La psicología ha llegado a la conclusión que las personas que nacieron entre 1960 y 1970 son la última generación que tuvo una infancia realmente feliz

La psicología ha llegado a la conclusión que las personas que nacieron entre 1960 y 1970 son la última generación que tuvo una infancia realmente feliz

Durante los últimos años se ha popularizado una idea que despierta tanto nostalgia como debate: que los nacidos entre las décadas de 1960 y 1970 pertenecen a la última generación que disfrutó de una infancia realmente feliz. Aunque se trata de una afirmación imposible de medir de forma absoluta, sí existen motivos por los que muchas personas que crecieron en aquellos años recuerdan esa etapa con especial cariño. Las calles llenas de niños jugando, la ausencia de pantallas y una mayor autonomía forman parte de un imaginario colectivo que sigue despertando interés décadas después.

La infancia de quienes nacieron entre los años 60 y 70 transcurrió en un contexto muy diferente al actual. La tecnología apenas ocupaba espacio en la vida cotidiana, las relaciones sociales se construían cara a cara y el tiempo libre se desarrollaba, en gran medida, al aire libre. Esto no significa que aquella época estuviera libre de problemas ni que todas las experiencias fueran positivas, pero sí que existían determinadas condiciones sociales que favorecían formas de ocio, convivencia y desarrollo emocional difíciles de encontrar hoy. Diversos expertos, como los de UNICEF España, han analizado cómo los cambios tecnológicos, educativos y familiares han transformado profundamente la manera en que los niños viven su infancia.

La década de los 60 y los 70: una infancia realmente feliz

Uno de los aspectos más recordados por quienes crecieron en aquellas décadas es la libertad de movimiento. Era habitual que los niños pasaran gran parte de la tarde jugando en la calle, recorriendo el barrio en bicicleta o reuniéndose con amigos sin supervisión constante de los adultos.

Esa autonomía favorecía el desarrollo de habilidades sociales, la resolución de conflictos y la capacidad para tomar decisiones. Los juegos surgían de forma espontánea y la imaginación ocupaba un papel central en el entretenimiento diario.

Según estudios sobre desarrollo infantil como el publicado en National Institutes of Health, las experiencias de juego libre contribuyen al aprendizaje emocional y al fortalecimiento de la confianza personal, algo que muchos adultos asocian con su propia infancia.

Menos pantallas y más contacto humano

Otro factor diferencial fue la escasa presencia de dispositivos tecnológicos. La televisión tenía una influencia limitada en comparación con la que ejercen hoy los teléfonos móviles, las plataformas digitales o las redes sociales.

Las relaciones se construían en el entorno físico. Las amistades nacían en el colegio, en el barrio o durante las vacaciones de verano. Las conversaciones, los juegos y los conflictos se desarrollaban cara a cara, generando experiencias sociales muy distintas a las actuales.

El Child Mind Institute ha señalado en diversos informes que el uso excesivo de dispositivos digitales puede afectar al bienestar emocional y a la calidad de las relaciones sociales durante la infancia, especialmente cuando sustituye actividades presenciales.

Una sociedad menos acelerada

Aunque cada época tiene sus desafíos, muchos especialistas coinciden en que el ritmo de vida era menos intenso que el actual. Las agendas infantiles estaban menos estructuradas y existía una mayor disponibilidad de tiempo libre.

Las actividades extraescolares eran menos frecuentes y las expectativas académicas solían resultar menos exigentes durante los primeros años de escolarización. Esto permitía dedicar más tiempo al juego, al descanso y a la convivencia familiar.

La sensación de disponer de tardes enteras para explorar, aburrirse o inventar nuevas actividades forma parte de muchos recuerdos compartidos por quienes crecieron durante aquellas décadas.

La nostalgia también influye

Sin embargo, conviene analizar esta cuestión con cierta cautela. Los recuerdos suelen filtrarse a través de la nostalgia, un fenómeno psicológico que tiende a resaltar los aspectos positivos del pasado y minimizar los negativos.

La infancia de los años 60 y 70 también estuvo marcada por dificultades económicas en muchos hogares, limitaciones educativas, desigualdades sociales y menores niveles de protección frente a determinados riesgos.

Por eso, afirmar que fue la última infancia feliz puede resultar una simplificación excesiva. Cada generación enfrenta desafíos distintos y desarrolla formas propias de bienestar adaptadas a su contexto histórico.

Qué dicen los expertos sobre la generación con infancia feliz

Es importante destacar la importancia de las relaciones sociales de calidad y del sentimiento de pertenencia para el bienestar a lo largo de la vida. En ese sentido, muchas de las características asociadas a las infancias de los años 60 y 70 favorecían precisamente esos vínculos cercanos y duraderos.

No obstante, los especialistas también recuerdan que las generaciones actuales cuentan con ventajas que antes no existían, como un mayor acceso a la información, mejores recursos educativos y una mayor conciencia sobre la salud mental y el bienestar infantil.

 

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