Jugar la final del 29-N como si el marcador fuera 0-4
Disputar una final al Madrid, el Barça o el PSG es muy complicado. Siempre, absolutamente siempre. Y ganarle, un milagro. Porque disponen de más presupuesto, consecuentemente mejor entrenador y porque todos los grandes futbolistas del mundo se mueren por jugar allí. Por dinero y por prestigio. Pero si además del gap financiero, que es el que suele definirlo todo, tienes un portero que hace regatitos en el área chica a Dembélé, a Lamine o a Mbappé, un jugador que acomete sistemáticamente entradas de roja, otro que llama «¡hijo de puta!» al árbitro y un míster que se lía a palos con los adversarios, lo normal es que te metan 4-0 ó 5-0 en el partido más importante de tu vida, en ése en el que tenías la oportunidad de pegar el sorpasso.
Claro que esto mismo se puede aplicar a los tres equipos más grandes de la actualidad. Son los mejores, está claro, pero si en una final van empate a uno, quedan tres minutos y Courtois, Joan García o Safónov se ponen a hacer filigranas ante la estrella del enemigo, lo normal es que se queden sin levantar el trofeo. Tres cuartos de lo mismo sucede si Vinicius, Raphinha o Vitinha se ciscan en la madre del trencilla en el minuto 35 y les sacan roja, en ese mismo instante las posibilidades de vencer en la final se desplomarán exponencialmente porque disputarán la hora restante con 10.
Observo euforia, mucha euforia, desaforada euforia diría yo, en PP, Vox, en la derecha sociológica e incluso en esa izquierda razonable que quiere acabar con Sánchez para que Sánchez no acabe con la democracia. Todos dan por hecho que la derecha arrasará en las generales del 29-N. Las encuestas no sólo no les desmienten sino que ratifican de manera unánime ese augurio. Si nos atenemos a esta tesis hay que colegir que la goleada será histórica y quién sabe si batiendo ese aparentemente inalcanzable récord de Felipe González, que se metió en el petate 202 escaños en 1982.
Los sondeos coinciden en otorgar a la suma de PP y Vox una cantidad de asientos jamás vista en la Carrera de San Jerónimo. Ninguno baja de los dos centenares, situándose algunos en los 210 y 212, que es el umbral mágico que permitiría a la derecha emprender un sinfín de reformas constitucionales a su absoluto antojo, obviando a sanchistas, independentistas, golpistas y etarras.
Se repite el tan gilipollesco como incorregible optimismo de la derecha española. Al punto que ya existen quinielas sobre quién será vicepresidente, quién ministro de Interior, quién ocupará esa apetitosa cartera de Exteriores que te permite viajar por todo el mundo en avión oficial y a quién le caerá esa breva llamada Banco de España cuando toque echar al descebrado de José Luis Escrivá. Unos ya miran a sus congéneres por encima del hombro y otros van prometiendo cargos en el Gobierno de España a amiguetes y amiguetas.
Olvidan que enfrente tienen a un sujeto que es el mejor haciendo el mal, que trabaja como un animal, tanto como miente —imagínense, pues, si es currante—, que se prepara los debates y los mítines compulsivamente, que no tiene reparos a la hora de rodearse de gente diez veces más inteligente que él y, sobre todo y por encima de todo, que es el español más tramposo que vieron los tiempos. Y que atesora un infinito instinto asesino proveniente de sus años de baloncestista del montón, pero infinitamente peleón, en las categorías inferiores del Estudiantes. Lo de ayer con la biprocesada Begoña en el mitin demuestra su osadía, su falta de escrúpulos y su espíritu killer. Elementos no precisamente despreciables en el liderazgo político
Sánchez es el prototipo de jugador canchero argentino, que te propina codazos cuando las cámaras y el árbitro están enfocados en otro punto del campo, que te provoca permanentemente ciscándose en la concha de tu madre a la vez que se tapa la boca con la mano para que los lectores de labios no le cacen, que está los 90 minutos y el tiempo añadido chivándose al trencilla del más mínimo desliz del adversario y que en los días previos te ha puesto de los nervios obsequiándote con toda suerte de canalladas en la prensa.
Lo de ayer con la biprocesada Begoña en el mitin demuestra su osadía, su falta de escrúpulos y su espíritu ‘killer’
Pero tiene, además, un vicio que ya no practican los futbolistas modernos porque la ciencia ha avanzado tantísimo que ha convertido en misión cuasiimposible las trampas biológicas, eso que denominamos doping en inglés o dopaje en cristiano. Sánchez va hasta las patas con esa Ley de Nietos que vamos a ver qué suerte corre definitivamente —mañana se cierra el censo— y con esas fullerías que ya perpetró el 23-J con el voto por correo.
