Sindicato de las inquinas
España se perroflauta de nuevo y me da que no estamos preparados para un revival de canciones y acampados germenófilos gritando que vienen a romper no sé qué sistema. La última vez que pasó lo mismo, sus impulsores acabaron en un chalet y regentando una taberna, que aún siguen pagando sus fieles parásitos. Son los restos de ese sistema que no pudieron vivir de él los que vuelven a intentarlo, pero ahora convertidos en memes de sí mismos. Acampan contra aquello que su ideología ha creado, que viene a ser como un sanchista manifestándose contra los prostíbulos y exigiendo la expropiación del sexo.
El problema de la izquierda española es que los problemas que crea los soluciona con dos manifas y una pancarta con eslóganes reutilizables. Igual les vale para el sindicato de estudiantes emporrados que para el de inquilinas con ozempic. No nos engañemos. La reunión de perroflas que se juntan en Sol porque Las Ramblas les queda lejos, siendo Cataluña la región que ha batido récord en desahucios, es el aquelarre perfecto de causitas que definen hoy a esta piara de revolucionarios de paté y Netflix. En su calendario diario de protesta con diversión, no faltan los cánticos en favor de Hamás Palestina, que se juntan con loas al invasor marroquí y el yoga vegano con versos de los juglares del aborto. Pura poesía revolucionaria.
Han tenido tiempo para exigirle al Gobierno que deje de crear leyes que provocan la subida del alquiler y no impida construir vivienda allí donde el suelo es o debe ser liberalizado. No lo han hecho porque antes que una vida digna está impedir que la democracia avance y la alternativa política arrase con sus privilegios de niñatos consentidos. En realidad, Sol es el epítome de una forma de entender el mundo que consume sus últimos cartuchos de cháchara barata y orina callejera, hasta que la policía municipal los disuelva y fumigue, sin importar el orden.
Como son imparodiables, se han montado la enésima escena de pijoperros haciendo yoga y saltando abrazados a la pachamama de cemento. «¡A las batucadas!», gritaba el greñoso más higiénico, que el sistema no cae por ídem. En el fondo, son los comunistas de siempre, hermanos de aquellos que el 15M acudieron a su misa soviética con el dinero de papá, tocaron la guitarra y los escaños y volvieron más pobres y más tontos, mientras sus referentes asaltaban los cielos entre orgías bolivarianas.
No, no estamos preparados para más sindicalistas del botellón. El cupo se acabó cuando la progre mugre del 15M acabó en Galapagar bañándose en champán y ron venezolano, mientras sus criadas pensaban que no hay casta que por trinque no venga. Si quieren expropiar algo, que empiecen por su pereza a pensar. A trabajar, gandules.
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