Gamberrismo urbano: otra vez en Barcelona

Gamberrismo urbano: otra vez en Barcelona
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Nos ha tocado otra vez, y de qué manera. El gamberrismo salvaje que sacudió Barcelona este fin de semana no es un eco lejano de París: es la misma partitura tocada en otra capital europea con orquesta ya conocida. La violencia del domingo quizá tenga un impulso en Rusia. Con los rusos siempre podemos contar para lo malo. Pero fue facilitada por el submundo del radicalismo independentista, que tanto nos hizo sufrir no hace mucho, unido al nihilismo destructor de jóvenes marroquíes totalmente desafectos a la sociedad que cuida de ellos de forma absurdamente generosa. La convocatoria que reunió a unos 600 jóvenes se originó en TikTok a través de perfiles como Blocus Barcelona, que después derivaron la llamada a grupos cerrados de Telegram y WhatsApp. No hacía falta un manifiesto ideológico elaborado: bastaba una invitación viral y la certeza de que, con gran seguridad, la impunidad estaba garantizada.

En Barcelona, ​​como en París, el pretexto cambia y el método permanece. No nos dejemos engañar, ayer se invocaba la independencia; hoy se invoca la rabia «antisistema» o la solidaridad con causas lejanas. En ambos casos, el resultado es el mismo: comercios destrozados, vecinos atemorizados y una sensación creciente de que a nadie le importa. La persistencia de estas dinámicas no se explica sólo por la pobreza o la exclusión, aunque estas existan. Se explica también por la incapacidad de reconocer que determinadas formas de resentimiento identitario y de frustración personal encuentran en las redes sociales un amplificador y en la debilidad institucional un incentivo.

Como digo, ahora nos ha tocado a nosotros. Una persona cercana a mí inauguró el viernes una exposición en una galería del Raval. El domingo se acercó al local y descubrió con horror que justo el comercio de al lado había sido completamente vandalizado: donde antes había un escaparate de cristal ahora se alzaba un siniestro bastidor de cartón. La galería, en cambio, se salvó gracias a una eficaz persiana metálica y a unas cerámicas que a los vándalos les importan un bledo. Pero el trabajo de varios años, trabajo que ningún seguro resarcirá, podría haber desaparecido de no ser por esa simple protección. Esa es la Barcelona que tenemos, una que aún no se ha recuperado del vandalismo de quienes hace unos años pretextaban una inverosímil «República catalana». El motivo, otra vez, es lo de menos. Según las informaciones oficiales y periodísticas, al menos 128 personas fueron detenidas. De ellas, 73 son menores de edad. 23 tiendas resultaron saqueadas y se provocaron 33 incendios en la ciudad.

Lo que incendia las calles europeas es un resentimiento identitario alimentado durante décadas por políticas migratorias ciegas y por discursos que confunden comprensión con capitulación. En Barcelona o en Bilbao estos se unen a la indulgencia de la izquierda con las utopías supremacistas de parte de su población, adultos incluidos, cuyos desmanes son incluso amnistiados. Por ello, mientras se prefiera la excusa al diagnóstico, los escaparates seguirán rotos y las sociedades, cada vez más fracturadas. El comerciante del Raval que vio su local destrozado y tuvo que sustituir el escaparate por un bastidor de cartón y la galería de al lado salvada a duras penas por una persiana metálica, no deberían convertirse en anécdotas costumbristas. La violencia del procés aún resuena en las calles. Pero mientras las autoridades, los medios y parte de la opinión pública sigan tratando estos episodios como meros «disturbios juveniles» o como consecuencias inevitables de la desigualdad, los escaparates seguirán siendo dianas. Barcelona no es una excepción europea; es un capítulo más de una secuencia que ya conocemos. Y cada capítulo termina de la misma manera: con cristales rotos, con detenidos que mañana serán liberados y con la sensación de que el escarnio y la burla al ciudadano han ganado otra noche.

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