Carla Villa, de 101 años: «Me levanto entre las 7:30 y las 8:00 de la mañana y desayuno café con galletitas»
Más allá de su longevidad y condición física, llama la atención que no vive en las cinco "zonas azules" del mundo
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Carla Villa tiene 101 años y tiene una rutina y una historia que ha dado la vuelta al mundo. La italiana, quien se prepara para celebrar sus 102 primaveras, aseguró que su secreto para llegar a esa edad ha sido «hacer siempre todo lo que quería». Villa ha vivido durante 99 años en la vía San Marco de Milán. La centenaria aseguró que se levanta entre las 7:30 y las 8:00 de la mañana, desayuna café con leche y galletas, suele omitir el almuerzo y cena pollo con verduras o pescado.
A todo eso, añadió que, en ocasiones, se da un gusto y disfruta un helado de café que le lleva su hijo. Más allá de su longevidad y condición física, llama la atención que no vive en las cinco «zonas azules» (regiones con alta concentración de personas centenarias) del mundo. Esas regiones son: Cerdeña, en Italia; Ikaria, en Grecia; Okinawa, en Japón; la península de Nicoya, en Costa Rica; y Loma Linda, en California, Estados Unidos.
Al recordar su infancia, explicó que sobrevivió a una gran complicación al poco de nacer. Villa relató que dejó de alimentarse cuando estaba al cuidado de una nodriza y que un médico cambió el pronóstico al recomendar que le dieran jugo de manzana cocida y luego la fruta.
II Guerra Mundial
Carla Villa tiene problemas de visión y no puede leer el periódico. Aun así, sigue la actualidad a través de la televisión y expresó su preocupación por el incremento de conflictos y de violencia. Los recuerdos de la guerra han dejado marcas que para ella son imborrables. Durante la Segunda Guerra Mundial, su hermano Aldo murió en el frente oriental durante la batalla del Don. A pesar de los problemas de la posguerra en Italia, ella apostó por quedarse allí.
Villa tuvo que criar sola a su hijo Thomas, ya que la relación con el padre se terminó justo cuando se quedó embarazada. Hoy en día, recibe ayuda de Lolita, que duerme en su casa y prepara la cena. «Ya no puedo caminar muy bien, pero si no hace demasiado calor, me gusta dar un paseo por el barrio». Asegura que mantiene la fe, aunque ya no asiste a misa, y que, en los últimos años, ha acompañado a su hijo a encuentros de budismo. En cuanto a la muerte, respondió con franqueza: «Si Thomas no estuviera aquí, no me preocuparía. Al final, hay que morir. Pero no digo: Qué maravilla, voy a morir pronto».
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