La lección de Sancho Panza en el Quijote que sigue de actualidad después de 410 años: «Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo»
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Un labrador manchego, bajo y de barriga generosa, se pasa media novela soltando refranes sin freno, a veces tantos seguidos que su amo acaba fuera de sí. Pocos lectores esperarían encontrar en ese personaje cómico a un maestro de la comunicación, pero la lección de Sancho Panza sobre el arte de hablar ha resistido mejor el paso del tiempo que muchos tratados de retórica.
Su enseñanza cabe en una sola línea y, sin embargo, explica buena parte de los malentendidos cotidianos: conversaciones que se tuercen, disculpas que no llegan nunca y discursos que se alargan hasta perder el sentido. Que una novela publicada a comienzos del siglo XVII siga ofreciendo pistas sobre algo tan actual dice mucho de la mirada de Cervantes sobre las personas.
La lección de Sancho Panza: la palabra justa en el momento justo
El refrán que da título a esta lección, «Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo», resume una idea sencilla: lo que se dice importa tanto como cuándo se dice.
Y es que un comentario acertado en el instante oportuno puede resolver un conflicto, mientras que un torrente de explicaciones fuera de lugar suele empeorarlo. La eficacia, por tanto, no depende de la cantidad de palabras.
Ahora bien, la frase tiene trampa. Una búsqueda en el texto íntegro de la novela revela que esa formulación exacta no aparece en el Quijote: pertenece al refranero popular y, con el tiempo, se ha asociado al escudero por pura afinidad. Lo que sí escribió Cervantes es la idea que la sostiene, y la puso en boca de don Quijote durante una conversación con Sancho.
Ocurre en el capítulo XLIII de la segunda parte, publicada en 1615, cuando el caballero aconseja a su escudero antes de que asuma el gobierno de la ínsula Barataria.
Allí le advierte: «No te digo yo que parezca mal un refrán traído a propósito, pero cargar y ensartar refranes a troche y moche hace la plática desmayada y baja».
Ahondando en Sancho Panza, el escudero que «sabía más refranes que un libro»
La respuesta de Sancho a ese consejo es toda una declaración de principios: «Sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir unos con otros».
A prestarle atención y leerlo de vuelta, porque si apreciamos bien, promete enmendarse y, en la misma frase, encadena otros cuatro refranes, lo que provoca la desesperación de su señor y una de las escenas más cómicas de la novela.
Y desde luego, cabe señalar que este no es un caso aislado. Sancho es el personaje que más paremias emplea en toda la obra, aunque los especialistas no se ponen de acuerdo sobre la cifra total. Un estudio de 1989 contabiliza 171 refranes.
Incluso, el paremiólogo José María Sbarbi llegó a hablar de cerca de un millar y otros trabajos sitúan en unos 250 los que siguen hoy en uso.
¿Cuántas veces suele llegar tarde lo que había que decir?
La vigencia de la lección de Sancho Panza se entiende mejor al trasladarla a situaciones corrientes. Un pésame enviado semanas después del entierro, un agradecimiento que nunca se pronuncia o una disculpa que llega cuando el enfado ya se ha enquistado pierden buena parte de su valor.
Entiéndase entonces que no es que las palabras cambien, sino que el momento altera su significado y, a veces, lo anula por completo.
El extremo contrario es igual de dañino. Una crítica soltada en caliente, delante de otras personas o en mitad de un mal día, rara vez se recibe como se pretendía. Por eso la sabiduría popular insiste tanto en la oportunidad: acertar con el cuándo exige escuchar antes de hablar, observar el estado de ánimo del otro y medir si el comentario ayuda o solo desahoga.
En tiempos de mensajes instantáneos, audios interminables y respuestas a cualquier hora, la advertencia de don Quijote cobra otro sentido. La facilidad para escribir de inmediato ha multiplicado las palabras a destiempo: el correo enviado de madrugada, el comentario impulsivo en redes o la conversación de grupo que se tuerce por una frase mal medida.
¿Y si callar a tiempo también fuera una forma de acertar?
Antes de cerrar este artículo, cabe remarcar que el refranero que tanto manejaba Sancho guarda también la otra cara de la lección.
En el mismo capítulo, el escudero se contiene ante su amo con una frase que ha llegado hasta hoy: «Ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque, pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho».
Don Quijote, que conocía bien a su escudero, le respondió con ironía: «Ese Sancho no eres tú». Y tenía motivos, porque la contención duró poco.
Picado por la curiosidad, el caballero le pidió que revelara esos refranes guardados, y Sancho los soltó uno tras otro, empezando por «entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares».