Voladura incontrolable

Voladura incontrolable

Es más viejo que el hilo negro y ya estaba en la Biblia: la violencia llama a la violencia, y una vez que se desata, no es fácil detenerla. Y con la izquierda política la violencia se convierte en un oxímoron; porque la izquierda, siempre radical y sectaria, o es además revolucionaria y violenta o no es izquierda.

En España, al contrario que los franceses, no sabemos de revoluciones, pero sí de violencia. Allí las convierten en hitos históricos (la Revolución Francesa, la Primavera de los Pueblos de 1848 o el Mayo del 68) que inciden en el curso de Occidente; aquí se nos van de las manos y solamente sirven para que, intolerancias, represalias o terrorismo por medio, terminemos majándonos a palos.

Pero estos aprendices de brujo no resisten la tentación y, como, además, tienen la suerte de no creer en la democracia, de la que se apropian para adulterarla, no pierden la ocasión de mostrar sus miserias. A ellos eso de votar, de la Constitución y el Parlamento, de la separación de poderes y de tales y cuales limitaciones de una sociedad democrática, les sirve lo que les sirve y cuando les sirve, y por eso, incluso con las urnas puestas, prefieren echarse al monte.

Al grito de Maricarmen y del «no habrá paz en las calles» de esa especie de nueva pasionaria que pace en la Asamblea de Madrid, han respondido todos los grupúsculos antisistema que mantenemos con nuestros impuestos. Aunque el problema no son ellos, por muchos gritos que den, por muchas plazas que ocupen y por mucha coordinación en redes y conexiones internacionales que se les presuman, el problema es que enfrente no hay nadie. Todo el régimen está de su parte: desde los alcaldes socialistas a los sindicatos que dócilmente han convocado la huelga general, pero pasando por los ministros que desde el Gobierno consienten, protegen o justifican no solo las protestas, sino la violencia y el vandalismo.

Y entre toda esa coreografía de cómplice permisividad, destaca el papelón que están haciendo los delegados del Gobierno, con el agravante de ser ellos los responsables de mantener el orden público y garantizar a los ciudadanos el ejercicio y el disfrute pacífico de sus derechos. Sin perjuicio de que, aunque a algunos de ellos les estén haciendo aparecer como víctimas propiciatorias de la prevaricadora dejación de funciones, sea imposible obviar que actúan como correa de transmisión de las órdenes del Gobierno del que ostentan la delegación.

Pero es que, más allá de la responsabilidad concreta de éste o aquel ministro (nada decente esperábamos ya de ellos, y todavía menos del peor de todos, que es el silente Marlaska), el culpable máximo de todo lo que está pasando es Pedro Sánchez, que no solo debe cargar con la vergüenza de la referida inacción de su Gobierno y, más en concreto, de los ministros del ramo, sino con el diseño de una inconfesable estrategia de doble objetivo: buscar desesperadamente algún episodio que tuerza el inexorable devenir de su caída y/o provocar un estado de ingestionable inestabilidad para el gobierno de coalición PP-Vox que saldrá de las urnas.

Su única esperanza para evitar el descalabro final en las elecciones del 29-N es esperar que pase algo. ¿Pero algo como qué? Pues algo como lo del 11-M de 2004 sería providencial, pero provocarlo desde el poder y controlar el riesgo de que se te vuelva en contra tiene mucha complejidad. Así que, a la anhelante espera de que sobrevuele ese cisne negro, se han centrado en la desestabilización social y en la movilización y adiestramiento de la fuerza de choque contra la posible acción de gobierno de un futuro ejecutivo de derechas.

El riesgo de que el proceso derive en un grave deterioro institucional, en un relevante perjuicio económico o en una situación de caos social y político que haga imposible la coexistencia democrática en España y entre los españoles, puede que sea visto por el régimen menos como un riesgo que como un deseo. Y es que esa estrategia de tierra quemada, que implique la voladura incontrolada de nuestro modelo de convivencia y, de paso, del Régimen del 78, puede que sea la última obra y el último servicio del sanchismo.

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