Los latidos del corazón influyen en cómo el cerebro procesa la información
Los ritmos corporales que a menudo se ignoran podrían estar condicionando los experimentos de neurociencia
Un estudio reciente propone unificar los criterios para documentar y tener en cuenta el ritmo cardíaco en las investigaciones
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El corazón late continuamente sin que apenas nos demos cuenta. Durante años, los científicos han tratado los latidos del corazón como un simple ruido de fondo en los estudios sobre el cerebro; sin embargo, cada vez hay más evidencias de que no solo influyen de forma sutil en cómo procesamos la información, sino que también podrían estar condicionando los resultados de algunos experimentos de neurociencia.
Algunos investigadores ya están alertando sobre este problema. De hecho, un estudio publicado recientemente propone una serie de recomendaciones para estandarizar cómo los experimentos deben documentar y tener en cuenta estos ritmos internos.
Según indica la revista Science en un artículo en el que se hace eco de este estudio, los científicos saben desde hace años que el cerebro registra señales del interior del cuerpo, un fenómeno conocido como interocepción. Cada latido envía una onda de presión a través de los vasos sanguíneos y activas vías sensoriales que retroalimentan al cerebro. Hay evidencias recientes de que estas señales podrían influir en experimentos que no tienen nada que ver con la interocepción.
Un reto para la neurociencia
Se sabe que los latidos del corazón y la respiración provocan movimientos y otras fluctuaciones que pueden distorsionar los datos de la resonancia magnética funcional, y los métodos estándar para corregir estas fluctuaciones no tienen plenamente en cuenta las señales que pueden dejar en el cerebro.
Debido a que sus patrones son organizados y generalizados, en lugar de ser aleatorios, pueden superponerse con las redes en estado de reposo, es decir, en los circuitos cerebrales que permanecen activos cuando una persona está despierta, pero no realiza ninguna tarea. Según el artículo de Science, esto significa que estas señales podrían imitar o enmascarar diferencias reales en la conectividad cerebral, a menos que los investigadores las modelen con mayor precisión.
Así, los hallazgos alertan a los neurocientíficos sobre la necesidad de considerar en sus datos los efectos relacionados con el ritmo cardíaco. El estudio del que se hace eco la revista Science sugiere que los investigadores que controlan estos efectos también necesitan métodos más estandarizados para hacerlo. Señala que en 132 estudios en humanos sobre los efectos del ritmo cardíaco en investigaciones con electroencefalograma y magnetoencefalografía, se observó que los métodos variaban tanto —y rara vez se informaban en su totalidad— que los resultados no podían compararse ni reproducirse de forma fiable. Además, la mayoría de los estudios eran demasiado pequeños para detectar con certeza los efectos que afirmaban medir.
Los autores de este trabajo han publicado una lista de verificación para la presentación de informes sobre métodos de investigación y una base de datos de buenas prácticas en este campo. Las soluciones prácticas son, en su mayoría, sencillas: en los estudios de percepción, se debe aleatorizar la sincronización de los estímulos para que aparezcan en diferentes puntos del ciclo cardíaco, registrar sistemáticamente la actividad cardíaca y la respiración durante las exploraciones cerebrales, y especificar con precisión cómo se procesaron las señales vinculadas al latido cardíaco en el análisis. Según la revista Science, varios grupos afirman que ya están incorporando estos requisitos en sus protocolos de investigación.
Asimismo, subrayan que incluso quienes alertan sobre los efectos relacionados con el ritmo cardíaco reconocen que los observados hasta ahora son reales, aunque modestos, y es improbable que estudios con un alto poder estadístico y múltiples ensayos se vean influenciados únicamente por la sincronización cardíaca. Sin embargo, reconocen que prestar más atención a los ritmos internos también podría aportar nuevos conocimientos.
Para la neurocientífica cognitiva del University College de Londres, Sarah Garfinkel, quien lleva mucho tiempo estudiando estos efectos, los últimos hallazgos en este campo trascienden el ámbito de la investigación básica. «Los efectos cardíacos sobre las emociones y la cognición tienen una gran relevancia para la neurociencia clínica», afirma en este artículo de Science, haciendo referencia a afecciones como la ansiedad, la depresión y el trastorno de estrés postraumático, en los que la comunicación entre el cerebro y el organismo parece estar alterada.
Explica que en estos casos, entrenar a las personas para que perciban e interpreten mejor sus propias señales cardíacas podría ser un tratamiento en sí mismo. Para un campo que durante mucho tiempo ha considerado los latidos del corazón como ruido de fondo, esta posibilidad supone un cambio radical de perspectiva.
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