Marruecos gana la batalla al desierto y transforma más de 1.000 hectáreas de Sáhara en campos de regadío gracias al riego por goteo
El proyecto se concentra en Dajla, en el sur del territorio, donde se están habilitando más de 1.000 hectáreas
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En Dajla, al sur del Sáhara, está pasando algo que hace no tanto habría sonado raro y es que tierras que eran puro desierto están empezando a prepararse para cultivar ya que van a pasar a ser áreas de regadío y todo de la mano de Marruecos. No es una imagen puntual ni un proyecto pequeño sino que hablamos de de más de mil hectáreas que ya están en marcha o a punto de estarlo, con empresas interesadas en trabajar allí durante años.
El movimiento no es casual si bien Marruecos lleva tiempo apostando por esa zona y ahora empieza a concretarlo con cifras y plazos. La Agencia para el Desarrollo Agrícola ha sacado nuevas parcelas para que entren inversores, con contratos largos y bastante controlados. De este modo, no se trata de un proyecto que consista en llegar y plantar, sino asumir condiciones bastante claras desde el principio. Los terrenos se reparten en distintos tamaños, desde fincas pequeñas hasta otras mucho más grandes, y en total salen más de treinta proyectos diferentes. La idea es que cada uno funcione a largo plazo, no como algo temporal. De hecho, los acuerdos pueden durar décadas, lo que ya da una pista del tipo de apuesta que hay detrás.
Marruecos transforma más de 1.000 hectáreas de Sáhara en tierras de regadío
La cifra es clara con más de 1.090 hectáreas que ya están preparadas para su explotación agrícola. No es un anuncio que se haya hecho a futuro, sino un proceso que ya está en marcha con licitaciones abiertas para empresas que quieran instalarse en la zona. Las parcelas se han dividido en varios bloques según su tamaño. Podemos encontrar así fincas pequeñas, otras medianas y algunas más grandes pensadas para proyectos de mayor escala. En total, se han planteado 35 explotaciones diferentes, cada una contando con sus condiciones y requisitos.
Lo que se busca no es sólo que alguien cultive la tierra durante un tiempo, sino que desarrolle actividad a largo plazo. Por eso los contratos parten de unos 25 años y pueden llegar a alargarse hasta 40 si se incluyen proyectos industriales asociados. Es una forma de asegurar continuidad y evitar inversiones a corto plazo.
El agua, el punto que lo cambia todo
Aquí el punto clave no es tanto la tierra como el agua. Sin eso, todo lo demás no tiene sentido. Por eso el proyecto gira alrededor de una planta desalinizadora que será la que en definitiva, permita usar agua del mar para regar las tierras que se van a cultivar. Y una vez hecho esto, ya entrará em juego el riego por goteo, que es lo que hace viable el cultivo en una zona donde cada recurso cuenta. No se trata de regar sin control, sino de ajustar al máximo el uso del agua para que no se desperdicie. El acceso tampoco va a ser libre dado que los inversores tendrán que asumir costes desde el inicio, con pagos por hectárea y cuotas de conexión a la red. Además, el uso del agua está limitado exclusivamente a la agricultura, sin margen para otros usos.
Condiciones cerradas para quien quiera entrar
No es un modelo abierto donde cada uno hace lo que quiere. El Estado mantiene bastante control sobre cómo se gestionan estas explotaciones. Quien obtiene una parcela tiene que trabajarla directamente y no puede cederla sin autorización. Además, también hay reglas sobre qué se puede plantar con la horticultura como la base del proyecto ya que ocupa la mayor parte de la superficie en todos los casos. Dependiendo del tamaño, se exige que supere el 70% o el 75%, lo que deja poco margen para cambiar el enfoque. A nivel económico, hay otro detalle importante y es que el alquiler no se mantiene fijo, sino que va subiendo con el tiempo, con revisiones periódicas. A eso hay que sumar el coste del agua y otros gastos asociados al mantenimiento de la explotación.
Una estrategia que va más allá del campo
Más allá de los datos técnicos, este proyecto encaja dentro de algo más grande. Marruecos lleva años intentando reforzar su presencia en el Sáhara, y el desarrollo económico es una de las herramientas que está utilizando. La agricultura, en este caso, sirve para generar actividad, atraer inversión y dar estabilidad a la zona, de modo que no es sólo cultivar, sino construir una estructura económica que se mantenga en el tiempo.
Dajla se ha convertido así en uno de los puntos clave de ese planteamiento. Allí se concentran varios proyectos relacionados con energía, agua y producción agrícola, todos dentro de una misma idea, la de hacer viable una zona donde antes parecía complicado. No es algo que se vaya a resolver de un día para otro, pero ya está en marcha y con bastante recorrido por delante. Y eso, poco a poco, está cambiando la imagen de una de las zonas más áridas del norte de África.
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