son del tipo Dressel 20, unas ánforas grandes y redondeadas que servían para transportar aceite de oliva desde la Bética, en el sur de la península. Muchas conservan sellos y marcas.
¿Y para qué sirve un sello de hace siglos? Un estudio publicado en 2025 por Emilia Mataix Ferrándiz y Juan Moros Díaz analizó unas 2.500 lecturas de sellos de este tipo, fechados entre los años 30 y 270 después de Cristo. Su conclusión es que funcionaban como contratos resumidos que identificaban qué taller había fabricado cada tanda.
Vendría a ser el código de barras de una botella de aceite actual. El director general de Cultura, Llorenç Perelló, ha destacado su enorme valor científico, porque pueden aclarar las rutas comerciales del Mediterráneo.
Seis meses en remojo
Ahora toca paciencia. En el MAEF las ánforas se desalan pieza por pieza en depósitos de agua, un paso previo para estabilizarlas. Si se secaran de golpe, la sal acumulada durante siglos podría agrietarlas.
Según la directora del museo, Hortensia Blanco, el proceso durará unos seis meses. Después vendrán el secado poco a poco, el remontaje de los fragmentos y, si todo va bien, su exposición al público.
La información oficial sobre el hallazgo la ha difundido el Govern balear en su web de Cultura.
Crédito de la imagen: Contando Estrelas from Vigo, España / Sp (Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0).
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