En las anteriores generales hubo pucherazo. No lo digo yo, lo afirma inequívocamente Lorena Suárez, la número 1 del PSOE en Argentina, que en un audio publicado por Paula Ciordia admitía que hace tres años se dedicó a recoger pasaportes de vivos y muertos para votar por ellos. Conclusión: desconocemos el tamaño cuantitativo del tangazo de 2023 pero sabemos perfectamente el cualitativo porque emitieron su sufragio hasta argentinos oriundos de España que ya no están entre nosotros. Y que yo sepa, votar desde el cielo o el infierno está prohibido. Es obligatorio residir en la tierra. «Dame el pasaporte de tu tía la que murió», instaba inequívocamente la choriza de Lorena Suárez a sus interlocutores.
Cierto es que las encuestas de aquel entonces mostraban un panorama ligeramente menos optimista para la derecha que el actual. Pero optimista al fin y al cabo. Las publicadas a seis semanas del Día D, esto es, la misma jornada de hoy hace tres años, dibujaban un escenario en el que PP y Vox sumaban entre 176 y 188 diputados, cifra esta última superior a los 186 de Mariano Rajoy en 2011. Hasta 12 escaños por encima de la mayoría absoluta que permite no tener que depender de los Junts de turno para gobernar.
Los sondeos previos a ese 23-J para la sospecha también concedían una holgadísima mayoría absoluta a la unión de los de Feijóo y Abascal, si bien es cierto que las expectativas habían disminuido ligeramente por las bofetadas de ida y vuelta entre ambos partidos, la petición de un 155 para Cataluña por parte de Vox y diversos episodios como esa trampa tendida por Silvia Intxaurrondo al presidente del PP a cuenta de la revalorización de las pensiones en la era Rajoy. El incomprensible plantón del de Los Peares al debate a cuatro en TVE, más el pucherazo de Sánchez en el voto por correo, hicieron el resto y garantizaron una dulcísima derrota al candidato socialista que gracias a ETA y los protagonistas del 1-O se mantuvo en Moncloa.
Los estudios demoscópicos del 16 de julio de 2023, el lunes previo, habían reducido al bloque de derechas a entre 179 y 180 actas, con Narciso Michavila hiperbolizando el resultado del PP. El director de GAD3, que pasa por ser uno de los grandes expertos españoles en la materia, llegó a hablar de «hasta 160 escaños» para la candidatura encabezada por Feijóo. El veredicto ya lo conocen todos ustedes: 137 y victoria para el PP, 121 para la lista encabezada por Sánchez, 33 para la de Abascal y 31 para esa jaula de grillos que es el Sumar de Yolanda Díaz.
Los gerifaltes de PP y Vox han de tener muy presente que el 80% de los medios es zurdo y el 90% de los periodistas de izquierda, o más bien de ultraizquierda, con lo cual cualquier fallo va a ser exagerado hasta el infinito. Por eso resulta incomprensible que la listísima Ester Muñoz, la mejor capacidad oratoria del Parlamento, la liara en un podcast: «Tenemos que ser valientes y entender que el sistema de pensiones hay que cambiarlo porque no funciona, el actual va a petar». Lo mismito, por cierto, que palabra arriba, palabra abajo, soltó el viernes el vicepresidente Cuerpo. Lo que todo dios sabe y nadie quiere reconocer. Pero hacerlo cuando queda mes y medio para los comicios resulta suicida, cuando no un acto de masoquismo.
Los gerifaltes de PP y Vox han de tener muy presente que el 80% de los medios es zurdo y el 90% de los periodistas de izquierda
Las palabras de la primera provocaron que las cadenas televisivas de izquierdas se lanzasen todas a una contra la portavoz parlamentaria del PP, acusándole de querer dejar sin sus derechos adquiridos a los 10,5 millones de pensionistas que hay en España con su consiguiente derecho a voto. Las del segundo pasaron desapercibidas, no atrajeron la atención de los javieritos, los cintoras, las palomeras, los wyomings, los broncanos y demás manipulators. La repugnante doble vara de medir de la izquierda. No estaría de más, en cualquier caso, que el PP fuera consciente de una vez, que ya son mayorcitos, de que la asimetría de fuerzas mediáticas es descomunal. Vamos, que los árbitros del partido están comprados.
Que opten por la táctica Nadal que, cuando tenía encarrilado un partido contra Djokovic o Federer, se dedicaba a pasar bolas hasta el match point. Y muy mal no le fue: 22 Grand Slam le contemplan. Cruzo los dedos para que no incurran en esa droga que es para el PP y en menor medida para Vox los errores no forzados. Para conquistar la contundente mayoría necesaria para reconstitucionalizar España y frenar en seco la imparable venezolanización basta con que no se recreen en las palabras o en los gestos. Que no se gusten, en definitiva. Teniendo en cuenta su innata y proverbial afición a —con perdón— cagarla en la recta final no estaría de más que se abstuvieran de hacer campaña, o que hicieran poquita cubriendo el expediente, que se fueran de vacaciones o que hablasen poco y denunciasen mucho las mangancias que se avecinan en las urnas. Hombre precavido vale por dos. No se enfrentan a un corrupto, se enfrentan a un gánster. Y con un gánster todas las precauciones son pocas.