El deporte deja de ser una opción cuando se entiende como lo que realmente es, un acto de salud pública. Así lo defiende Felipe Isidro, catedrático de Educación Física y experto en longevidad, en una entrevista en el pódcast de Uri Sabat, donde no deja lugar a dudas: «Los perjuicios de no hacer deporte son brutales«.
Isidro sostiene que, de los cuatro pilares de la longevidad, alimentación, descanso, gestión del estrés y ejercicio, este último es el más decisivo. «El cuerpo funciona bajo la premisa de que lo que no se usa, se pierde«, advierte el catedrático, que atribuye a la pérdida de masa y fuerza muscular una aceleración directa del envejecimiento biológico y un mayor riesgo de mortalidad prematura.
Los perjuicios del sedentarismo en el cuerpo y la mente
La inactividad física provoca un proceso de degradación biológica acelerada que afecta a múltiples sistemas del organismo. A partir de los 30 años el cuerpo pierde masa muscular de forma natural, un proceso conocido como sarcopenia que la falta de movimiento acelera drásticamente, reduciendo la fuerza y la autonomía de la persona. Isidro señala que ya se encuentran «hombres y mujeres de 45 o 50 años con osteoporosis o sarcopenia, personas que han perdido fuerza hasta el punto de no poder levantarse de una silla».
El corazón, al ser un músculo, también pierde eficiencia sin entrenamiento, lo que eleva el riesgo de hipertensión, infartos y accidentes cerebrovasculares. La falta de movimiento reduce además la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a la diabetes tipo 2 y a la obesidad, mientras que la ausencia de ejercicio de fuerza e impacto controlado impide fijar el calcio en los huesos, disparando el riesgo de fracturas. A nivel cognitivo, no entrenar reduce la plasticidad cerebral y aumenta la propensión a la ansiedad, la depresión y el declive cognitivo.
Por qué caminar no basta como ejercicio, según Felipe Isidro
El catedrático distingue entre deporte y ejercicio físico, mientras el primero implica reglas y competición, el segundo es actividad pautada y programada dirigida a mantener y mejorar la función física. Considera absurdo prescribir solo «caminar un poco» o «moverse más», una recomendación que compara con decirle a un paciente que respire: «Caminar no es hacer ejercicio, es deambular», sentencia.
Muchas personas de mediana edad asumen que no necesitan actividad física porque su vida cotidiana está llena de comodidades, como ascensores o coches, pero al someterse a pruebas funcionales simples muestran niveles de forma física muy por debajo de lo esperable para su edad. Isidro recuerda que el ejercicio, tal y como se entiende hoy, surgió en el siglo XX, cuando la actividad laboral dejó de requerir movimiento constante: «Antes las personas se movían mucho en su vida diaria y por lo tanto no hacía falta el ejercicio».
Los beneficios del deporte a cualquier edad
El ejercicio regular actúa como una medicina natural que optimiza prácticamente todos los sistemas del cuerpo. A nivel mental, libera endorfinas y dopamina que reducen el estrés y la ansiedad, estimula la producción de nuevas neuronas y mejora la memoria y la concentración, además de favorecer un sueño más profundo y reparador.
El ejercicio aeróbico fortalece el corazón, reduce la presión arterial y el riesgo de infartos, y aumenta la sensibilidad a la insulina, lo que ayuda a prevenir la diabetes tipo 2. El entrenamiento de fuerza frena la pérdida de masa muscular y aumenta la densidad ósea, protegiendo frente a la osteoporosis y las fracturas, mientras que fortalecer los músculos que rodean las articulaciones reduce el dolor y el desgaste asociado a la artrosis.
A largo plazo, el deporte reduce la inflamación crónica de bajo grado vinculada a enfermedades como el cáncer o el alzhéimer, y refuerza el sistema inmune al facilitar la circulación de las células de defensa.





